martes, 08 de noviembre de 2005
Carta abierta a nuestros políticos:
Léanse la Utopía de Tomás Moro
Pronto las campañas electorales, déjense de chulerías parlamentarias y comportamientos barriobajeros y dennos unos proyectos humanos para todos. Déjense de proyectos faraónicos y potencien unos servicios sociales efectivos, rápidos y más humanos y programen un nivel de bienestar para todos, pensando en el futuro a corto y largo plazo. No agraven más las injusticias sociales.
Un principio válido para cualquier momento de la sociedad y también para estos tiempos, poco dados a la Utopia, es que todo debe de ser para todos y para cada uno..Lo que se necesita para una vida agradable y tranquila hoy, sin que nadie tenga que preocuparse por lo que va a pasar mañana o qué va a ser de sus hijos o de él mismo cuando esté enfermo o viejo y donde nadie tiene que enfrentarse a otro para vivir bien. Se trata de una sociedad, donde vivienda y comida, salud y educación están garantizadas de la misma manera para todos, donde todos tienen el acceso a las artes y la ciencia, donde el patrimonio social y cultural es de todos, donde nada se cobra, donde todo está a la mano de todos.
Como sucede en todos los casos de escritos utópicos de este y otros siglos, quienes por alguna casualidad llegan a conocer la vida utópica en un lugar lejano, luego pierden el mapa: únicamente pueden contar del mundo perfecto que vieron, pero no hay regreso. Empero, es importante reparar en el hecho que los ciudadanos de esta y todas las demás repúblicas utópicas no son seres distintos de los humanos comunes y corrientes. No son ángeles, no se trata de una raza superior o de una especie de extraterrestres. No están en algún sentido dotados de capacidades orgánicas, intelectuales o morales superiores a las de quienes los visitaron o a las de quienes escuchan el relato del viaje. Más bien —y lo mismo vale para las demás así llamadas “novelas utópicas”, antes y después— se ve que todos aquellos que viven en la sociedad ideal, son gente como cualquier gente o, como dice Tomás Moro, gente como cualquier inglés de su propia época. Lo que hace distintos a los ciudadanos utópicos no es su constitución física, su potencialidad mental, su religión o su raza. Lo que los hace distintos no es nada que sea propiedad de un individuo o de un grupo. Lo que es diferente en la isla Utopía es la forma de organizarse socialmente, la manera de configurar las relaciones entre los individuos y los grupos, la estructura de poder, el funcionamiento de las instituciones, las reglas para la distribución de la riqueza colectivamente generada y para acceder a los satisfactores materiales y espirituales, la definición de los derechos y las obligaciones de todos y de cada uno. O sea, lo que suele llamarse “organización social”. Es el mismo tipo de gente que habita la isla Utopía y la isla Inglaterra, con las mismas debilidades y fuerzas, con las mismas inclinaciones y limitaciones. Pero los utópicos optaron por valores diferentes, de acuerdo con los cuales han organizado de modo diferente, opuesto, su sociedad.
Hoy esto es urgente, si queremos un mundo más humano para todos y no como está organizándose bienestar para unos pocos y miseria para muchos.
Tomás Moro no escribe un tratado filosófico, no elabora un texto académico sobre valores y su relación con la estructura social o sobre economía y conflicto social, no efectúa una comparación explícita entre las dos islas, la suya y la deseada. Pero ¿acaso hay posibilidad de que no se entienda claramente lo que quiere decir? Apenas un cuarto de siglo después del llamado descubrimiento de América, del continente adonde viajan miles y miles de europeos para buscar a toda costa el metal áureo como garantía de la felicidad, Moro narra las costumbres de una sociedad donde se usa el oro para hacer bacinicas y para esposar a criminales, una sociedad, donde solamente los niños usan piedras preciosas y perlas y donde, cuando alguien va ataviado con este tipo de adornos para darse importancia, tendrá que ser un extranjero: “Era de ver cómo los niños, que ya habían renunciado a gemas y perlas, al divisarlas en los sombreros de los embajadores, decían a sus madres, dándoles con el codo: ‘Mira, madre, ese gran pícaro va adornado con perlas y piedrecillas como si fuera un niño.’ Y la madre muy seria: ‘Calla, hijo, debe ser algún bufón de la embajada.’”
En Utopía se valoran otras cosas que en Inglaterra y, en consecuencia, en Utopía no se producen las divisiones y las luchas que hay en Inglaterra. Los de Utopía son iguales a los de Inglaterra, pero tienen otro orden. Han establecido un orden que no conoce la diferencia entre ricos y pobres, entre unos que detentan el poder y se apropian de la mayor parte de los bienes y los demás que tienen que trabajar para los primeros. En Utopía la vida pública y privada está organizada de tal forma que hay todo para todos. Por consiguiente, no se genera la oposición irreconciliable entre el bien común y los intereses particulares y no se producen las injusticias y las escisiones sociales que caracterizan el resto del mundo conocido.
De hecho, como dice Tomás Moro y muchos otros analistas como él, lo que pasa es que los únicos que tienen un orden propiamente dicho, son los ciudadanos de Utopía. En el resto de Europa estamos hablando de los inicios del siglo XVI no hay orden, más bien, hay un enorme desorden. Es más: es un desorden que deja en el desamparo a los pobres y a los que no tienen poder, que son los mas.
Hoy ocurre exactamente lo mismo.
En la Utopía una de las situaciones que más ampliamente se discute, es la forma de tratar a los ladrones. Recordemos que estamos en una época en la que se empieza a reducir cada vez más la tierra agrícola, destinando porciones crecientes de ella a la cría de ovejas para obtener la materia prima principal para la incipiente industria textil que luego se convierte en elemento detonador de la Revolución Industrial. Este proceso de sustitución significa, como posteriormente también en otras regiones del mundo, la expulsión de parte de la población rural. Unos pierden su tierra, otros su trabajo y muchos de ellos migran a los barrios miserables de las ciudades, se convierten en vagos o asaltantes; a estas masas de desplazados se agregaban aquellos que habían participado anteriormente en las guerras continentales y que estaban ahora también sin ocupación. Para controlar de alguna manera los conflictos surgidos de estas situaciones, se establecen sanciones draconianas: por ejemplo, el robo callejero es frecuentemente castigado con la muerte.
Para Moro, los criminales no son gente intrínsecamente perversa que hay que erradicar de la faz de la tierra, no son moralmente —genéticamente, dirían tal vez hoy— inferiores a la gente que se suele llamarse a sí misma ‘decente’. Son solo las circunstancias económicas y sociales que la llevan a actuar así, por lo cual “esa pena ... es demasiado cruel para castigar los robos, pero no suficiente para reprimirlos, pues ni un simple hurto es tan gran crimen que deba pagarse con la vida ni existe castigo bastante eficaz para apartar del latrocinio a los que no tienen otro medio de procurarse el sustento”. De este análisis deriva la propuesta de que “...sería mucho mejor proporcionar a cada cual medios de vida y que nadie se viese en la cruel necesidad, primero, de robar, y luego, en consecuencia, perecer”.
Esta cuestión tan ampliamente, porque da la clave para todo el libro y, de hecho, para toda la tradición utópica de la que forma parte. Estamos ante un auténtico ejercicio de análisis social, aunque Tomas Moro no utiliza las formas a las que hoy, más de un siglo después de la creación de las ciencias sociales, estamos acostumbrados. Lo que se dice es que las personas son lo que son, en buena medida, gracias a las oportunidades que el conjunto social les ha otorgado. La causa del caos inglés reside en que a grandes capas de la población sólo se les deja la opción de sobrevivir robando a sus semejantes, mientras que los que tienen poder y riqueza sólo se ocupan de sí mismos. Una sociedad humana que merecería tal nombre, un verdadero orden social, sería distinto: habría oportunidades para todos, las mismas oportunidades para todos y no habría la impresión de existir una especie de conspiración de los ricos contra los pobres que no les deja muchas alternativas a éstos últimos.
¿No es algo muy parecido lo que ocurre hoy con la emigración y sus secuelas, incluidas en parte los movimientos terroristas?.
Al igual que las fronteras entre los pueblos, los límites entre las épocas no son nada natural, sino creaciones humanas. Hay muchas oportunidades para caer en la cuenta de esto. Por ejemplo, cuando se quiso saber el momento en que terminaba el segundo milenio y comenzaba el tercero: ¿erá el primero de enero del año 2000 o el primero de enero del año 2001?
Aún así, fechas de calendario son útiles, porque pueden constituir invitaciones a hacer un alto en el camino. A veces, para cultivar la nostalgia (como en el famoso fin de siècle centroeuropeo al final del siglo XIX). Otras veces, para practicar hasta el exceso la retrospectiva (como en 1992, cuando el debate intelectual —incluso en América Latina— parecía orientado más hacia la definición del carácter del primer contacto europeo-americano cinco siglos atrás que hacia la dilucidación de las contradicciones sociales y culturales actuales en el seno de las sociedades americanas y de sus perspectivas a futuro). Otras más, para alentar el miedo: ¿qué horrores nos esperan?
Actualmente, nuestra mirada hacia el futuro se encuentra bajo la influencia de la conocida propuesta, fortalecida enormemente por la caída emblemática del muro de Berlín, de que se ha llegado al “fin de la historia”. Tomado en su significado más crudo, este enunciado no pregona la pronta terminación de la existencia de la especie humana (por más que haya razones para temerla), sino el final de la fase de búsqueda y experimentación con respecto al modelo fundamental de convivencia social.
Se nos quiere adoctrinar, que la estructura básica de la vida social es el bienestar y la calidad de vida sin restricciones. Esa es la única forma viable de organización socioeconómica y política; lo único que hace falta es instrumentarla en todo el mundo y avanzar, poco a poco, en la resolución de algunos problemas que, por graves que puedan parecer, son solamente técnicos, pero no de fondo. Esta manera de ver las cosas se encuentra aliada con otra, que suele identificarse con el vocablo “posmodernidad”. Según ésta, todas las grandes doctrinas y teorías de antaño han perdido valor explicativo y función orientadora. Ahora bien, ¿qué hay que hacer, cuando se ha perdido la orientación? Por lo pronto, al menos, no hay que tomar decisiones: es mejor quedarse donde se está, pues moverse podría llevar a perderse más aún. En todo caso hay que eliminar al que piensa distinto a mi.
La pregunta que surge en seguida es con qué cara se puede sugerir para el caso de América Latina y el resto de los pueblos y países del “sur” que se ha llegado a “la disolución del concepto mismo de progreso” ? ¿Cómo puede seguir recomendándose el realismo de seguir aceptando lo que supuestamente se está “globalizando” sin remedio: las reglas del mercado y de la banca, el Estado nacional, la producción industrial a gran escala y con costos energéticos y ambientales exponencialmente crecientes para aquellas partes del mundo, donde el problema principal para la mayoría no es el de cómo enfrentar la experiencia estética de collage, sino el de lograr hoy y mañana y pasado mañana la sobrevivencia física y de encontrar alguna perspectiva para los hijos? ¿Acaso no la más superficial observación de la realidad socio-cultural lleva la mirada hacia otro tipo de sociedad, hacia un modelo de organización social radicalmente distinto del actual? ¿Quien más, aparte de quienes en las islas de la opulencia —en el norte y en el sur— se benefician del desorden actual, puede defenderlo como “sin alternativa” y exigir enérgicamente calma y realismo?
Defender un mundo utópico no significa quedarse en el ámbito del discurso moral o del voluntarismo ciego con respecto a la realidad. Significa un acercamiento analítico-prospectivo que parte de la convicción de que ésta última no está en orden. Parte de la protesta que se articula sin cesar en el lado oscuro del mundo actual y reconoce que esta protesta se nutre precisamente de la convicción de que puede haber luz para todos - así lo han demostrado las recientes manifestaciones en favor de la Paz-. La explotación y opresión no han desaparecido a pesar de que muchos científicos sociales han dejado de utilizar estos vocablos para describir la situación de formas más suaves. La atención a diversidad y mestizaje culturales complementan pero no sustituyen el estudio del conflicto social fundamental y de la dominación.
La Utopía es posible, hagámosla realidad.
Publicado por Desconocido @ 1:33  | Nuestra sociedad
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Comentarios
Publicado por tabor
viernes, 30 de diciembre de 2005 | 13:34
Necesitamos Utopia para no aceptar como algo normal e inevitable la afirmación de que "siempre existirán pobres y ricos"