jueves, 10 de noviembre de 2005
La aparición de las nociones de tolerancia y libertad religiosa a partir de las guerras de religión y la

Ilustración inglesa y francesa


Massimo Borghesi *



En este extenso trabajo, se hace una revisión histórico-conceptual de las nociones “tolerancia” y “libertad religiosa”. Se pasa examen a aquellas tesis según las cuales la libertad religiosa y la tolerancia inician en la Ilustración francesa. En oposición a esto, el autor nos hace ver que en el mundo antiguo, el cristianismo hizo la distinción entre el ámbito religioso y el poder secular, distinción que el paganismo ve como impensable. Asimismo, contra cierta historiografía, que lee la moderna libertad religiosa como logro de la Reforma, se pasa revista a algunas muestras de intolerancia –y claro, también su actitud tolerante- de los reformados, lo cual lleva a una revisión y concepción histórica. La tolerancia, la intolerancia y la libertad religiosa no fueron –ni son- exclusivas de la Ilustración o las religiones.



Índice:



Politeísmo y tolerancia: la libertad religiosa en el mundo antiguo, pagano y cristiano.
Caridad y tolerancia: la crítica a Agustín
La justificación "política" de la tolerancia. Monoteísmo y politeísmo cara a cara




Politeísmo y tolerancia: la libertad religiosa en el mundo antiguo, pagano y cristiano


Para poder abordar correctamente nuestro tema es necesario hacer una distinción preliminar entre el concepto moderno de tolerancia y aquel (aparente) que rige en la Antigüedad, de modo singular en Roma, la relación entre las diversas creencias religiosas. Contrariamente a una difundida opinión que, como veremos, surge precisamente en relación con la controversia moderna acerca de la noción de tolerancia, «la noción de tolerancia e intolerancia y aquella en conexión de libertad de conciencia son exclusivamente modernas. [1] Éstas presuponen la distinción entre Estado, Iglesia, confesiones religiosas; entre el hombre y el ciudadano, la adquisición de la esfera de derechos. Por eso, según François Paschoud, es justa la afirmación de que «la noción de libertad de opinión es totalmente extraña al pensamiento antiguo». Lo que aquí está en cuestión no es el derecho del individuo de encontrar la verdad o lo divino en la libertad de su conciencia, sino las varías modalidades por las que los dioses de los pueblos requieren ser honrados. Este "panteón" garantiza, en Roma, un velo de tolerancia en el cuadro del politeísmo. Éste, sin embargo, ha de excluir de sí mismo el monoteísmo, el cual puede entrar sólo tras previa aceptación de ser una de las divinidades, más o menos inferior a otras, en el concierto de los dioses.



El pluralismo religioso se inserta en el cuadro de la supremacía política de Roma que, de por sí, no puede aceptar que un dios extranjero, por ejemplo aquel de Israel, pueda imponerse a todos los demás. Es éste el elemento que Juliano el Apóstata contrapone a la posición judeo-cristiana. «La atención a la diversidad de las naciones según sus particularidades étnicas (èthe) y su cultura nacional (nòmoi) constituía el argumento principal de Juliano con el que explicaba y justificaba la multiplicidad de las divinidades nacionales. Su reproche principal al cristianismo y casi el único reproche al judaísmo se refiere al primer mandamiento: Moisés habría osado hacer un único dios de uno de los de los dioses nacionales particulares (merikoi theoi) que están subordinados a la más alta divinidad y en esto ve, por así decirlo, el pecado original de la religiosidad». [2] Ante esta pretensión, el politeísmo pagano no puede no ser intolerante, ya que es, estructuralmente, religión de Estado, culto público oficiado y mantenido por obra del Estado, para la salud y grandeza del Estado. Esta identificación lo lleva a una especie de contraposición entre el pluralismo y el sincretismo, por un lado, y la voluntad de representar la única forma religiosa posible en el nivel público, por otro. Un contraste presente en la célebre Relatio III que Quinto Aurelio Simmaco, insigne representante del partido "pagano", expone en Milán en el 384 ante Valentiniano II. La Relatio viene después de que Graciano, entre el 380 y el 383, hubiera renunciado al máximo pontificado, despojando de tal modo al paganismo del carácter de religio publica del Imperio Romano. En correspondencia con tal política, el emperador hizo quitar, en el 382, el altar de la Victoria de la curia romana; había suprimido el subsidio para el culto pagano y privado a los colegios sacerdotales de la inmunidad fiscal y del derecho a recibir herencias. En su Relatio a favor de una restauración del culto pagano, Simmaco expresa, por un lado, la idea, propia de Juliano el Apóstata, por la que los pueblos particulares son guiados por genios tutores que determinan su destino. Estos dioses inferiores se encuentran subordinados a un único dios cuya esencia, misteriosa, justifica la pluralidad de los caminos para acceder a él: uno itinere non potest pervenire ad tam grande secretum. Una fórmula que, tras su aparente tolerancia, esconde en realidad una filosofía bien definida, de matriz neoplatónica, que excluye el monoteísmo y la Encarnación. Una fórmula que contrasta en cualquier caso con la segunda parte de la Relatio: aquella en la que Simmaco pide al emperador cristiano que se convierta en restaurador del culto pagano como religión oficial del imperio. Ciertamente, como observa Paschoud, «le era muy engorroso sostener ante un emperador cristiano la necesidad de financiar una religión que éste no profesaba; sobre todo porque, evidentemente, no ignoraba que el cristianismo había crecido y se había difundido sin financiaciones oficiales y que, aun en el 384, a pesar de algunos privilegios, no percibía aportaciones del presupuesto del estado». [3]



Para Paschoud, «Lo que Simmaco pide a Valentiniano II es paradójico: ¡hacer por la religión que no es la suya lo que no hace por la suya! Los fundamentos mismos de la religión pagana de estado le imponen esta solicitud, pero no puede ignorar que las premisas que la justifican no son aceptadas por su adversario». La aporía de Simmaco está en la unión que sostiene entre sincretismo y religión oficial, pluralismo religioso y culto público. Para ser realmente ecuménico y tolerante el politeísmo no debería, de hecho, descartar la posibilidad del monoteísmo, del dios "ignoto"; no lo puede hacer, sin embargo, en la medida en que pretende ser religión de Estado. «En su discurso sumamente hábil, que parece marcado por un moderno concepto de tolerancia con la insistencia sobre la unanimidad del senado y la invitación a una concordia religiosa que nace de una común ignorancia del misterio, Simmaco afirma el deber de los emperadores, incluso cristianos, de no renegar de los cultos de Roma, de los que, según la antigua concepción de la pax deorum, dependen sus victorias; revela así que, en realidad, los paganos no deseaban la tolerancia, sino el reconocimiento de que la única religio publica era todavía la tradicional». [4] Un modo de pensar diferente, fundado en la posible distinción entre ámbito religioso y poder secular es, desde el punto de vista de Simmaco y el paganismo en general, completamente inimaginable.
Publicado por tabor @ 12:11  | Nuestra sociedad
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