miércoles, 26 de octubre de 2005
8. CONCLUSIÓN

Hemos visto que el Tercer mundo, desde su pobreza y desde su
clamor, nos interpela y cuestiona nuestra economía, la cultura, la
religión, la historia, la iglesia y la teología.

Nos interroga, nos inquieta. Nos ofrece otras alternativas, otros
estilos de vida, otras posibles utopías diferentes a la nuestra. Nos
invita a la conversión, porque esto no está bien, el mundo no puede
continuar así. El clamor de los pobres del mundo se vuelve profecía,
denuncia y anuncio de un mundo nuevo, más conforme a los planes
de Dios.

Esta interpelación encuentra aliados en el mismo Primer mundo.
Mucha gente de allí ve que estas estructuras producen en el mismo
Primer mundo una marginación terrible, que son inhumanas, que
conducen a la muerte. Hay mucha gente en el Primer mundo que vive
las mismas situaciones que en el Tercer mundo. Y los jóvenes se
rebelan contra este mundo que les hemos dejado, y quieren huir: se
drogan, dejan su casa, buscan otros estilos de vida e incluso, en
casos de desesperación, acuden al suicidio...

Hay una gran insatisfacción en todo el mundo. El estilo de vida del
Primer mundo no tan solo produce consecuencias negativas en el
Tercer mundo, sino también en él mismo. Mata, pero destruye a los
mismos responsables.

En esta situación, el clamor del Tercer mundo se hace voz que hay
que acoger, un signo de los tiempos; una voz débil pero fuerte. En
este clamor podemos distinguir diversos aspectos.

8.1. UN CLAMOR DESDE LOS LUGARES MARGINALES

El Tercer mundo está al margen del mundo moderno, no cuenta.
Carece de voz que resuene en los fórums internacionales, no pesa,
no tiene poder económico. Y, paradójicamente, parece que Dios lo ha
escogido para llevar adelante su misión. Es como la voz débil de los
profetas, impotentes ante los faraones y reyes de turno. Pero es una
ley bíblica, teológica. Cuando Dios quiere enderezar el camino del
pueblo, cuando quiere empezar una cosa nueva, actúa no desde el
centro sino desde lugares marginales, desde la periferia. Abraham era
un pagano desconocido y será el padre de los creyentes. Sara era
anciana y estéril, y de ella saldría el hijo de la promesa. Mujeres
estériles engendran libertadores, una virgen de Nazaret será la madre
del Mesías, un carpintero será el Salvador; unos pobres pecadores
serán los apóstoles del evangelio en el mundo. La misma ley la
encontramos en la historia de la iglesia. De los lugares marginales
surge vida y renovación. Y ahora, de un lugar marginal, del Tercer
mundo, sale una vida, una voz que pide cambios, pasar de nuestro
egoísmo a un mundo de solidaridad, pide un cambio de valores, de
actitudes; una conversión personal y social.

8.2. UN CLAMOR SALVADOR

Pero este clamor del Tercer mundo, es todavía más profundo. Es el
grito de Cristo en la cruz, el clamor del Crucificado que grita a través
de los crucificados de este mundo, que sufre la soledad del Cristo en
la cruz.

Es el clamor del siervo de Jahvé, aquel hombre sin belleza alguna,
como un leproso, triturado, desfigurado, condenado; que carga con el
pecado de los otros y que, paradójicamente, se convierte en
instrumento de salvación, que redime el pecado del mundo, carga
sobre sí las culpas del pueblo y, con su sufrimiento, su silencio y su
paciencia, salva al pueblo. El Tercer mundo es el nuevo siervo de
Yahvé, que purifica el mundo y lo salva con Cristo y desde Cristo. Y
se convierte en signo de esperanza. Su clamor se hace súplica,
oración a Dios que no deja de escuchar, como lo hizo ante el clamor
de los israelitas en Egipto. Sus lágrimas de dolor mueven el corazón
del Padre, y Dios se conmueve ante tanto sufrimiento y hace del
Tercer mundo un instrumento de salvación. Del Tercer mundo surgen
figuras que nos hacen presente el rostro de Cristo hoy, como por
ejemplo, Mons. Romero. Su vida y su muerte, son la imagen viva del
camino de Jesús.

8.3 UN CLAMOR QUE ENGENDRA UNA NUEVA HUMANIDAD

Este clamor tiene mucho de los dolores de parto, de gestación de
una nueva humanidad. Es gemido que se transforma en gozo al ver
que nace una nueva vida. Es un anhelo del Reino, es el deseo de una
Tierra nueva y un Cielo nuevo. Es como la mujer del Apocalipsis que
grita de dolor pero son dolores de parto. (Apoc. 12,1-6). Esta nueva
Iglesia, esta nueva sensibilidad, esta nueva forma de vivir y pensar la
fe, esta nueva solidaridad, está engendrando algo nuevo. Casaldáliga
lo expresa en un poema:

"Que las madres de la Plaza de Mayo
-alaridos de América en dolores de parto-
consigan dar a luz
el Hombre nuevo
el Pueblo libre
la Gran Patria Amerindia, negra, criolla, ella."

Ahora nos toca a nosotros acoger este clamor. No se trata de
rechazar el progreso moderno, no se trata de caer en un idealismo
extraño. Se trata de enfocar la vida de forma diferente, de buscar
otros estilos de vida más humanos, más ricos, más solidarios.

Rehusar este clamor es como rehusar la voz de los profetas. Hoy el
profeta es colectivo y, de alguna manera, más fuerte que el profetismo
individual. O los profetas individuales se arraigan en el surco del
Tercer mundo.

Nuestra postura puede tener una transcendencia histórica. Acoger
el clamor del Tercer mundo es acoger la voz de Dios; rechazarlo es
rechazar la voz del Espíritu. Nos encontramos ante una alternativa
como la de los judíos del tiempo de Jesús cuando la luz vino al mundo
y muchos prefirieron las tinieblas, porque sus obras eran malas, y
quien hace el mal odia la luz.

¿,Es posible, todavía, acoger este clamor?. ¿No llegamos
demasiado tarde?. Nuestro pragmatismo nos ata y nos frena mucho.
Preferimos las pequeñas seguridades cotidianas...

La profecía piensa no tan solo en aquello que es posible, sino
también en aquello que es deseable, en la utopía. Dicho de otra
manera: Para Dios no hay nada imposible, todo es posible para Dios,
como aparece en el Génesis cuando se anuncia que Sara será
madre, y se lee de nuevo en Lucas cuando María pregunta cómo será
posible que Ella sea madre del Mesías. Para Dios no hay nada
imposible (Lc. 1,37; Gn. 18,14).

Se trata de ponerse a caminar, cada uno en su sitio, con sus
posibilidades y sus carismas, sabiendo que de todos nosotros
depende, que no hay nadie inútil, que hermanados podemos mucho,
que organizados tenemos fuerza, que unidos los hombres de buena
voluntad de todo el mundo somos invencibles, esperando, contra toda
esperanza, una mañana mejor.

Acabemos con unos versos de Casaldáliga:

"América, Amerindia,
todavía en la pasión
un día esta tu Muerte
tendra resurrección.
La pascua que comemos
nos nutre de porvenir.
Los pobres de la tierra
queremos inventar
esta tierra sin males
que viene cada mañana".

VICTOR CODINA
CRISTIANISME 23
Publicado por tabor @ 0:01  | Reflexiones doctrinales.
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