En la vida humana, tanto individual como social, no solamente es importante el fin, sino los medios; el qué y el cómo;la meta y el camino. Por medio del instinto natural, los animales tienen perfectamente claro y determinado de antemano lo uno y lo otro, pero los hombres, por nuestra libertad, hemos de buscar constantemente cuáles son los mejores fines y los medios más aptos para alcanzarlos.
55. Los cristianos hemos descubierto que en nuestra coyuntura histórica y social es un deber de caridad luchar contra la injusticia generadora de pobreza y de miseria en el mundo. Pero ¿de qué manera? ¿con qué criterios, que sean coherentes con el Evangelio y con la vida de la Iglesia? Dentro de la variedad infinita de las diversas circunstancias, que requieren un discernimiento adecuado a cada caso, en el pensamiento social de la Iglesia destacan principalmente algunos valores fundamentales que hay que salvaguardar, y algunos criterios que pueden servirnos de orientación en la lucha por la justicia, de los que entresacamos los siguientes: Valores y criterios en la lucha por la justicia
Los derechos humanos
56. Creado a imagen y semejanza de Dios, el hombre es el señor y el centro de toda la creación de donde se derivan la dignidad y los derechos de la persona humana. Como dice el Vaticano II, "todos los bienes de la tierra deben ordenarse en función del hombre, centro y cima de todos ellos" (GS, 12). Por eso toda la organización de la sociedad, la cultura, la economía y la politica deben estar al servicio de la dignidad y los derechos del hombre, tanto considerado en su individualidad como en sus formas de vida comunitarias59. La sociedad al servicio de los Derechos Humanos
El bien común60
57. El hombre es un ser sociable por naturaleza y por vocación. En el plano natural, no podría llegar en modo alguno a su madurez humana sin crecer y vivir en sociedad: la familia, el lenguaje, la convivencia, la educación, la cultura, la amistad, el trabajo y el intercambio de servicios colaboran a la humanización del hombre a lo largo de toda su vida. En la concepción cristiana, el hombre está llamado por el Dios Comunidad, Tres personas compartiendo eternamente una vida común, a formar parte de la Iglesia de Jesucristo cuya etimología viene de "convocada", "reunida", en la que el Espíritu Santo engendra a la familia de Dios como hijos en el Hijo. El hombre ser social, vocacionado a vivir en comunidad
Tanto en el plano natural como en el de la vida eclesial, el bien individual y el bien comunitario se relacionan y se potencian mutuamente, sin exclusión ni oposición. Ciñéndonos ahora a la vida social, debe organizarse en todos los aspectos buscando ese ideal, no siempre alcanzable con absoluta perfección, pero siempre a perseguir con total dedicación. Ni la organización comunitaria puede manipular a las personas como si fueran meros instrumentos, ni el individuo puede buscar de manera egoísta en la comunidad solamente su propio bien, sin colaborar en el bien común de todos, confundiendo libertad con independencia egoísta o insolidaridad. El espíritu cristiano debe aportar aquí la consigna de Jesús, que no vino a ser servido, sino a servir, y quiere que nosotros seamos los unos servidores de los otros por amor. Paradójicamente, sirviendo es como Jesús llegó a ser el Señor, y el discípulo de Jesús se realiza como hombre y como cristiano tanto más cuanto más sirve, en el doble sentido de servir a y servir para.
La solidaridad61
58. Desde los Santos Padres de los primeros siglos hasta el Papa y la jerarquía actuales, se ha mantenido este principio, que podría resumirse en esta cita del Concilio Vaticano II: "Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa, bajo la guía de la justicia y de la caridad"62. La tierra es de todos los hombres
59. De aquí que el derecho a la propiedad privada de los bienes de producción no pueda nunca ser algo absoluto y primario, sino relativo y secundario, como ha recordado recientemente Juan Pablo II, retomando una doctrina que ya procede de la tradición de los primeros siglos, aunque se haya oscurecido en algunas épocas: "La tradición cristiana no ha sostenido nunca este derecho como algo absoluto e intocable. Al contrario, siempre lo ha entendido en el contexto más amplio del derecho común de todos a usar de los bienes de la creación entera: el derecho a la propiedad privada como subordinado al derecho al uso común, al destino universal de los bienes" (LE, 14). Es lo que se ha llamado también en el magisterio reciente la hipoteca de la propiedad privada, y secularmente la teología y la predicación interpretaban como mera administración en favor de los pobres. La propiedad privada es un derecho relativo
El principio de subsidiariedad63
60. De los principios anteriores se deduce necesariamente que el bien común debe buscarse también comunitaria y corresponsablemente. Tratándose de personas humanas, básicamente con la misma dignidad, todos pueden y deben colaborar en la búsqueda del bien común, tanto respecto a sus fines como por lo que respecta a los medios. El totalitarismo, el autoritarismo y el absolutismo representan actitudes completamente opuestas, pero también, aunque en grado menor, van contra esta orientación el despotismo ilustrado o inclusive el paternalismo, que se desvelan por el bien del pueblo pero sin contar para nada con él, tratándole en conjunto como a menores de edad64.
Afortunadamente, en las sociedades modernas ha seguido progresando y extendiéndose la forma democrática de gobierno, siquiera sea en sus formas todavía inmaduras e imperfectas que suelen llamarse democracias formales. Pero es preciso continuar avanzando en el espíritu que representa esta tendencia, no solamente en el Estado y en otras instituciones de gobierno político, sino también en todos los campos de la vida social, fomentando y estimulando la colaboración del pueblo en lo que sea posible. El principio de subsidiariedad, responde a la vez al deber de solidaridad con el bien común y al respeto a la dignidad de la persona humana y de los grupos sociales intermedios. Por tanto, toda institución, asociación, organización, grupo o estamento debe llevar a cabo con autonomía todo aquello para lo que se encuentre capacitado, sin impedimento ni suplantación por otra instancia superior, salvo quizá el mínimo de información o coordinación que esté previsto en las reglas del juego social. La autoridad y la ley cuidarán que todos los grupos sociales puedan ejercer con igualdad esas iniciativas. De esta manera, no solamente se respeta la legítima autonomía y dignidad de las personas y los grupos humanos, sino que también se fomenta la creatividad, la participación y la corresponsabilidad social que responde al ideal de una democracia real, directa y popular. El principio de subsidiariedad tiene en cuenta la solidaridad con e bien común y la legítima autonomía de las personas y los grupos
Valores fundamentales que es preciso salvaguardar65
61. Según la orientación general del Evangelio, y en particular del Sermón de la Montaña, así como con las notas del Reino, la actuación cristiana debe tener en cuenta una constelación de valores que deben conjugarse simultáneamente en cada caso, como son, principalmente, la verdad, la justicia, la libertad, el amor y la paz. Así, no se puede buscar la paz sin la verdad, ni la justicia ni el amor. Ni se puede promover la justicia sin el amor, la paz y la verdad. etc. De aquí se derivan inmediatamente otros valores como la fraternidad, solidaridad, la primacía de la persona sobre las cosas, del espíritu sobre la materia y de la ética sobre la técnica. Es preciso, además, cultivar un espíritu de discernimiento espiritual, para encontrar en cada caso cómo conciliar los diversos valores que se presentan muchas veces como contrarios y que, en todo caso, habrá que conjugar con diferente proporción, cosa no siempre fácil, por lo que deberemos recurrir al diálogo, al análisis detallado de la realidad, y a la oración al Espíritu Santo, que debe ser el guía de nuestra actividad cristiana. El actuar del cristiano debe aunar la paz y la verdad, la justicia y el amor
62. Nada de lo que venimos diciendo podría llevarse a cabo sin desarrollar en nosotros un fuerte espíritu de responsabilidad, de generosidad y de laboriosidad. Para ser corresponsables es necesario antes ser responsables. No podemos exigir derechos sin aceptar deberes. Una sociedad democrática es más digna del ser humano que una sociedad autoritaria, pero no dispensa del esfuerzo, de la disciplina y la laboriosidad. Espíritu de responsabilidad y laboriosidad
Es una ligereza desprestigiar el trabajo humano. Tal y como Dios ha hecho al hombre y como nos manifiesta simbólicamente en el relato de la creación66, es tan necesario el trabajo como el descanso, la obligación como la fiesta. Si solamente vivimos para trabajar, nos convertimos en esclavos. Pero si solamente vivimos para descansar, nos convertimos en seres abúlicos y aburridos, incapaces de esforzarnos ni siquiera para divertirnos, capaces solamente de bostezar interminablemente. Aparte de otros factores que también deben tenerse en cuenta, la prosperidad de muchos pueblos y la decadencia de otros podría deberse a la laboriosidad y espíritu emprendedor de aquéllos y a la desidia, abulia e inoperancia de éstos. Trabajar en favor de la justicia significa, en efecto, antes que nada eso: trabajar.
3.3. Objetivos prioritarios en la lucha por la justicia
63. Creemos que de todas las premisas anteriores se deduce lógicamente la exigencia para el cristiano de comprometerse en la lucha por la justicia. Aunque la Iglesia como institución no haya recibido la misión de ofrecer al mundo un proyecto determinado de vida social, política y económica, el mensaje evangélico que ella custodia y proclama contiene unas orientaciones y encierra unas fuerzas que necesariamente deben encarnarse en la vida concreta de los hombres de cada tiempo y de cada sociedad.
Con este fin, quisiéramos recoger ahora algunos objetivos que nos parecen prioritarios en esta coyuntura histórica, tanto en el ámbito nacional como internacional. Unos podrán ser alcanzables a corto o medio plazo, y otros lo serán solamente a largo plazo, y hasta podrían algunos dar la impresión de ideales irrealizables, si no tuviéramos a la vez la paciencia histórica y la esperanza utópica, que apoyándonos en los progresos alcanzados en el pasado nos muevan a confiar en el progreso del futuro. Los cristianos tenemos motivos especiales para la esperanza, sabiendo que desde la Encarnación del Verbo, Dios comparte nuestra vida, convirtiendo la historia de pecado en historia de salvación. Recordemos además que si bien nosotros tenemos unas motivaciones especiales y un horizonte propio, podemos y debemos unirnos a todos los hombres de buena voluntad que luchan en el mundo por construir una sociedad más justa, solidaria y fraternal67. Paciencia histórica y esperanza utópica
Macroética
64. Teniendo en cuenta el uso actual que se da al término macroeconomía, nos permitimos aportar el de macroética, para destacar la necesidad de tener en cuenta las circunstancias del mundo de nuestra época, convertido en todos los aspectos en lo que gráficamente se ha llamado la aldea planetaria, en la que se han estrechado las relaciones e interdependencias mutuas entre todos los pueblos, naciones y continentes. Una ética para las nuevas circunstancias
La ética racional o la moral religiosa han ido evolucionando al compás de la historia del hombre, desde las hordas primitivas y los pueblos tribales hasta las sociedades modernas, con tendencias más individualistas o más colectivistas, con mayor acento en el liberalismo o en el socialismo, pero en general centradas principalmente dentro del horizonte estrecho de un país o de un reducido número de países.
65. Ahora, en cambio, frente a las condiciones y condicionamientos de la economía internacional de nuestro tiempo, cuando las empresas multinacionales, los bancos mundiales y los consorcios financieros internacionales extienden sus redes de influencia por todo el mundo, necesitamos una nueva ética, concebida para esas macro-estructuras de dimensiones planetarias. La moral cristiana, aun basándose en sus principios inmutables y permanentes, puede y debe reformularlos para adaptarlos a las nuevas circunstancias de la época, como vienen haciendo los papas desde la "Rerum novarum" de León XIII hasta la "Centesimus annus" de Juan Pablo II, y la jerarquía en general, especialmente desde el Concilio Vaticano II hasta nuestros días, juntamente con los teólogos, los moralistas, los sociólogos y los economistas cristianos.
Pero es preciso continuar esta reflexión buscando aplicaciones prácticas y formulaciones claras y precisas, realizando un esfuerzo constante de información y de divulgación, de catequesis y predicación, de asimilación y recepción de esta doctrina, con el fin de que llegue a ser no sólo el pensamiento sino hasta el sentimiento, la convicción profunda de todos los cristianos del mundo, tanto para su modo de actuar en la sociedad como para colaborar en este cambio mundial de mentalidad que se precisa en las nuevas condiciones de la economía para cambiar las estructuras injustas68.
Este campo, además, se presta muy bien para realizar un trabajo ecuménico con cristianos de otras confesiones, de colaboración con miembros de otras religiones, y de solidaridad con los no creyentes de buena voluntad de los que habla el Concilio Vaticano II69.
O.N.U. de la economía internacional
66. En continuidad con el objetivo anterior, se debería promover la creación de un foro internacional de carácter representativo, que tuviera autoridad para dirimir los pleitos y conflictos en los intercambios económicos y comerciales de los diferentes paises, como en lo político realiza la O.N.U, con más o menos acierto, pero, al menos, como instancia moral que tiene un gran peso en la opinión pública mundial.
Nuevo orden económico mundial
67. Nos referimos precisamente a un orden ordenado de acuerdo con la justicia, la solidaridad y la fraternidad, en lugar de un sistema internacional de relaciones basado en la opresión y la explotación de los más débiles por los más fuertes. De acuerdo con los nuevos principios de una nueva macroética, es preciso replantear las relaciones económicas y comerciales del Norte con el Sur, de forma que se basen principalmente en la colaboración mutua y en la búsqueda del bien común planetario, más que en el consumismo de una sociedad rica o en la avidez insaciable de beneficios de unas cuantas multinacionales. Urge la revisión de las relaciones Norte-Sur
Nuevo orden ecológico mundial
68. Teniendo en cuenta el objetivo anterior, buscando una mayor nivelación del nivel de vida entre los diferentes pueblos del Norte y del Sur, parece evidente que toda la población actual y futura del planeta no podría subsistir con una concepción consumista, que despilfarra y malgasta los bienes de consumo. Hoy sabemos que las riquezas del planeta son limitadas, y que las energías renovables requieren un ritmo de tiempo que el hombre moderno no ha sabido observar y atender, por lo que estamos llegando a una situación límite de deterioro del habitat humano70.
69. Por lo mismo, es necesario generar y cultivar una mentalidad que sepa buscar la felicidad y la alegría en las cosas pequeñas y sencillas, valorando más el ser que el tener, el saborear que el malgastar; redescubriendo que si "la arruga es bella" es mucho más cierto que "lo pequeño es hermoso". Solamente con una civilización de carácter diríamos nosotros "franciscano" -que habría que llamar simplemente "cristiano"- podremos vivir todos los habitantes del planeta con la comodidad indispensable para que sea respetada la dignidad del hombre y, al mismo tiempo, cuidando y conservando nuestra tierra, nuestro hogar comunitario, tanto para nosotros como para nuestros hijos, como Dios nos mandó desde las primeras páginas de la Sagrada Escritura. Valorar lo pequeño, el ser más que el tener
Trabajo para todos
70. Ciñéndonos ya más concretamente a nuestro país, destaquemos muy especialmente este objetivo, importantísimo en orden a la justicia social. Con ligeras oscilaciones y altibajos, la situación del paro en España es de una especial gravedad por su alto porcentaje71. Sin negar, ni menos justificar, los casos en parte explicables pero siempre lamentables de los fraudes legales en este campo, es también innegable que el trabajo es un derecho natural, reconocido además por nuestra Constitución y por la Declaración de Derechos Humanos de la ONU. El paro forzoso -como ya recordábamos más arriba- es una injusticia con dramáticos efectos sobre las personas, las familias y la sociedad en general72. En todo caso, y mientras existan trabajadores en paro forzoso, esa misma justicia social exige que cada parado perciba un subsidio de paro suficiente como para atender a sus propias necesidades y las de su familia. El paro forzoso es una grave injusticia
71. Podríamos añadir -dicho sea con un cierto humor y con un amor cierto- que la justicia social exige no solamente el derecho, sino también el deber del trabajo. A veces no se sabe muy bien si lo que se reivindica no es tanto trabajar como tener un sueldo y un empleo, tal y como se concibe en muchas ocasiones la vida laboral, buscando escapadas y escapatorias, fiestas, fines de semana y puentes, para salir huyendo del trabajo lo más lejos posible. Sin negar el valor y la necesidad del ocio, entre nosotros es preciso revalorizar también la necesidad y el valor del trabajo, y del trabajo bien hecho y a conciencia, para evitar y superar la que se ha llamado "chapuza nacional". Sin merma del idealismo ni de la espiritualidad, es preciso conciliar el ocio y el negocio. Valor del trabajo
Redistribución más justa de la renta nacional
72. Frente a las grandes diferencias existentes en la percepción de la renta entre los diversos sectores de la sociedad española, constituye un deber de justicia no sólo el perfeccionamiento y la recta aplicación de un sistema fiscal apoyado más directa y proporcionalmente sobre las rentas reales, sino además en su cumplimiento en conciencia por parte de todos los contribuyentes. También las empresas están obligadas a pagar los impuestos justos, como contribución necesaria al bien común nacional, y a cambio de los beneficios que las empresas reciben de él. Recta aplicación y cumplimiento del sistema fiscal
Por otra parte, con la misma firmeza debemos añadir que el propio Estado tiene el deber ineludible de gestionar mejor y redistribuir equitativamente el producto de todos los impuestos entre los más necesitados, en proporción justa a sus necesidades. De lo contrario, carecerá de toda autoridad moral para corregir las situaciones fraudulentas. Gestionar bien
73. Nuestra exhortación en este punto se dirige también a cuantos por sus cargos tienen hoy la obligación de luchar eficazmente por eliminar drásticamente el ingente fraude a la Seguridad Social en la percepción injustificada del seguro de desempleo, con ocasión de la incapacidad laboral transitoria, la invalidez permanente, etc., que revela una gran corrupción moral. Mientras exista, pues, la actual situación de fraude fiscal y socio-laboral no se dará una justa redistribución de la renta entre empresarios, trabajadores en activo, parados y jubilados73. Combatir el fraude en la percepción del desempleo
Participación creciente en la gestión económica y política
74. Para pasar en un sociedad desde la llamada democracia formal a la práctica de una democracia real, es necesaria la participación cada vez más efectiva de todos los ciudadanos en las estructuras sociales, políticas, económicas y culturales de las que dependen74. Si atendemos a este aspecto de la vida española, hay que reconocer que estamos muy lejos todavía del ideal. Frecuentemente, los ciudadanos asistimos impotentes a la toma de decisiones que tienen graves repercusiones para toda la sociedad, pero que se han adoptado de manera autoritaria, en manos de grupos económicos y políticos privilegiados, que nos reducen a los demás ciudadanos a ser mudos y pasivos espectadores de la gestión del bien común, pero que no se ha gestionado en común, comunitaria y democráticamente. Participación de todos los ciudadanos en la vida pública
En consecuencia, debemos colaborar activa y responsablemente en lo que ya está a nuestro alcance, como puede ser participar en toda clase de elecciones municipales, autonómicas y legislativas, así como preparar, promover, potenciar o exigir nuevos cauces de responsabilidad y participación en la gestión del bien común y en todos los campos de la vida social, colaborando en organizaciones no gubernamentales, grupos vecinales, movimientos, asociaciones, sindicatos y partidos políticos. No tenemos derecho a lamentarnos de no tener mayor participación cuando no ejercemos la que ya está a nuestro alcance75.
Garantizar los derechos sociales
75. La aplicación de algunas medidas económicas en curso están suponiendo un grave costo social y económico para las clases más desfavorecidas. Dicho costo debería ser repartido lo más equitativamente posible, evitando que recaiga desigualmente sobre la población. Porque nunca puede equipararse, por poner un ejemplo, la pérdida del puesto de trabajo con la subsiguiente pérdida de poder adquisitivo y los sacrificios familiares que esto representa con la disminución de los beneficios empresariales. Repartir los costos de la crisis
Ante esta situación, es de temer que vayan a quedar en letra muerta tanto los derechos sociales y económicos proclamados tanto en nuestra Constitución76 como en la Encíclica de Juan Pablo II Centesimus Annus77, por citar solamente dos textos fundamentales para nosotros, como ciudadanos y como cristianos.
76. La organización de la actividad económica debe interpelar la conciencia social y el espíritu de justicia de todos los ciudadanos, pero muy especialmente de los gestores del bien común en el Gobierno del Estado y de las autonomías. Dicha organización debe hacerse contando con la participación activa de las distintas fuerzas sociales, fomentando un clima de diálogo, de concertación negociada, de compromiso mutuo entre el poder público y los interlocutores económicos y sociales, empresarios y trabajadores etc. Diálogo y concertación negociada
77. En la vida real existen legítimos intereses en conflicto entre empresarios y trabajadores, entre el sector público y sector privado, entre quienes tienen trabajo y los que están en paro, entre los cotizantes a la Seguridad Social y los perceptores de pensiones. En realidad, se trata de conflictos de derechos. Por consiguiente, en todos estos casos hay que esforzarse por encontrar soluciones pacíficas que deben alcanzarse mediante el diálogo y la negociación leal y honesta. Encontrar soluciones pacíficas
La confrontación de fuerzas, incluido el ejercicio del derecho de huelga, puede seguir siendo un medio necesario para la defensa de los derechos y justas aspiraciones de los trabajadores. Pero en una situación en la que existen millones de personas en paro que no pueden ejercitar su derecho al trabajo, a un digno subsidio de paro, o hay pensionistas que no perciben una pensión suficiente, sería injusto e insolidario hacer reivindicaciones consistentes sólo en conseguir mayores salarios para los que ya tienen trabajo, agravando aún más la situación de los parados o jubilados78. El derecho de huelga
Desarrollo legislativo y justicia social
78. La pobreza y la marginación no son problemas exclusivos de nuestra época, sino que se han hecho presentes en las sociedades de todos los tiempos y en general, tal vez, con mucha mayor virulencia. Sin embargo, hoy hemos llegado a la convicción de que esa situación no es inevitable ni, por lo mismo, éticamente neutra, sino que representa una responsabilidad y una culpabilidad moral para los que la ocasionan o simplemente la toleran.
En este sentido, la aportación de la Iglesia frente a este problema consiste principalmente en anunciar, proponer y promover un espíritu de justicia, de solidaridad y de fraternidad que estimule a compartir a los que tienen más en cualquier campo con los que tienen menos, además de solidarizarse de forma inmediata con los necesitados. Sin embargo, teniendo en cuenta el peso social de la ley para la inmensa mayoría de los ciudadanos, que no son ni héroes ni criminales, en una sociedad desarrollada y democrática, justa y solidaria, es necesario que la legislación recoja de manera concreta y determinada los derechos básicos económicos y sociales de todos los ciudadanos contemplados en nuestra Constitución, de manera que puedan ser exigibles en derecho, y el Gobierno pueda vigilar su cumplimiento o sancionar su incumplimiento. Las leyes deben recoger los derechos económicos y sociales que corresponden a los ciudadanos
79. La Administración pública, tanto estatal como autonómica, que recoge y redistribuye la aportación de todos los ciudadanos para ser empleada en atender los servicios necesarios al bien común y malgasta a veces y carga en otros el peso del esfuerzo, debe ante todo garantizar una cobertura que permita vivir a todos los ciudadanos de acuerdo con su dignidad humana y de miembros de nuestra sociedad, cuidando particularmente a aquéllos que se ven amenazados por la indigencia, la marginación o la miseria, por cualquier causa o circunstancia. El poder público debe garantizar una cobertura que permita vivir a todos los ciudadanos