jueves, 27 de octubre de 2005
Después de haber recordado la injusta situación de la pobreza en el mundo; de haber meditado con la Palabra de Dios en nuestra responsabilidad ante la triste condición de tantos hermanos nuestros, y de haber analizado las causas que la originan, debemos ahora plantearnos qué podemos y debemos hacer para encontrar alguna solución a estos problemas. De otro modo, caeríamos en el reproche del Señor al criado que no había negociado con el talento que le encomendaron: "¡Siervo malo y perezoso!"45. Porque, como dice en el Sermón del Monte: "No todo el que me diga `Señor, Señor' entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial"46.

En el último siglo, la Iglesia ha estudiado más profundamente su responsabilidad a la luz de la Palabra de Dios siempre permanente, en relación con las circustancias del tiempo, siempre cambiante. Especialmente desde hace un siglo, con la Encíclica Rerum Novarum, de León XIII, hasta la última Encíclica social de Juan Pablo II, Centesimus Annus, ha reconocido y asumido su deber en la lucha a favor de los pobres y de los oprimidos. Como un ejemplo entre tantos, recordemos el mensaje del Papa Pablo VI y de los padres sinodales, al final del Sínodo de 1974: "En nuestro tiempo, la Iglesia ha llegado a comprender más profundamente esta verdad, en virtud de la cual cree firmemente que la promoción de los derechos humanos es requerida por el Evangelio, y es central en su ministerio. La Iglesia desea convertirse más plenamente al Señor, y realizar su ministerio manifestando respeto y atención a los derechos humanos en su propia vida. Hay en la Iglesia una conciencia renovada del papel de la justicia en su ministerio. El progreso ya realizado nos anima a proseguir los esfuerzos para conformarnos más plenamente a la voluntad del Señor"47.



3.1. Luchar contra la injusticia como generadora de pobreza

45. Hoy la pobreza no es un hecho inevitable, considerada desde el punto de vista social. Por primera vez en la historia de la humanidad, disponemos de tecnología y de recursos suficientes para que nadie sea excluído de los medios de vida básicos, considerados como mínimos dentro de la propia sociedad. El problema en la actualidad no es de medios, sino de objetivos: querer o no querer. Los principales obstáculos para erradicar la pobreza ya no son técnicos, sino políticos y éticos48. Por lo mismo, la pobreza que se tolera en medio de la abundancia es una grave injusticia social. De la misma manera, luchar por la justicia supone para la Iglesia en general y para cada uno de los cristianos en particular una exigencia fundamental y una opción preferencial en favor de los pobres y de los oprimidos.
46. Juan Pablo II, cuando desciende a dar algunas orientaciones particulares en la Sollicitudo Rei Socialis, dice hablando del magisterio social de la Iglesia: "La enseñanza y la difusión de esta doctrina social forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia. Y como se trata de una doctrina que debe orientar la conducta de las personas, tiene como consecuencia el "compromiso por la justicia" según la función, vocación y circunstancias de cada uno. Al ejercicio de este ministerio de evangelización en el campo social, que es un aspecto de la función profética de la Iglesia, pertenece también la denuncia de los males y de las injusticias. Pero conviene aclarar que el anuncio es siempre más importante que la denuncia, y que ésta no puede prescindir de aquél, que le brinda su verdadera consistencia y la fuerza de su motivación más alta"49. La Doctrina Social de la lglesia nos llama a evangelizar con el anuncio y compromiso por la justicia
Como se indica en este párrafo del Papa y según aludimos también en el título de este capítulo, el compromiso en la lucha por la justicia nos afecta a todos en cuanto comunidad eclesial y a cada uno también como cristianos, de diferente forma según las circunstancias y los diversos carismas y vocaciones. Dando todo ello por supuesto, ahora, por razones de método, vamos a ceñirnos a la actuación individual de los cristianos, en particular de los laicos, especialmente llamados por su vocación bautismal a su compromiso en el mundo y en la sociedad, dejando para más adelante el tratamiento de la acción eclesial, institucional y comunitaria en la lucha por la justicia y por la promoción social a favor de los pobres.
47. La vida del cristiano debe guardar una profunda unidad, aunque pueda también presentar una armoniosa variedad según los diversos momentos y circunstancias de cada día. Así, tanto la oración como el compromiso, el profetismo y la liturgia, la Sagrada Escritura y el diario, la Misa de la Iglesia y la Mesa del Mundo, la familia y la sociedad, la comunidad cristiana y el sindicato o el partido político, etc., son dimensiones diferentes de su única vida de hijo de Dios y hermano de los hombres. Tanto el espiritualísmo alienante como el secularísmo rampante son caricaturas y desviaciones de la vida cristiana que deforman también la imagen de la Iglesia ante los ojos del mundo. Por ello, no solamente el compromiso temporal es legítimo y santo, sino necesario y obligatorio, si queremos caminar hacia la perfección cristiana. Este compromiso del cristiano en la lucha por la justicia debe abarcar conjuntamente los tres campos siguientes: Unidad de vida, oración y compromiso

Actuar en justicia

48. Más que una caricatura, sería un sarcasmo y un verdadero escándalo que los bautizados, que estamos llamados a superar la justicia humana mediante la caridad cristiana, no solamente no obráramos en caridad sino ni siquiera guardásemos el mínimo de la justicia. Hay que reconocer humildemente que no pocas veces hemos caído en ese pecado a lo largo de los siglos, contribuyendo así al desprestigio de la hermosa palabra caridad, alabando como muy caritativas a personas que daban a los pobres de limosna unas migajas de lo mucho que por otra parte adquirían injustamente en sus empresas o negocios. Justicia y caridad
49. Dios mismo nos hace justos en Cristo por el Espíritu Santo que se nos ha dado. Siendo nosotros injustos y pecadores50, nos perdonó, nos justificó y nos santificó por pura gracia51. Pero esa justicia gratuita o agraciada pide y exige de nosotros que respondamos obrando justamente hacia Dios y hacia los hombres. Y si bien la justicia divina que obra en nosotros debe superar el concepto de justicia humana conmutativa o distributiva, más corto y más estricto, lo que no puede hacer es ignorarlo. Diríamos que puede superarlo, pero no suprimirlo. Además, en la mayor parte de las ocasiones de la vida diaria el cristiano que está inserto en los mecanísmos de la sociedad no podrá hacer más que guardar honestamente y justamente las reglas de juego convenidas por todos de antemano. Dios nos perdonó y justificó y nos pide obras de justicia
Todos y en muchas circunstancias tenemos la posibilidad y el deber de obrar con justicia hacia los demás: en el hogar, en el comercio, en la fábrica, en la oficina, en el ocio, en el campo, en los tributos municipales, autonómicos o estatales, en las compras y en las ventas, en los préstamos y en las deudas. De mil maneras, el cristiano puede hablar con su conducta, expresando así el valor y la importancia que damos a la modesta pero indispensable y fundamental justicia humana, aunque nosotros la vivamos movidos por la gracia -la justicia- divina.

Luchar por la justicia

50. La vida cristiana, como la higuera de la parábola del Señor, debe dar fruto. No bastaría con decir que no da frutos envenenados para no ser infiel a su deber, sino que debe darlos buenos, y los propios de su especie. Por todo lo que venimos recordando, los cristianos, cada uno según su vocación, su condición y circunstancias, debemos estar interesados y preocupados por la injusticia que produce tanta pobreza y miseria entre los hombres, y hacer todo lo que podamos para que haya justicia en el mundo. Dar frutos de justicia en todos los campos de la vida pública
Salvo el pecado, no existe ningún campo ni actividad alguna en la que el cristiano no pueda y deba incorporarse para luchar a favor de la justicia siempre que se trate de medios compatibles con el Evangelio: sindicatos y partidos políticos, asociaciones de vecinos, y asociaciones no gubernamentales de diversos movimientos en pro de los derechos humanos, la paz, la ecología, la defensa de los consumidores, etc.; desfilar en manifestaciones y firmar manifiestos; asistir a mítines y encuentros, círculos de estudio y conferencias, y tantas y tantas formas más de colaborar con todos aquellos que luchan por un mundo mejor y una sociedad más justa y solidaria, recordando el hermoso lema de una benemérita asociación: "En la noche, vale más encender una vela que discutir sobre las tinieblas"52. Y recordar una vez más -siempre serán pocas- la advertencia del Señor: "Conmigo lo hicísteis"53.

Denunciar la injusticia

51. Aunque muy conectado con el punto anterior, debemos destacar este aspecto de la denuncia profética por la especial conexión que tiene con la vida de los cristianos, ya que desde el bautismo somos todos un pueblo de profetas, como volvió a recordar y proclamar solemnemente el último Concilio: "El pueblo santo de Dios participa también de la función profética de Cristo, difundiendo su testimonio vivo sobre todo con la vida de fe y caridad"54. Como dijimos más arriba, Dios no permanece indiferente ni quiere mantenerse en silencio ante la injustica, pero deja este ministerio a los profetas del Antiguo Testamento y a la Iglesia del Nuevo. La vida del cristiano exige, en sí misma, la denuncia profética
La denuncia profética tiene una doble finalidad: defender al inocente y convertir al culpable. Por ello, como decía Juan Pablo II en el párrafo antes citado55, a la función profética de la Iglesia pertenece tanto el anuncio como la denuncia. La palabra de Dios es promotora de futuro y creadora de esperanza. Mientras el hombre está en camino, siempre tiene abierto el horizonte de la salvación. Dios quiere la salvación del rico opresor y del pobre oprimido, pero no de la misma manera para uno que para el otro.
El caso de Zaqueo es simbólico, dado que es precisamente San Lucas, el evangelísta de la pobreza, el único de los tres sinópticos que recoge este relato, como también es el único que incorpora las maldiciones a los ricos. Pues bien, Zaqueo recibe a Jesús y se salva al dar a los pobres la mitad de sus bienes, y devolviendo lo injustamente defraudado.
52. Teniendo en cuenta la gran complejidad de la economía actual56, no podemos presentar soluciones simplistas y retóricas, que no harían más que desanimar a los posibles zaqueos de buena voluntad, aunque nosotros, los profetas, quedáramos con la conciencia tranquila y la autocomplacencia de mantener la imagen de defensores de los pobres. Deberíamos promover un diálogo interdisciplinar entre economístas, sociólogos, politólogos, educadores y moralístas, con el fín de encontrar caminos posibles y realístas, opciones y fórmulas operativas, pistas y orientaciones prácticas para transformar radicalmente las estructuras injustas de la economía nacional, internacional e intercontinental. Establecer un diálogo interdisciplinar para cambiar las estructuras injustas
53. Este anuncio/denuncia no puede reducirse a tratar de convertir, si es posible, a los ricos y al capitalísmo salvaje y sus mecanísmos opresores, sino que debe promover ante todo la liberación económica y social de las personas y de los pueblos oprimidos por la pobreza, la indigencia y la miseria, colaborando con ellos en su promoción con programas de desarrollo, asociaciones de libre comercio, foros y debates internacionales, etc., y también estimulando su propia iniciativa, su creatividad, su inventiva y su laboriosidad, sin dejarles caer en la pasividad, el victimismo o la inactividad. Aunque en ocasiones pueda resultar impopular, el profetísmo cristiano debe ser partidario, pero no partidista; popular, pero no demagogo; animoso, pero no voluntarista; sencillo y evangélico, pero no ingenuo ni simplista. Promover la liberación de las personas y de los pueblos
54. Finalmente, en otro sentido es necesaria también la voz profética de los cristianos en el mundo, en cuanto utopía y esperanza, modelo de futuro y proyecto de un mundo mejor, programa de trabajo y camino hacia una sociedad más justa, más solidaria y más humana. Dios creó el mundo con su Palabra, y por la palabra de los profetas liberó, convocó y guió a su pueblo hacia la Tierra Prometida. Jesús es la Palabra de Dios hecha palabra de hombre para salvar a los hombres. Con su Palabra hacía obras de curación y salvación, y con sus obras anunciaba y hablaba del Reino de Dios que estaba llegando. A ejemplo de Jesús que con su palabra hacía obras de salvación y anunció el Reino
Los cristianos reconocemos en la palabra del hombre57 una derivación y un eco del Verbo de Dios, y en la Iglesia, movida por el Espíritu que empujaba a los profetas del Antiguo Testamento y a Jesús de Nazaret, así como a tantos y tantos santos, nuestra palabra tiene carácter de misión, de alguna manera de palabra de Dios que despierta a los dormidos y les empuja incansablemente a trabajar, preparando un futuro mejor.
Contra todos los fracasos y superando todas las fatigas, siglo tras siglo y generación tras generación, la voz de los cristianos debe seguir resonando para denunciar las sombras y anunciar las luces; formando hombres de esperanza que levanten la esperanza de los hombres, y pregonando ideales que puedan convertirse en realidad. Gracias a tantos suspiros de deseo de un lado y otro, pudo caer, como las murallas de Jericó, el muro que dividía el Este del Oeste. Debemos seguir soñando y suspirando, hablando, anunciando y esperando la caída del muro entre el Norte y el Sur, entre los ricos y los pobres, los hartos y los hambrientos, los que tienen de todo y aquellos a los que todo les falta. Que no les falte nunca, al menos, nuestra voz de aliento y de esperanza, una voz llena de amor para que los injustos se conviertan y los pobres alcancen su dignidad humana perdida.
Publicado por tabor @ 22:51  | Reflexiones doctrinales.
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