Estamos convencidos de que la cultura que llamamos occidental (y
cristiana) es "la cultura", la cultura moderna y la única con futuro.
Consideramos a los pueblos de otras culturas como poco civilizados
tal vez bárbaros; en todo caso, creemos que es necesario integrarlos
a nuestra cultura, a la cultura moderna. Muchas veces añadimos a
nuestra misión evangelizadora una especie de misión cultural y
observamos con mirada compasiva a los otros pueblos de otras
culturas.
Esta es también, la postura de las clases dominantes en los países
del Tercer mundo, en América Latina. A veces unas minorías
culturales modernas, occidentalizadas, creen que la única manera de
modernizar el país, de hacerlo prosperar, es integrar las otras culturas
a la moderna, la del Estado. Se llega a identificar la identidad nacional
con la cultura moderna oficial del Estado.
Semejantes puntos de vista no nos permiten acoger la interpelación
de otras culturas, de las culturas del Tercer mundo. Se ha escrito que
la Iglesia -y la misma sociedad- siempre ha sido más sensible al pobre
que al diferente, al oprimido económicamente que al otro. Incluso en
América Latina la teología de la liberación, sobre todo en sus
comienzos, ha estado más preocupada por la opresión económica
que por la cultural, por la dependencia económica y social que por la
cultural; más atenta a la voz de los explotados del Tercer mundo que
a los problemas del respeto a las culturas, más abierta a los
marginados económicos que a los marginados culturales. No es que
ambas cuestiones sean independientes, pues la Nueva América que
soñamos la queremos libre no sólo de las opresiones económicas sino
también de las culturales, con un gran respeto a todas sus etnias,
razas, culturas y naciones. Actualmente, la teología de la liberación
quiere preocuparse especialmente del indio, del negro y de la mujer.
Las opresiones son económicas, pero también culturales, raciales y
sexuales.
Los países pobres del Tercer mundo, poseen grandes riquezas
culturales que constituyen su propia identidad.
En un encuentro intercultural indígena del oriente boliviano, una
señora, doña María Menacho, hablaba así:
«Con el permiso de la madrecita, que es más entendida que yo,
pero yo tengo ésta (señalaba su memoria..), que no me falla nunca y
es mejor. Voy a presentarme. Me llamo María, soy de S. Ignacio de
Moxos San Ignacio es un gran pueblo. Es muy bonito. Sobre todo
cuando es la fiesta. ¡Ay la fiesta! Pues así es mi pueblo. En mi pueblo
antes se cosechaba de todo. Y sobraba. Teníamos hasta azúcar
¿.Saben Vdes. lo que es el azúcar? Pues eso teníamos y nos
sobraba. Ahora los blancos nos han arrinconado y quieren que
sigamos plantando. Nos quitaron las tierras. Y ¿acaso se puede
sembrar en un puñete? Incluso ahora no podemos cortar leña, porque
todo está alambrado. Y cuando nuestros hombres entran en los
alambrados, siquiera para cortar un varejón, les quieren matar. Ya no
se puede sembrar, ni cortar leña. Estamos arrinconados y cada vez
más encerrados..,
Este testimonio de Dña. María nos presenta toda la problemática
cultural. El ayer y el hoy, la libertad y la opresión, la pobreza y al
mismo tiempo el orgullo y el sentido de su propia identidad cultural
que se expresa especialmente en las fiestas.
Estas etnias, razas y culturas que llamamos primitivas en sentido
peyorativo, tiene valores que nosotros hemos perdido.
En Bolivia, lugar de mayoría autóctona, donde se concentran 40
naciones en una, llama la atención la gran riqueza de las culturas
tradicionales. En el mundo andino existe un gran sentido de
comunidad (ayllu), de reciprocidad (ayni), del compartir. Encontramos
un gran respeto por los ancianos, una especial atención a la
naturaleza, un gran sentido de fiesta, una profunda integración de la
muerte como realidad que corta la vida, pero que crea una vinculación
especial entre vivos y muertos, una gran riqueza simbólica que se
manifiesta en la música, los trajes, los colores y las tradiciones
rituales. Hay una gran frugalidad y austeridad y, al mismo tiempo,
cuando llega la fiesta, un sentido de abundancia y generosidad que
contrasta con nuestro sentido occidental de ahorro, seguramente de
origen calvinista. Hace falta libar la tierra (Pachamama), es necesario
pedirle perdón antes de ararla y de herirla con el arado. Es la mujer
quien siembra detrás del marido que hace surcos y de los bueyes
ataviados con cintas de colores. Se debe poner "feto de llama" en los
fundamentos de los edificios para que no se muevan; hay que
celebrar toda inauguración de la casa, el campo, el vestido, etc... El
nacimiento y la muerte tienen sus celebraciones propias, de una gran
riqueza simbólica. La fiesta de los muertos, a primeros de noviembre,
es una gran fiesta. Los muertos vienen a visitar a los vivos; hay que
preparar los manjares que más les gustaban, hacer altares con su
fotografía, poner una escalera, pasteles, bebida para el viaje, una
caña que haga de bastón, etc... El matrimonio, que pasa por un
período de prueba (servinaku), tiene un ritual muy rico. De vez en
cuando se tienen que ofrecer víctimas a la tierra (wilanchas) y a la
mina (al Tío). El Carnaval es una gran fiesta. En Oruro, la ciudad se
ve llena de demonios que bailan, ríen, critican, luchan contra los
ángeles y finalmente, se arrodillan ante Nuestra Señora del Socavón,
patrona de los mineros. Hay música, color, crítica social (los
caporales); todo ello unido a un sentido religioso en una especie de
auto sacramental que nada tiene que ver con el Carnaval de Río, de
Niza o de Colonia. En el lago Titikaka, origen tradicional de la cultura
aymara, los pescadores surcan el lago con unas naves llamadas
totoras, junco con el que están hechas, que apenas hacen ruido,
deslizándose suavemente por el lago, en contraste con las motonaves
y ruidosas embarcaciones modernas que ensucian el lago.
Podríamos multiplicar estas pinceladas (la cultura de la enfermedad,
de los manjares, de los vestidos, de las artesanías...) que son también
una interpelación para nosotros, para nuestra cultura occidental, para
nuestro modelo de sociedad consumista, individualista, permisivo, tan
cruel con los ancianos y marginados, tan competitivo, tan poco
respetuoso con la ecología, tan explotador y abusivo de la tierra, con
tanto miedo y tabú a la muerte que hace como si ésta no existiera y no
quiere ni oír hablar de ella.
¿No tienen estas culturas que llamamos primitivas, un mensaje para
nuestro mundo? ¿No pueden ofrecer modelos utópicos de
convivencia, de respeto, de realismo, de moderación y de frugalidad a
nuestro mundo consumista, hedonista, violento y terriblemente
agresivo?
Evidentemente, hay también otros interrogantes: ¿qué pasará el día
en que estas culturas tradicionales se abran al "progreso", como
empieza ya a suceder con los jóvenes, con la gente que va a las
ciudades, con los universitarios? ¿Son culturas residuales destinadas
a desaparecer? ¿Podrán sobrevivir? En cualquier caso, la asimilación
de la cultura moderna desde esta cultura tradicional, dará unos
resultados que por supuesto no serán iguales a nuestros resultados
occidentales.
Lo que parece claro es que en nombre del progreso, de la cultura y
de la civilización, no se pueden marginar estas culturas milenarias
(pensamos en las culturas mayas, aztecas, incas, en las raíces
africanas de tantos lugares del Caribe o del Brasil, en los grupos
indígenas que todavía no han contactado con la cultura moderna).
Más aún: estas culturas tienen valores irrenunciables y pueden
ofrecer esquemas ricos para la organización, la vida, la sociedad, la
economía, la salud, etc... Nuestro esquema de democracia no encaja
en muchos de estos esquemas tradicionales; tampoco los de salud,
trabajo, propiedad, sindicalismo, matrimonio, etc...
Todo esto nos hace más humildes y cautelosos. Cuestiona nuestro
etnocentrismo europeo, occidental y moderno. No tenemos que caer
en arqueologismos anacrónicos, pero tampoco en una especie de
autosatisfacción que confunda la técnica con la cultura. Pueden ser
países pobres, pero con su riqueza cultural y su identidad, que es su
orgullo, como manifiesta Dña. María Menacho. Pero, aún hay más, ya
que la cultura tiene una dimensión religiosa que apenas he nombrado
hasta ahora. Se trata de otra cuestión.