Toda cultura es integral, tiene que ver con la vida real, con la
sociedad, la historia, la vida y la muerte, la naturaleza y el más allá.
Toda cultura implica una relación con el mundo religioso, aunque sea
para negarlo, como a menudo hace la cultura moderna en muchos
sectores.
Nosotros vivimos una cultura que llamamos secular, que no niega la
religión sino que la deja en su lugar de respuesta detrás de las
cuestiones definitivas de la vida y la muerte. Este proceso de
secularización ha sido fruto de siglos de progreso técnico, social,
político, etc.... La secularización está ligada al mundo moderno
occidental. Nosotros estamos orgullosos, creemos que es algo
positivo, aunque haga vivir la fe en un silencio de Dios, a veces
angustioso. Inconscientemente queremos exportar este modelo
también al Tercer mundo.
Pero la realidad del Tercer mundo es otra. Se vive una cultura
profundamente religiosa, incluso sacral. Dios es componente esencial
de la vida, Dios está presente, tanto a través de formas culturales más
ligadas a la tradición autóctona, como a través de formas más
cristianas. Se vive en un mundo lleno de espíritus, de ángeles y de
demonios, de santos, de Vírgenes, imágenes, procesiones, calvarios,
vía crucis, bendiciones, misas, agua bendita... Toda fiesta tiene su
contenido religioso, inseparable, ineludible. Sacerdotes que se han
negado a celebrar algunas de estas fiestas por creer que sería motivo
de desórdenes o de paganismo, lo han pagado caro.
Espontáneamente tendemos a considerar esta religiosidad como
supersticiosa, mágica, ambigua, sincretista, a veces alienante. Y a
menudo lo es de verdad. Pero nos hace falta ser más críticos y
respetuosos .
La teología del Concilio Vaticano II y la primera del postconcilio
apenas hablaba de la religiosidad popular. Sí que lo hace la de
Medellín y Puebla. También en Europa y en el Primer mundo se
vuelve a hablar (Harvey Cox, Maldonado...). Aquellos que
consideraban la religiosidad popular como alienante, se quedan sin
palabras al ver cómo dicha religiosidad popular ha llevado la
revolución a Nicaragua; o cómo los cristianos más comprometidos en
El Salvador tienen como lema: «,Dios primero». Los sociólogos y
pensadores creen que pretender hacer un cambio social en América
Latina sin tener en cuenta la religiosidad popular, es un grave error.
El mismo Fidel Castro ha tomado conciencia de que ha
menospreciado la fuerza de la religión para el cambio revolucionario y
ahora empieza a interesarse. (Fidel y la religión.)
Evidentemente, también aquí nos encontramos con serios y varios
interrogantes. Esta religiosidad, como decíamos anteriormente de la
cultura, ¿sobrevivirá al choque cultural de la modernidad secular,
incluso atea? ¿No disminuye con el tiempo? ¿,Por qué la gente, en
San Salvador, durante la Semana Santa, va a la playa y deja las
procesiones? En todo caso, podemos afirmar que la secularización del
pueblo de América Latina nunca será la europea o la
norteamericana.
Por otra parte, podemos preguntarnos si el entusiasmo
secularizador de los años 60, no está ya de vuelta. La misma ciudad
secular necesita su religión y si ésta no es liberadora, será
conservadora, incluso exótica. ¿No estaremos asistiendo a un
ambiguo resurgimiento de espiritualismos, misticismos, cultos exóticos,
pentecostalismos, fundamentalismos, iglesias electrónicas, etc...?
¿Está tan patente que nuestro mundo sea secular e incluso ateo?
¿No hemos sacralizado el sexo, la política, los partidos, el dinero, el
consumo, los MCS, el turismo, los viajes, el coche, el ordenador, por
no hablar de las armas, el terrorismo y la violencia? Esto que
llamamos nivel de vida, e incluso, cualidad de vida, ¿no es acaso
ambiguo y constituye posiblemente una divinidad, pequeña y familiar,
pero divinidad al cabo, como los "lares" de los romanos?
Esta frialdad del mundo moderno occidental, esta asepsia por el
hecho religioso, velado en la prensa y en la televisión, ¿no es un
apriorismo ideológico que se encuentra cuestionado por las culturas y
pueblos más pobres?.
Ciertamente, que pesa mucho toda la acusación marxista sobre la
religión como opio del pueblo. Tememos que nos tilden de infantiles,
ilusos, poco realistas...; que Freud, Marx y Nietzsche tengan razón.
Pero esta identificación entre progreso humano y ocaso de creencias,
o entre religiosidad y probeza, bien merece una crítica más
minuciosa.
Podemos preguntarnos si, además de estas reflexiones, podemos
encontrar otras razones o fundamentos. No es raro que el Primer
mundo, que vive en la riqueza y en situaciones estructurales de
injusticia hacia el Tercer mundo, esté lejos de Dios. Ateísmo e
injusticia van estrechamente unidas. La injusticia apaga la fe (Rm.
1,18). La abundancia debilita la sensibilidad por la religión. Nosotros
ya no pedimos agua bendita para hacérsela beber a un enfermo.
Contamos con medicinas, médicos, hospitales...Pero pensar que el
campesino que viene a pedirte agua bendita es un supersticioso, es
totalmente superficial. Es una especie de súplica, es el único remedio
para la gente que ya ha agotado todos los otros recursos. Es oración
y es súplica a Dios. Es como la gente que tocaba los bordes de la
túnica de Jesús, pensando que se curaría y Jesús muchas veces les
curaba y sentían interiormente que tenían fe y que de El había salido
el poder de salvación. La religión del pobre, esta es la religiosidad
popular; según EN, expresa una actitud que todos tendríamos que
tener ante Dios, impotencia, sentido de pecado, confianza. Será
necesario evangelizar la religiosidad popular, pero también nuestra
frialdad secular. La fe no puede quedar reducida al ámbito de la
privacidad, a la esfera de ayuda de cámara. La secularización no es
un dogma, sino un proceso histórico. Y si se vuelve inhumana, quiere
decir que necesita corrección. Posiblemente, el Tercer mundo nos
puede ayudar a hacerla.