miércoles, 07 de diciembre de 2005
Sin cama, ducha, trabajo ni ropa: el dolor de los que lo perdieron todo
Clarín visitó un campo de refugiados, donde se hacinan los evacuados del huracán. Todos perdieron sus empleos. Hay gente enferma. Hace días que no se bañan. Las mujeres lloran junto a sus niños.

Hinde Pomeraniec. BILOXI. MISSISSIPPI. ENVIADA ESPECIAL
hpomeraniec@clarin.com

Las mujeres son ocho, bordean los treinta y miran la ropa que sacan de a una pieza, de varias bolsas de plástico enormes. Es una donación anónima y se las ve contentas comparando sisas y tamaños. Son amigas y vinieron hace un mes y medio desde un pueblo cercano a Monterrey, México, a trabajar en una fábrica camaronera de Biloxi. La idea era hacerse unos pesos en la temporada, porque allá en el pueblo "pagan muy mal". El huracán Katrina las dejó sin casa y sin trabajo, y ahora esperan una respuesta del cielo (o del patrón, que es lo mismo en este caso) en la escuela Mary Michel, convertida en un refugio para los que perdieron todo.

Elena parece la más joven, tiene miedo y se nota que es de las que se engancha con los rumores. "¿Es verdad que viene otro huracán?", pregunta temerosa. Tiene una botella de agua cerca, pero pide por una que esté fría. Cuando llega la comparte con las demás.

El colombiano Carlos Rodríguez (45) está en la misma situación: perdió casa y trabajo. Hace un año y medio abandonó su lugar como operario de joyería y llegó tras los pasos de su hijo, que vino a trabajar a uno de los casinos de la costa, puestos muy buscados porque, se sabe, a los jugadores les gusta dejar buenas propinas. Pero el hijo de Carlos no se adaptó y se volvió a Bogotá.

Carlos dice que los primeros días de estar aquí en el refugio apenas si les daban una botella de agua por persona al día, pero que la cosa está mejorando y el menú ahora incluye gelatinas, atún, papa, pan, jugo, fruta...

Los casi 400 desamparados que se albergan en la Mary Michel duermen sobre el piso, arriba de frazadas o acolchados que lograron arrancarle al viento el lunes o que algún alma caritativa hizo llegar al lugar. Nadie toma una ducha hace días y todos están con lo que tenían puesto en el momento que se desató el desastre. El escenario es muy duro, con gente de todas las edades conviviendo de manera forzada quién sabe durante cuánto tiempo y esperando respuestas de todos y de nadie al mismo tiempo.

El refugio está ubicado frente a la pista de la Fuerza Aérea donde el viernes llegó George Bush, a varias cuadras del mar y cerca de un cementerio grande, que hoy presenta un panorama algo desolador con árboles caídos sobre las lápidas y objetos absurdos como cucharones o fragmentos de ventanas, por encima de las tumbas.

Jake y Paula son un matrimonio grande, cerca de los 60. Sus hijos ya se fueron a otra ciudad y ellos trabajaban y vivían en el hotel y casino Twinstar, que hoy está devastado. "El agua nos llegaba a la cintura", cuenta Jake, ojos celestes, calvo y desdentado. "Empezamos a ir a los pisos de arriba, subíamos todos desesperados, empujándonos entre nosotros", recuerda. Jake tartamudea y tiene tiempo para recordar que no podía dejar de pensar en cómo se estaba arruinando todo, muebles, sábanas, toallas. Estuvieron por seis horas montados arriba de una tabla de madera. El universo cotidiano flotaba alrededor de ellos esa tarde.

Tirada sobre el piso, la remera sucia y el ánimo en el subsuelo, la pelirroja Vilma trabajaba en el hotel Beau Rivages y se quedó sin nada, pero además está preocupada por Shannon, su hija de 23 años, que trabajaba en un Pizza Hut. Los celulares funcionan en esta zona caprichosamente y no tiene noticias de la chica. Su marido, un hombre de unos 50 años, de pelo largo y entrecano y bigotes tupidos hace como que duerme. Está muy transpirado.

Antonio Rosas y sus tres amigos son de Veracuz y estaban aquí de changa en changa desde hace dos años. Sus figuras pequeñas y oscuras se mueven con cuidado entre la gente, siempre como pidiendo permiso. Mientras viven de la caridad en estos días, esperan que el dueño del casino en el que trabajaban hasta el lunes les pague la semana que les debe. Después, Dios proveerá.

El hombre tiene todo el aspecto de un veterano de Vietnam, vuelto hippie. Pelo rubio oscuro, algo ondulado y largo, es una especie de Cristo sureño con su pecho al aire y su jean gastado y sucio. Tiene las manos bajo el agua que sale de unos caños rotos en las afueras de la escuela. Luego se las pasa por la cara, la nuca, las axilas. Se seca con el jean y viene a hablar. Cuenta que un árbol se le cayó encima de la casa y la partió al medio, y que naturalmente no tenía seguro para eso. En esa casa vivía con su hijo, su nuera y su nietito, de meses. El hijo, pelo rubio cortito, tatuaje en el tobillo con las iniciales JLD, tiene al bebé a upa. El chico llora desconsolado. Y transpira. El muchacho habla y no para de escupir insultos y maldiciones contra Bush.

"Llegó acá enfrente, lo vimos, y no fue capaz de venir a saludarnos. Nosotros no le importamos, los pobres no le importamos a ese tipo", dice y su mujer, una gordita rubia que usa el pelo recogido, asiente, mientras le mueve un sonajero al bebé.

Los generadores rugen agotados y los baños químicos, ubicados en los patios de la escuela, apestan. Adentro, los baños tradicionales exhiben cartelitos que piden a la gente que mantengan el orden y no tiren papeles a los inodoros. El gran gimnasio de la escuela se convirtió en una habitación gigante donde los chicos corren y juegan, los hombres duermen o miran al techo y las mujeres conversan o lloran.

Un hombre grande, de barba blanca y cicatrices de todas las batallas, camina ayudado por un trípode. Viste un short y una camisa de jean sin mangas. No deja de saludar a cada uno con quien se cruza. Una mujer joven y rolliza le peina el cabello hecho pelambre a su marido, un símil Jimi Hendrix de Biloxi. Otro hombre de edad incierta que renguea -pelo muy sucio, barba muy larga, pronunciación imposible, mira a los ojos y recita un salmo, mientras con su índice derecho señala al cielo.

Betty Moore es negra, tiene ojos de dolor y está con sus tres nietos. Salvo por su mirada, que tiene los años de todos los sufrimientos, no aparenta los 47 que tiene. Su hija Bárbara se fue a buscar pañales para Fabion, un bebé de 6 meses que se revuelca en el acolchado azul y celeste sobre el que está tirado junto con su hermana Dymond, una nena con una enfermedad de nacimiento en la sangre y que no está tomando su medicación. Betty está preocupada. Bertrand, de 4, le hace monerías a las cámaras que llegan para filmarlos. No hay hombres en la familia. En rigor, sólo los hubo algunas noches.

Una productora de la NBC les echa flit a varios periodistas. Acaba de conseguir la gran nota: una mujer se reencontró con su padre en este refugio y la chica es de esas a las que le gusta ganar. "Fuera de aquí", dice, "no quiero a nadie en el set. Vayan, que acá está lleno de historias, no los quiero dentro de la mía". Tiene cara de mala de película, de esas que ya en la secundaria era una verdadera bruja, y dice las cosas más groseras con una sonrisa en la boca. Va a llegar lejos.

Cerca de la puerta, una mujer parece salida de un cuadro de Eduard Hopper. No se puede dejar de mirarla. Está sentadita sobre una frazada, viste remera café con leche y calzas negras. No debe pesar 30 kilos y alguna vez tuvo el pelo teñido de pelirrojo. Un manojo de raíces blancas asoma de su cabeza. Tiene el cabello largo y ondulado en las puntas, como las nenas. Hay una herida en su pierna. Usa unas pantuflas de toalla y tiene puestas medias deportivas. Parece muy mayor y está casi ciega. Abrazada a su carterita negra, saca varios papeles y libretitas con teléfonos. Una pequeña lupa le hace de lazarillo para dictarle a la mujer de la Cruz Roja que la atiende una lista de remedios y varios números de teléfono.

Un pálpito: nadie va a venir a buscarla.

El Clarin-Argentina, 04 de Agosto de 2005.
Publicado por tabor @ 11:53  | Nuestra sociedad
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios