Para situar el marco de nuestra reflexión, debemos antes recordar los diversos sentidos en que puede entenderse el concepto de pobreza.
La pobreza evangélica
1. De acuerdo con la vida y la predicación de Jesús de Nazaret, de la Iglesia primitiva y de los Santos Padres, la pobreza evangélica supone la actitud ideal del cristiano ante los bienes materiales, viviendo con sencillez y sobriedad, compartiendo generosamente con los necesitados, no acumulando riquezas que acaparan el corazón, trabajando para el propio sustento y confiando en la providencia de Dios Padre. Esta forma de pobreza puede y debe adoptar innumerables formas según los tiempos y las circustancias de cada uno, pero siempre supone unas exigencias fundamentales como seguimiento de Jesús, para alcanzar la verdadera libertad cristiana, la paz y la alegría en el Espíritu, como han aconsejado los maestros espirituales de todos los tiempos. Es necesario aclarar que esta forma de pobreza evangélica nada tiene que ver con la miseria, la indigencia y la marginación, que degradan la condición del hombre como hijo de Dios, y que son males contra los que debemos luchar denodadamente. Compartir generosamente con los necesitados
Desde los primeros siglos de la Iglesia, muchos cristianos fueron movidos por el Espíritu Santo para vivir un seguimiento más radical de la pobreza de Jesús, renunciando a sus propios bienes de manera definitiva y dándolos a los pobres. A lo largo de la historia, esta forma de vida se ha ido estructurando en monasterios y congregaciones de monjes y religiosos que hacen voto de pobreza perpetua, juntamente con los votos de castidad y de obediencia. Aún reconociendo que en ocasiones tanto los individuos como las comunidades y congregaciones hayan caído en un cierto alejamiento del ideal, no podemos tampoco ignorar la generosidad que supone, las renuncias que conlleva, el testimonio evangélico que proclama y el fruto espiritual y pastoral que aporta a la Iglesia. Tampoco esta forma de pobreza es objeto de nuestra reflexión. La pobreza en la vida consagrada
La pobreza como indigencia, miseria y marginación
2. La pobreza forzada, la carencia leve, grave o extrema de los bienes necesarios para llevar una vida digna de seres humanos. De ésta precisamente es de la que vamos a tratar en nuestro documento. Aunque propiamente debería llamarse indigencia, miseria ó marginación, teniendo en cuenta la semántica habitual en nuestra sociedad, seguiremos usando la palabra pobreza, con los matices que en algunos casos correspondan, para referirnos a estas situaciones, aunque sin renunciar completamente a los términos indicados, que creemos más adecuados, para distinguirlos de la pobreza evangélica, que consideramos como un bien que habría que fomentar, en tanto que la indigencia, la miseria y la marginación siempre representan un mal que habría que erradicar.