miércoles, 07 de diciembre de 2005
El Deuteronomio, nacido en pleno ambiente profético, confiere el mismo matiz a las palabras ani y ebión: su legislación impregnada de parenesia, intenta librar del pauperismo a todas sus víctimas, incluyendo en ellas a los levitas y extranjeros. El año de remisión de créditos y de esclavos hebreos, la prohibición de los préstamos con interés y la de retener el salario del trabajador, la obligación trienal del diezmo en favor de los pobres y del pago diario a los obreros: he aquí las instituciones que defiende y justifica abundantemente. Pero la exhortación "caritativa" va más allá de lo que exigen estas leyes concretas: "Nunca dejará de haber pobres (ebionim) en la tierra por eso te doy este mandamiento: Abrirás tu mano a tu hermano, al necesitado (ani) y al indigente (ebión) de tu tierra" (Deut 15, 11).
El alma compasiva de Israel sigue palpitando en las sentencias de los Sabios, lo mismo antes que después del Destierro:
El rey que hace justicia a los humildes (dal-Iim)
hace firme su trono para siempre (Prov 29, 14).
El justo reconoce el derecho de los pobres (dal-Iim),
pero al impío no le importa nada de ellos (Prov 29, 7)...
El que da al pobre (dal) se lo presta a Yavé (Prov 19, 17).
Ese hábito del Deuteronomio pasa al libro de Job, en el que se oye el clamor del ani y del dal implorando a Dios (Job 34, 28) y un cuadro de negra belleza recoge el escándalo del observador que no renuncia a creer en la Justicia divina:
Los malvados cambian los linderos ajenos,
roban los ganados con su pastor.
Se llevan el asno del huérfano
y toman en prenda el buey de la viuda.
Los indigentes se apartan del camino
y los pobres se ocultan igualmente.
Como burros salvajes del desierto,
tienen que salir en busca de su presa,
acuciados por el hambre de sus hijos,
pero no logran el pan para saciarlos.
Durante la noche siegan los campos ajenos
y vendimian las viñas del impío.
Se mojan con los aguaceros de los montes,
sin más abrigo que las rocas.
Arrancan de los pechos al niño huérfano
y toman en prenda la capa del mendigo.
De la ciudad salen gritos de los moribundos,
y pide socorro el alma de los oprimidos...
Antes del día se levanta el asesino
para matar al desvalido y al necesitado... (Job 24, 2-12).
Es ésta la más tremenda descripción que hallamos en la Biblia sobre la situación de los pobres.
Los lamentos a veces se convierten en maldiciones. Una especie de terror sagrado envuelve el pasaje en el que Ben Sirá, resumiendo la tradición bíblica, levanta su voz por los pobres. Como la sangre de Abel, la voz del pobre clama al Señor:
Hijo mio, no arrebates al pobre su sostén
y no vuelvas los ojos ante el indigente.
Da al hambriento
y satisfaz al hombre en su necesidad.
No irrites al corazón angustiado
y no difieras socorrer al menesteroso.
No desdeñes al suplicante atribulado,
no vuelvas el rostro al pobre.
No apartes los ojos del mendigo
y no des ocasión al hombre de maldecirte:
pues si te maldice en la amargura de su alma,
su Hacedor escuchará su oración (Eclo 4, 1-6).

Esta forma de concebir la pobreza cuya línea hemos seguido hasta ahora, atendiendo a las normas espirituales del pueblo elegido y analizando sus leyes e instituciones, nos presenta este fenómeno como un mal social vituperable. (Compárese con la perspectiva aristotélica que mira a la sociedad como separada por vocación natural y consagra las clases sociales). En la Biblia el pobre aparece como una víctima digna de lástima o como un desecho que salvar. Sin embargo, existe otra concepción que, siguiendo su lógica, nos hace intuir en el pobre al pecador.
La ley de la retribución, heredada de las civilizaciones paganas, aparece formulada desde el comienzo de la historia de Israel y subsiste hasta el fin del judaísmo. La riqueza es considerada como una recompensa a los justos ya aquí en la tierra; el hombre temeroso de Yavé, alcanza el triunfo en este mundo y consigue la felicidad, la riqueza, la paz, la salud y todas las bendiciones del cielo. Claro está que, en el principio, era el pueblo entero el que, surgido de un movimiento de liberación revolucionaria, forjado en las pruebas del desierto y nacido por voluntad del Dios de las recompensas, estaba llamado a compartir los bienes de Yavé. Pero la historia contradecía este ideal. Al pobre no le quedaba más que el derecho fundamental. Derecho que permanece inalienable y que se espera ver confirmado con el advenimiento del Mesías (Is 11, 4; Sal 72, 2; 37, 11). El ideal de la Alianza estará siempre presente en el pensamiento de Israel.
Y este ideal se iba adaptando a los hechos. El éxito de alguno de los israelitas establecidos en Canaán era un hecho ambiguo que se tendía a considerarlo como anotado en el activo de la ley de la recompensa. Cierto que la realidad demostraba la virtud como ligada a la pobreza y la maldad emparejada con la riqueza (Prov 19, 1; 28, 6; 19, 22). Pero, en el círculo de los sabios, era la relación inversa la que, cada vez más, se consideraba como normal. "Nacido de padres pobres, pero honrados". Esta expresión estereotipada, que se lee en tantas vidas de santos, nos demuestra hasta qué punto han pervivido aquellos viejos esquemas. Incluso Job, cuando un día intentó analizarlos, se vio acusado por sus amigos de "destruir la piedad" (Job 15, 4), es decir, de trastornar la religión. Los Sabios, en sus observaciones, se sirven de la palabra rash, adjetivo neutro, cuando hablan de los pobres. Ello demuestra que no sienten simpatía por tales personas:
El hombre perezoso cae en manos de la pobreza (resh)
(Prov 6, 11; 24, 34; I0, 4; 20, 13).
El bebedor y el comilón se empobrecerán
y el sueño le hará vestir harapos (Prov 23, 2).
El que labra la tierra tendrá pan abundante,
el que se va con los ociosos se hartará de pobreza (Prov 28, 19).
El matiz no es todavía religioso, pero llega a serIo en los Prov 13, 18:
Pobreza (resh) y verg_enza para el que desdeña la instrucción.
Y más completamente aún en los salmos idílicos, cuyas premisas serán discutidas por Job, Qohélet y los anauim de los salmos 37, 49 y 73. El justo triunfa en todo lo que emprende (Sal 1, 3).
Bienaventurado el varón que teme a Yavé
y pone toda su complacencia en sus mandamientos.
Su descendencia será poderosa sobre la tierra
y la generación de los justos será bendecida.
Habrá en su casa riqueza y bienestar (Sal 112, 1-3).
Este endurecimiento y esta esquematización estrecha de la ley de la recompensa, este movilizar a la divinidad en su propio provecho, señala una fase del pensamiento israelita. Pronto veremos cómo se superó esta fase. Desde ahora quedémonos con la idea de que la existencia de un justo pobre frente a un rico malo, plantea un problema cuya única salida era recurrir al esquema de la trascendencia, bien fuera esperando el día supremo del triunfo de Yavé (Sal 37) o bien proyectando esta esperanza hacia el más allá (Sal 73).
( Tomado de de Albert Gélin :Los pobres de Yavé)

* * *
En los medios sapienciales, encontramos una tercera línea de pensamiento. El Sabio, si bien siente horror hacia la penuria -que contradice vivamente su teoría del eudemonismo terreno- repudia igualmente el bienestar excesivo. Ambos estados se hallan llenos de tentaciones: si el hombre se convierte fácilmente en ladrón cuando se halla en un estado de miseria, con la misma facilidad cae en el orgullo cuando tiene superabundanciaia de bienes:
No me des ni pobreza ni riqueza.
Dame aquello de que he menester,
no sea que, harto, te desprecie
y diga: "¿Quién es Yavé?",
o que, necesitado, robe
y blasfeme del nombre de mi Dios (Prov 30, 8-9).
El ideal es un estado intermedio que parece el más propicio a la virtud. El Antiguo Testamento relata a su modo la fábula del zapatero y el financiero y pone de manifiesto que la salud, la fuerza y la alegría interior (Eclo 29, 22; 30, 14-16) no son, en modo alguno, patrimonio exclusivo de los ricos. Algo así nos dirá más tarde Proudhom en aquellas páginas de sabor franciscano:
“La pobreza es decorosa; sus vestiduras no son los harapos del cínico... Su vida es limpia, higiénica y recogida. La pobreza cambia sus sábanas al menos una vez por semana; no tiene aspecto famélico ni cadavérico. Como los compañeros de Daniel, la pobreza, comiendo sencillas legumbres, rebosa de salud; tiene su pan de cada día y es feliz. No es el bienestar absoluto, pues esto seria para el trabajador una forma de corrupción. No es bueno que el hombre disponga de todas sus comodidades; por el contrario, debe sentir constantemente el aguijón de la necesidad... La pobreza es buena y debemos considerarla como el principio de nuestra felicidad”.
También la Biblia compadece al rico "que corre en pos de Mammón" (Eclo 31, 8). Algunos han aventurado la hipótesis de que "los más fervientes seguidores del Yaveísmo procedían en gran parte de esa clase media, cuya existencia es indiscutible, pero cuyos límites son difíciles de precisar. Habría que buscar en ella la conexión entre "pobre" y "piadoso". Sin embargo, nosotros creemos que se puede encontrar una explicación mucho mejor.

* * *
Así, pues, el vocabulario de la pobreza ha adquirido una especie de aureola religiosa. Sus términos han sido trasladados al plan espiritual. De expresar en principio una realidad sociológica, pasaron un día a significar una actitud espiritual.
Esto no tiene nada de extraño. Pensemos, por ejemplo, en la palabra "esclavo" (‘ebed) transformada igualmente y aceptada en el lenguaje religioso. Y sin ir tan lejos, pensemos en la palabra "proletario" que, en las canciones de Jacques Prévert, ha perdido ya su acepción peyorativa original, pasando a expresar el ideal de la condición humana. De la misma forma, las palabras anauim, oniyim, dal-lim, ebionim, se han incorporado al vocabulario de la teología de la gracia.
El "pobre" se ha convertido en el "cliente" de Dios. "Pobreza" significa proximidad a Dios, apertura interior a Dios, disponibilidad de espíritu y humildad ante Dios. El modo de operarse este cambio de lo sociológico a lo religioso, de la pobreza física a la espiritual, es precisamente lo que intentaremos explicar en las páginas siguientes.

( Tomado de de Albert Gélin :Los pobres de Yavé)
Publicado por tabor @ 14:05  | Reflexiones doctrinales.
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