lunes, 31 de octubre de 2005
Etimología y denominaciones
La palabra profeta deriva del griego "profétes", cuyo significado etimológico es el de "hablar en nombre de", "ser portavoz" de otro, y traduce a su vez en la literatura bíblica el término hebreo nabi´.

Si se relaciona con una raíz arcaica emparentada con nb (brotar con ruido, agitarse interiormente); el nabi sería el que habla con vehemencia y bajo el influjo de una potencia superior, para anunciar cosas inaccesibles a los mortales.
Otros recurren a una raíz nb (hablar), significaría entonces el "hablante" (por la divinidad).
Hay una tercera explicación, más sencilla y más plausible; relacionar el nabi con el acádico nabu, que presenta el sentido de "llamar". El nabi sería, pues, el "llamado"(por Dios).
"No nos faltara la ley del sacerdote, ni el consejo del sabio, ni la palabra del profeta"

Jr 18, 18

Este texto de Jeremías engloba las tres instituciones que, junto con la monarquía, son las más importantes del Antiguo Testamento, a la vez que señala la tarea o misión que cada una de ellas desempeñaba. Los sacerdotes estaban adscritos a los santuarios, donde ejercían el ministerio cultural y enseñaban la ley y la tradición. Los sabios se dedicaban al estudio, al consejo y a la instrucción. Los profetas eran los pregoneros de la palabra de Dios. Mientras que el sacerdote (como el Rey) lo era por herencia y el sabio por propia iniciativa y dedicación personal, el profeta lo era por vocación. Lo que mejor define al profeta frente al sacerdote y al sabio es precisamente su carácter carismático, es decir, su condición de elegido y llamado directamente por Dios.

La identidad profética
El abuso de las palabras provoca el deterioro, la devaluación de su sentido y la ambigüedad. Es lo que sucede actualmente con la palabra "profeta", que para una gran mayoría es sinónimo de adivino, futurólogo, visionario y todo un repertorio de personajes esotéricos que pescan en los ríos revueltos de estos tiempos tan escasos de esperanzas y expectativas de futuro. Es verdad que los profetas bíblicos se refieren al futuro, pero también se refieren, mucho más frecuentemente, al presente y al pasado. Para aclarar confusiones y deshacer ambigüedades es preciso recuperar definiciones y perfilar identidades.

Para definir con un mínimo de objetividad a los profetas es preciso recurrir a los relatos de vocación, ya que son el mejor medio de que disponemos para saber como se comprendieron a si mismos y como los vieron sus discípulos y contemporáneos. Aunque no se dispone de los relatos de vocación de todos los profetas, contamos con ejemplos abundantes y suficientemente representativos (Is 6; Jr 1; Ez 1-3; Os 1-3; Am 7,10-17; Jon 1,1-3; 3, 1-4). Estos relatos coinciden en destacar cuatro rasgos principales que nos permiten reconstruir el "perfil del profeta".

Llamados y enviados por Dios
Como se explicaba al principio, no se es profeta por propia iniciativa, por determinadas cualidades o condiciones heredadas. Se es profeta por decisión y elección de Dios. Todos los relatos de vocación coinciden en señalar la iniciativa divina que culmina en la "llamada" concreta a cada uno de los profetas. Estos, a su vez, perciben dicha "llamada", o vocación, en el marco de un encuentro especial con Dios que cambia radicalmente sus vidas, dándoles una nueva orientación. Por eso, a la llamada sigue normalmente la misión que constituye al llamado en un "enviado", es decir, alguien que no actúa ya por cuenta propia, sino por cuenta y en nombre de Dios. Es lo que expresan frases como: "¿A quien enviare? ¿Quién ira por nosotros?" (Is 6,8); "irás a donde yo te envíe, y dirás lo que yo te ordene" (Jr 1,7); "les comunicaras mis palabras, escuchen o no" (Ez 2,7); o los frecuentes estribillos de autoridad: "así dice el Señor", "oráculo del Señor", "palabra del Señor". Todo ello apunta a una misma dirección: el profeta es el "hombre de Dios". Por eso ha de hablar y actuar desde la fe y la experiencia de Dios.

Misión pública
La llamada y el envío convierten al profeta en un personaje público, que nos puede guardar para sí la experiencia de Dios, pues la misión lo sitúa pública y abiertamente ante unos destinatarios a menudo refractarios e incluso hostiles a su misión. Jeremías se sabe constituido profeta "frente a todo el país, frente a los reyes de Judá y a sus príncipes, frente a los sacerdotes y a los terratenientes" (Jr 1,18). Ezequiel es enviado "a los israelitas, a ese pueblo rebelde… a esos hijos obstinados y empedernidos" (Ez 2,3-4). Amós recibe este encargo: "Vete y profetiza a mi pueblo Israel" (Am 7,15). Esta misión pública exige al profeta enfrentarse abiertamente a personas e instituciones poderosas, debiendo superar los propios miedos y las amenazas de quienes pretenden amenazarlos.

Ministerio de la palabra
El profeta es también, y sobre todo, el "hombre de la palabra". Podríamos decir que la palabra es la herramienta más característica del oficio profético. Por eso, Jeremías pretende escapar del encargo divino argumentando con su incapacidad de hablar (Jr 1,6) e Isaías descubre en sus "labios impuros" (Is 6,5) un obstáculo insalvable. Es muy significativo que los tres grandes profetas: Isaías, Jeremías y Ezequiel reciban como "investidura" de su misión un gesto que los habilita para el ministerio de la palabra. De esta manera el profeta ya no hablara por su cuenta, ni dirá sus propias palabras, sino que se convertirá en un atento "oyente de la palabra" (Is 50,4-5) y en un fiel transmisor del designio divino: "Yo pongo mis palabras en tu boca" (Jr 1,9). A través del profeta y su ministerio, la palabra de Dios interviene en la historia y se encarna en ella para juzgarla, reconvertirla y salvarla.
Publicado por tabor @ 11:37  | Voz de los profetas A.T.
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