martes, 25 de octubre de 2005
VICTOR CODINA




1. INTRODUCCIÓN

Estamos acostumbrados a que los pueblos del Tercer mundo, las
gentes que vienen de aquellas tierras, siempre nos pidan cosas:
dinero, personal, ayuda... Esta colaboración, es siempre necesaria.
Pero hoy, no querría pedir, sino ofrecer, dar, agradecer...

No tenemos ni oro ni plata, Nuestro don, lo que el Tercer mundo
puede ofrecer a los países ricos, es su misma pobreza; es el clamor
de los países pobres, sus interrogantes, sus problemas, a semejanza
de lo que los niños pueden dar al mundo de los adultos, que no es
madurez, ni fuerza, ni experiencia, sino su propia visión del mundo
desde su debilidad y su impotencia.

Y este ofrecimiento es interpelante. Como se ha escrito, el único
sacramento absolutamente necesario, es el sacramento de los
pobres. Pero es un sacramento duro, amargo, nada agradable a
nuestra sensibilidad. Es un sacramento no litúrgico, sino profético.

El Tercer mundo ejerce ante el Primer mundo la misma función
profética, que los profetas de Israel ejercían durante el tiempo de la
monarquía davídica y salomónica. Los profetas recuerdan siempre el
plan de Dios, las exigencias del Éxodo, la alianza; lo mismo que
Moisés reclamaba al Faraón. El Primer mundo viene a ser como la
monarquía davídica y salomónica que ha olvidado el plan de Dios y
tiene que escuchar la voz de los profetas, la voz del Tercer mundo,
que tiene también los suyos (Romero, Helder Cámara, por no citar a
otros, como Gandhi o Desmond Tutu). Pero hoy quisiéramos fijarnos
en un tipo de profecía colectiva, de todo un pueblo, en el grito
anónimo de millones de seres que claman y se hacen oír. En América
Latina, este clamor, que ya se oía en Medellín, (Pobreza de la Iglesia,
n. 2), se oye en Puebla con claridad, de manera creciente e
impetuosa (Puebla, 89).

Recogiendo algunas de las interpretaciones de los profetas de
Israel a la monarquía davídica y salomónica, podemos decir,
siguiendo a Walter Broegmann, que, frente a un mundo de
abundancia y consumo, el Tercer mundo le recuerda el hambre de la
mayor parte de la Humanidad. A un mundo que se vuelve cada vez
más racional y racionalista, el Tercer mundo le recuerda la dimensión
del misterio. A un mundo que busca ante todo el orden, el Tercer
mundo le recuerda la prioridad del sufrimiento, el pathos. A un mundo
optimista y estancado en el presente, le recuerda el futuro y el clamor
de un pueblo. A un mundo cerrado en la inmanencia, le recuerda la
trascendencia de Dios . A un mundo domesticado le recuerda que es
necesario buscar alternativas de futuro. A un mundo en el que unos
pocos viven en el lujo, le recuerda la necesidad de justicia y
compasión. A un mundo que alardea de realismo, le recuerda la
importancia de la imaginación. A mundo frío e insensible al dolor, le
recuerda la ternura y la sensibilidad al dolor de los otros. A un mundo
que cierra los ojos y no quiere saber nada de lo que pasa más allá de
sus puertas, le recuerda que tiene que saber "la verdadera historia".
A un mundo vacío de simbología, el Tercer mundo le ofrece símbolos
de vida. A un mundo que considera que la muerte es un tabú
irresistible, el clamor del Tercer mundo le anuncia lo que será
definitivo, el fin último, la escatología.

Todo esto que hemos dicho de manera genérica y algo abstracta,
intentaremos presentarlo ahora de forma más concreta y pragmática,
desde el mundo de América Latina, concretamente, desde Bolivia.

Esta interpelación incluye muchos frentes. Es económica, cultural,
religiosa, histórica, eclesial y teológica.

Desarrollaremos estos diferentes capítulos.
Publicado por tabor @ 23:39  | Reflexiones doctrinales.
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios