jueves, 27 de octubre de 2005
7. La descripción que acabamos de hacer de la situación de la pobreza en el mundo no puede reducirse para nadie a una fría constatación de datos estadísticos. Todo aquél que tenga una actitud humanitaria y solidaria puede descubrir detrás de cada cifra la existencia de seres humanos, de su especie y de su sociedad, que carecen día a día aún de lo más elemental para poder vivir con un mínimo de dignidad o, simplemente, para poder subsistir. Datos con rostro humano
8. Los cristianos, además, sabemos que en cada uno de esos niños y ancianos, jóvenes y adultos, varones y mujeres que viven en la miseria, podemos descubrir el rostro de Cristo, el Hijo de Dios y hermano de los hombres, que sufre en todos ellos y pide nuestra ayuda en cada uno de ellos. Por ello, la perspectiva de la fe hace que un análisis de la situación se convierta para la Iglesia en una exigencia que la impulsa, sin excusa posible, a comprometerse a trabajar en el mundo en favor de los pobres. Un nuevo rostro de Cristo

La Iglesia, al encuentro de los pobres

9. La Sagrada Escritura nos recuerda que Dios escucha con gran miseridordia "el grito de los pobres"10. La Iglesia de Dios, habitada y movida por su Espíritu, debe avivar en ella su amor misericordioso hacia los pobres, escuchando su llamada y prestando su voz a los que no tienen voz. La Iglesia sabe que ese encuentro con los pobres tiene para ella un valor de justificación o de condena
Hay que destacar que las palabras de condena de Cristo en el Evangelio no van directamente dirigidas a los causantes del mal que padecen los pobres. Lo que condena es el pecado de omisión, el desinterés ante los necesitados de ayuda, como en la alegoría profética del Juicio Final, o en la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro11. Ignorando al pobre que sufre hambre, que está desnudo, oprimido, explotado o despreciado, es al mismo Cristo al que desatendemos y abandonamos.
De aquí que el encuentro con el pobre no pueda ser para la Iglesia y el cristiano meramente una anécdota intranscendente, ya que en su reacción y en su actitud se define su ser y también su futuro, como advierten tajantemente las palabras de Jesús. Por lo mismo, en esa coyuntura quedamos todos, individuos e instituciones, implicados y comprometidos de un modo decisivo. La Iglesia sabe que ese encuentro con los pobres tiene para ella un valor de justificación o de condena, según nos hayamos comprometido o inhibido ante los pobres. Los pobres son sacramento de Cristo.
10. Más aún: Ese juicio y esa justificación no solamente debemos pasarlos algún día ante Dios, sino también ahora mismo ante los hombres. Solo una Iglesia que se acerca a los pobres y a los oprimidos, se pone a su lado y de su lado, lucha y trabaja por su liberación, por su dignidad y por su bienestar, puede dar un testimonio coherente y convincente del mensaje evangélico. Bien puede afirmarse que el ser y el actuar de la Iglesia se juegan en el mundo de la pobreza y del dolor, de la marginación y de la opresión, de la debilidad y del sufrimiento. Sólo una Iglesia que se acerca a los pobres y a los oprimidos, se pone a su lado y de su lado, lucha y trabaja por su liberación
Decía San Ambrosio: "Aquel que envió sin oro a los Apóstoles12 fundó también la Iglesia sin oro. La Iglesia posee oro no para tenerlo guardado, sino para distribuirlo y socorrer a los necesitados. Pues ¿qué necesidad hay de reservar lo que, si se guarda, no es útil para nada? ¿No es mejor que, si no hay otros recursos, los sacerdotes fundan el oro para sustento de los pobres, que no que se apoderen de él sacrílegamente los enemigos?. Acaso nos dirá el Señor: `¿Por qué habéis tolerado que tantos pobres murieran de hambre, cuando poseíais oro con el que procurar su alimento? ¿Por qué tantos esclavos han sido vendidos y maltratados por sus enemigos, sin que nadie los haya rescatado?' ¡Mejor hubiera sido conservar los tesoros vivientes que no los tesoros de metal!"13.
La Iglesia está para solidarizarse con las esperanzas y gozos, con las angustias y tristezas de los hombres. La Iglesia es, como Jesús, para "evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos, para buscar y salvar lo que estaba perdido"14. Y para decirlo de una vez y en una palabra que resume y concreta todo: el mundo al que debe servir la Iglesia es para nosotros preferentemente el mundo de los pobres.
11. En la Encíclica Dives in misericordia escribe Juan Pablo II: "La Iglesia vive una vida auténtica cuando profesa y proclama la misericordia, el atributo más estupendo del Creador y Redentor"15. La autenticidad del hombre se manifiesta en su vida cuando el parecer y el obrar responden a la realidad de su propio ser. Pues bien: el Papa afirma que la vida de la Iglesia será auténtica "cuando profesa y proclama la misericordia"; es decir, cuando su actuación, que la identifica socialmente mediante su actuación visible (profesa), y el mensaje que trasmite al mundo (proclama) corresponden a su propio ser (misericordia), como participación y prolongación del Dios-misericordia. "La Iglesia vive una vida auténtica cuando profesa y proclama la misericordia"
Por tanto, la actuación, el mensaje y el ser de una Iglesia auténtica consiste en ser, aparecer y actuar como una Iglesia-misericordia; una Iglesia que siempre y en todo es, dice y ejercita el amor compasivo y misericordioso hacia el miserable y el perdido, para liberarle de su miseria y de su perdición. Solamente en esa Iglesia-misericordia puede revelarse el amor gratuito de Dios, que se ofrece y se entrega a quienes no tienen nada más que su pobreza.
Notemos, finalmente, que el Papa califica esa misericordia como el atributo más estupendo -que también podría traducirse como más grande- del Creador y Redentor. Creación y Redención son, en última instancia, igualmente obra del amor misericordioso de Dios. Por ello, la Iglesia-misericordia, que escucha y atiende el clamor de los pobres, revela en su vida lo más grande, lo más estupendo de Dios y de Cristo, tanto en la obra creadora como en la redentora.

La Iglesia servidora

12. Esta misericordia de Dios se manifestó en Jesús de Nazaret en forma de servicio, de humildad y de humillación, de entrega y donación a Dios y a los hermanos. "El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por los muchos"16, que en el estilo semita quiere decir por todos. La diaconía (el servicio) aparece indisolublemente unida a la misión de Jesús, que se manifiesta como el Siervo de Yavé misteriosamente anunciado en Isaías. La diaconía unida a la misión de Jesús
13. Los mejores cristianos de la historia, los santos, han entendido el seguimiento de Jesús bajo esta forma de servicio y entrega por amor a los hombres, en especial a los más débiles y necesitados, como Pedro Nolasco o Pedro Claver, Juan Bosco o Juan de Dios, etc. Desde hace muchos siglos, los Papas ostentan como un distintivo el título de "siervo de los siervos de Dios". La Iglesia y los cristianos de todos los tiempos, como seguidores de Cristo, hemos recibido el encargo primordial de servir por amor a Dios y a los hombres, con entrañas de misericordia especialmente hacia los más débiles y necesitados. Seguimiento de Cristo y amor a los pobres. El testimonio de los santos
Sin embargo, esta actitud, que ha de ser general en los cristianos, no puede quedarse en algo genérico y vago, reduciéndose a ideología o mera retórica. ¿No tenemos la impresión en nuestro tiempo de que estamos muy bien abastecidos de documentos y de declaraciones, de manifestaciones, de buenas obras y buenos testimonios, de buena voluntad?
14. Ahora bien: para no quedarnos en vaguedades, es necesario encarnarnos en el aquí y en el ahora. El sentimiento de misericordia y la actitud servicial se han vivido siempre a lo largo de la historia de la Iglesia, pero en cada época de manera cambiante, según las circustancias. En este sentido, Juan Pablo II nos ofrece, en la citada Encíclica "Dives in misericordia", unos criterios muy claros y sumamente prácticos que pueden servirnos de orientación para la Iglesia y los cristianos de hoy: " Es menester que la Iglesia de nuestro tiempo adquiera una conciencia más honda y concreta de la necesidad de dar testimonio de la misericordia de Dios en toda su misión, siguiendo las huellas (...) en primer lugar, del mismo Cristo"17. La Iglesia ha de adquirir una conciencia más honda y concreta
Es decir, que la Iglesia de hoy debemos profundizar, adquirir "una conciencia más honda" de esta misión recibida del Espíritu Santo para dar testimonio de la misericordia de Dios. Se trata de un deber de toda la comunidad, y no solamente de unos pocos digamos especializados en este ministerio. Hay diversidad de carismas, otorgados por Dios para el bien común, y no todos podemos ejercerlos todos, como tantas veces comenta San Pablo en sus cartas, sino que cada uno debe actuar el suyo para el bien de todos. Pero debe ser común a todos los cristianos vivir y manifestar el amor entrañable, las entrañas de misericordia -según dice María en el magnificat- que Dios tiene hacia los pobres, tal como Jesús de Nazaret tan especialmente nos encomendó a sus discípulos.
El Papa dice, además, que esta conciencia más honda que debemos adquirir en nuestro tiempo sobre la misión específica de la Iglesia, debe ser también "más concreta", ha de brotar de un mejor conocimiento y una mayor sensibilidad de la situación de los pobres en el mundo. De aquí la necesidad de acercarse a la realidad, recurriendo a los datos de la sociología y de la economía de una manera objetiva, racional y sistemática, con estadísticas y estudios científicos, haciendo análisis de cada situación, tanto en el área local y nacional como internacional.
15. De todos modos, aunque todo ésto sea siempre necesario como punto de partida para tener una visión realista y de conjunto de los problemas, lo principal en este campo siempre será el acercamiento directo de la Iglesia y de los cristianos al mundo de los pobres. Dios mismo se acercó tanto que en Jesús de Nazaret se hizo uno de ellos, naciendo, viviendo y muriendo como los pobres, con una opción bien meditada e intencionada. Como dice San Pablo, Jesucristo, siendo infinitamente rico, se hizo pobre por nosotros, pero no para que fuéramos pobres, sino para enriquecernos con su pobreza18. Es la ley de la Encarnación, que sigue siendo ley para la Iglesia en la historia. Acercamiento directo de la Iglesia y de los cristianos al mundo de los pobres
De aquí que Juan Pablo II19, insista en que ese testimonio de la misericordia de Dios debe manifestarse en toda su misión, y no en un pequeño grupo de personas, ni a ciertas horas en un despacho asistencial, ni predicando una vez al año el Dia de la caridad o el de Manos Unidas, etc., como si fuese una modesta parcela entre las muchas actividades de la vida eclesial y pastoral. No. En modo alguno. Mientras no tengamos una "conciencia más honda y más concreta" de que la misericordia hacia los pobres es la gran misión de todos y siempre, bien podriamos decir que la Iglesia y los cristianos no tenemos conciencia, y somos infieles a la misión que el Señor con tanto empeño nos encomendó.
Porque el Papa termina dando el argumento definitivo de nuestro compromiso de amor y de misericordia hacia los pobres al decir que esta misión tiene su fundamento en el seguimiento de Cristo: "siguiendo las huellas (...) del mismo Cristo". El Hijo de Dios, que vino al mundo para servir y dar vida, dice a sus discípulos el día de la Resurrección : "Como el Padre me envió, también yo os envío"20, y para cumplir su misión les promete y envía el Espíritu Santo.
16. En la parábola del buen samaritano, Jesús nos da la pauta permanente para la Iglesia y los cristianos de todos los tiempos: aproximarse, acercarse al necesitado para practicar con él la misericordia, mandándonos a cada uno y día a día, con toda gravedad y empeño: "Vete, y haz tú lo mismo"21. Tan seria y tan grave es esta misión de Jesús que, como recordábamos más arriba, entre las muchas actividades posibles de la vida cristiana, el Señor considera a ésta decisiva en el exámen, en el juicio final que hemos de pasar al término de nuestra vida temporal para pasar a la vida eterna: "Venid, benditos de mi Padre", o bien "apartáos de mí, malditos"22.
Podemos encontrar un símbolo en los relatos evangélicos sobre el nacimiento del Hijo de Dios, que San Juan nos presenta como el Logos, la Palabra, la Sabiduría de Dios entre los hombres. San Lucas no solamente destaca el contraste de cómo el Hijo del Altísimo nace en la mayor pobreza, debido a las circunstancias, sino que los primeros invitados fueron los pobres pastores. Es cierto que Mateo nos refiere que más adelante fueron también invitados unos magos que venían del Oriente, seguramente sabios, lo que hoy diríamos intelectuales o científicos, que presumiblemente vivirían con cierto bienestar. Pues bien, la Palabra de Dios, el Hijo de Dios y Rey de los hombres viene a llamar a todos, pero en lugar de invitar a los pobres desde los ricos -como sería la lógica del mundo-, llama a los ricos desde los pobres. Cuando aquellos sabios dejan su bienestar, peregrinando hacia donde están los pobres y sencillos, la Sagrada Familia y los pastores, es cuando reciben una luz y una sabiduría superior que ni los libros ni los sabios podrían aportar.
Los padres de la Iglesia, los santos, los grandes predicadores, teólogos y autores de espiritualidad de todos los tiempos han insistido siempre en esta realidad. La antología que se podría hacer sería interminable, y podría resumirse en el slogan que empleaba San Juan de Dios cuando gritaba por las calles de Granada pidiendo para sus pobres: "Hermanos: haced bien a vosotros mismos". Fray Luís de Granada dice que "los pobres son médicos de nuestras llagas, y las manos que ante nos extienden, son remedios que nos dan". Y San Pedro Damián, en el "Opúsculo sobre la limosna" escribe este hermoso párrafo: "¡Oh maravilla de la solidaridad, que brotas como una fuente para lavar manchas de los pecados y apagar las llamas de los vicios! ¡Oh felicidad de la limosna, que sacas del abismo a los hijos de las tinieblas y los introduces como hijos adoptivos del reino de la luz!. Tú de las manos de los pobres vuelas al cielo, y preparas allí residencia a los que te aman. Si eres vino, no te agrias; si eres pan, no te floreces; si carne o pescado, no te pudres; si vestido, no te apolillas"23.
Pero el acercamiento y la cercanía, la convivencia con los pobres, es decisiva para la Iglesia y los cristianos no solamente como responsabilidad final, como carga pesada o como obligación moral; ni siquiera como entrega y generosidad, por la cual damos nuestros bienes y hasta nuestras personas a los que más nos necesitan. Siendo todo ésto muy grande y muy hermoso, no es suficiente para explicar el misterio escondido, la gracia secreta, el "quasi sacramento" que representan los pobres en el mensaje evangélico.
Publicado por tabor @ 22:43  | Reflexiones doctrinales.
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