Introducción
Tradicionalmente se creía que el fenómeno profético era un producto propio y peculiar de la religión yavhista. Sin embargo, los recientes hallazgos arqueológicos y literarios han sacado a la luz, aquí y allá, por todo el antiguo Oriente Medio indicios y ejemplos de manifestaciones proféticas más o menos afines al profetismo israelita. Se pueden citar entre otros, los videntes y mensajeros no profesionales de los archivos de Mari, el relato del viaje de Wen Amón a Fenicia, la estela de Zakir, rey de Jamat. El adivino Balaán y los profetas de Baal se mueven asimismo en un contexto similar.
Al lado de los paralelismos y coincidencias estructurales, e incluso literarias, que existen entre los videntes y mensajeros extra bíblicos y los profetas israelitas, se dan a su vez diferencias esenciales. La fe en un Dios único y personal, creador del cosmos y Señor de la historia, junto con la referencia a la alianza como base de las relaciones especiales entre el Señor y su pueblo, colocan al profetismo bíblico en una categoría aparte.
Orígenes del profetismo en Israel
Aunque algunos textos tardíos pretenden remontar a Moisés el origen del profetismo, en realidad el fenómeno profético hace acto de presencia en Israel de la mano de Samuel, coincidiendo con el nacimiento de la monarquía (fines del S. XI a.C.). se podría decir que la monarquía y el profetismo nacen y mueren juntos. Son dos instituciones estrechamente relacionadas entre sí. De hecho, la edad de oro del profetismo coincide con los tres últimos siglos de la monarquía (VIII – VI a.C.), que a su vez corresponden a los llamados profetas clásicos, canónicos o escritores.
De los profetas anteriores al siglo VIII, que constituyen el llamado profetismo preclásico o pre canónico, la Biblia ha conservado algunos relatos sueltos o agrupados en ciclos. El conjunto de datos nos permite diferenciar tres modelos proféticos:
Profetas individuales, vinculados a la corte y muy cercanos al rey. Es el caso de Natán, Gad o Miqueas hijo de Yimlá, que solo intervienen en asuntos relacionados con la política y las intrigas cortesanas
Grupos o fraternidades de profetas, que aparecen como discípulos en torno a un gran maestro, como Samuel, Elías y Eliseo. Actúan poseídos por el espíritu de Dios y llegan a estados de éxtasis contagiosos, provocados por ritmos musicales, danzas y gesticulaciones.
Profetas independientes, que viven entre el pueblo, alejados de la corte, aunque ocasionalmente intervengan ante los reyes. Entre estos podemos citar a Ajías de Siló, un profeta anónimo de Judá, a Elías, y frecuentemente a Eliseo. Este será seguramente el modelo que más influirá en los profetas escritores.
El profetismo clásico
A mediados del s. VIII a.C., entran en escena toda una pléyade de profetas, cuyas predicaciones serán consignadas por escrito en los llamados libros proféticos. A estos se los conoce mejor como profetas clásicos o canónicos. Cronológicamente hablando se pueden agrupar en tres momentos:
Profetas preexílicos:
Periodo asirio (s. VIII):
Amós, Oseas, Isaías 1-39 y Miqueas
Periodo babilónico (ss. VII-VI):
Sofonías, Nahún, Jeremías y Habacuc
Profetas exílicos (586 -538 a.C.):
Ezequiel e Isaías 40-55
Profetas post exílicos (ss. VI-II a.C.):
Ageo, Zacarías 1-8, Isaías 56-66, Abdías, Malaquías, Jonás, Joel,
Zacarías 9-14, Baruc y Daniel
Géneros literarios proféticos
Los libros proféticos contienen las palabras de los profetas y las palabras sobre los profetas. Esta doble clase de material da lugar a dos grandes géneros literarios: oráculos proféticos (las palabras de los profetas) y narraciones proféticas (las palabras sobre los profetas).
Vocación y misión del profeta
Aunque la forma literaria de los profetas parezca estereotipada, dichos relatos se basan en la vida. Por ello contienen habitualmente los siguientes puntos:
Manifestación divina: expresa una experiencia de cercanía vivida como irrupción inesperada, diferente a la vivencia cotidiana de la presencia divina (una experiencia religiosa). Dios entra en la vida del llamado en un momento concreto de su historia.
Palabra introductoria: la formula "la Palabra de Dios se dirigió a", utilizada muy a menudo, indica el carácter personal de la comunicación entre el Señor y el elegido. Su relación no se diluye en la impersonalidad del conjunto, es algo personal y concreto.
Encargo: la misión que el Señor encomienda suele expresarse en imperativo para subrayar el carácter irresistible de la experiencia. La misión de portavoz, de embajador personal, no se le arroga a nadie, pero una vez conferida tampoco se relega con el olvido.
Objeción: en todo relato de vocación aparece una objeción. No es humildad y mucho menos falsa modestia; es señal de libertad en la aceptación del encargo, pero muy a menudo recoge las dificultades reales del llamado. A veces suena como un grito de impotencia y tiene algo que ver con la función mediadora del profeta.
Confirmación: el encargo de Dios supera la debilidad, los impedimentos e incluso las incoherencias del llamado. La misión se confirma, pues no dependía de las cualidades del profeta. Especialmente en este momento es la formula "Yo estoy contigo".
Signo: no se encuentra en todos los relatos de vocación, pero sí en la mayoría. El signo externo que se ofrece no pretende satisfacer la curiosidad personal, ni siquiera proporcionar seguridad al llamado. Supone para él una especia de credencial de que el Señor ha hablado y se ha comunicado con él. El signo confirma la realidad de la experiencia vivida; el relato de vocación le acredita ante los oyentes. El profeta es un hombre indefenso, pertrechado únicamente con la fuerza y la debilidad de la Palabra.
Toda vocación es una vivencia compleja que abraca la vida entera en profundidad, aunque se coloque en el momento inicial. Siempre conviene releerla desde el final, para captar la profundidad humana y espiritual que encierra: entonces se comprenderá que el encargo desinstala, que el mensaje resulta duro de pronunciar, que las objeciones son un eco de crisis y que la promesa de presencia divina se conjuga con una experiencia de silencio divino. La seguridad de la llamada conlleva búsqueda, opción, riesgo y plenitud de sentido y de vida.
Tal vocación consagra al profeta como portavoz de Dios encargado de transmitir la palabra divina, que habla de salvación en la historia.