La teología de la Alianza es el centro de gravedad de la Biblia. Sin excluir de su llamamiento a la humanidad, a la que se alude en los grandes textos sobre Adán, esa imagen universalista que es como el trasfondo de toda la historia sagrada, para facilitar incluso ese universalismo, Dios elige un pueblo-testimonio y mediado. Entre todas las familias de la tierra, Israel es "la primera sazón de los frutos" (Jer 2, 2), el primogénito (Ex 4, 22), el pueblo de sacerdotes (Ex 19, 5-6). Dios e Israel trabajarán para siempre unidos en la obra común; sus relaciones se expresarán en un vocabulario de índole afectiva, el de los desposorios (Os 2, 21-22; Jer 2, 2; 3, 1; Ez 23; Is 50, 1), que pervivirá hasta los últimos versículos de la Biblia (Apoc 21, 17). La acción salvadora de Dios en favor del pueblo que _l mismo se eligió, es un acto de "justicia" (sedakah) electiva: el término, sea en singular (Os 2, 21; Sal 36, 11; Is 46, 12ss.), sea en plural (Jue 5, 11;1 Sam 12, 6ss), encierra una idea de autoridad y de lealtad dentro del marco de la Alianza. Israel, en su trayectoria histórica, vive constantemente en presencia de Dios: la historia está llena de los "días de Yavé", de sus epifanías, benevolentes o airadas, según que Israel, por su conducta moral, se haya hecho acreedor de la bendición o del castigo.
Este castigo, en la perspectiva inicial de la Alianza, tenía un carácter exclusivamente terapéutico y educativo. Pero, a partir del siglo VIII, los pecados aumentan cada vez más en número y gravedad. Amós se escandaliza de los quebrantamientos de la justicia, Isaías se ve rodeado de un pueblo de labios impuros, Sofonías reprende severamente el orgullo de Judá y Jeremías llega a la afirmación de un pecado-estado que hace prácticamente imposible la conversión (Jer 6, 30; 13, 23). Hay que someter a Israel a un régimen de "justicia" vindicativa. Y sin embargo, ninguno de estos profetas, ni siquiera el más pesimista, ha desesperado jamás del cumplimiento de los designios de Dios. Porque, para ellos, la teología de la Alianza está salvaguardada por la teoría de "el Resto de Israel".
Es un Israel cualitativo el que se perfila como objeto de las promesas y como sujeto de la tarea encomendada en principio al Israel histórico y, a partir de Amós, así lo anuncian todos los profetas. La idea del "Resto" es uno de los pensamientos fundamentales de Isaías (Is 4, 3; 6, 13; 7, 3). Se trata, ante todo, de una visión escatológica: el Resto será el Israel del futuro. Y este futuro se considera inminente: está al llegar el momento en que Dios reconstruirá por sí mismo un pueblo totalmente nuevo. Y desde Jeremías (Jer 31, 31-34) y Ezequiel (Ez 34, 30-31; 36, 26-28) el sueño colectivo es esa "Nueva Alianza" que establecerá por fin una comunidad digna de Dios. De decepción en decepción, se irá atrasando este ensueño. Después del destierro, los judíos de Judá se proclamarán altivamente "el Resto" (Neh 13), pero siglo y medio más tarde Zacarías (Zac 13, 8-9) seguirá pidiendo todavía a Israel que se purifique para que se pueda establecer en él el pueblo de Dios.
Sabemos que los profetas, anunciadores del futuro, son también sus constructores. Junto con los discípulos que agrupan en torno a ellos, construyen ya como un bosquejo de la sociedad futura. Así ocurre con Isaías cuando, al percatarse de su fracaso con la masa, se consagra a la enseñanza de sus discípulos, iniciativa que preludia la que adoptará Cristo dedicándose a la formación de los Apóstoles, después de su fracaso en Galilea; es el propio Isaías (Is 8, 16s) el que señala el nacimiento de una sociedad religiosa espiritual, distinta de la nacional. Todos los profetas tienen, pues, sus discípulos, que conservan y difunden las palabras de sus maestros; en torno a su predicación se observan claramente zonas de simpatía, a veces en forma entusiasta, como en el caso de Isaías. Esta influencia puede ejercerse a distancia o incluso con carácter póstumo, como le ocurrió a Jeremías. El resultado es siempre el mismo: poco a poco se va constituyendo el Resto de Israel.
( Tomado de de Albert Gélin :Los pobres de Yavé)
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Pero hay una expresión privilegiada que, a partir del siglo VII, califica siempre a ese Resto, dándole -hasta el advenimiento de Cristo- una característica especial. El profeta Sofonías, cuyos escritos datan aproximadamente de los años 640 a 630, identifica por primera vez al pueblo del futuro como un pueblo de "pobres":
En aquel día:
No te avergonzarás ya de las rebeliones
con que te alzaste contra mi,
porque yo arrancaré de tu seno
a tus fanfarrones jactanciosos
y dejarás de ensoberbecerte
sobre mi santo cerro.
Dejaré en tu seno como resto
un pueblo pobre (ani) y humilde (dal),
que buscará refugio sólo en Yavé.
El Resto de Israel no cometerá iniquidad,
no dirá mentira,
ni tendrá en su boca lengua mendaz.
Se apacentarán y dormirán
sin que nadie los inquiete (Sof 3, 11-l3).
Sofonías fue testigo de la primera gran humillación de Judá. A fines del siglo VII, su territorio había sido reducido a la mitad por los asirios, como consecuencia de las conquistas de Senaquerib, y sólo un milagro evitó la caída de Jerusalén (Is 37, 30-38). La situación del pueblo escogido, bajo la tutela de Asur, no podía ser más precaria. Es posible que fuera ese estado de humillación el que condujera al profeta a elegir el vocabulario expresivo que forma la base de su síntesis espiritual. El pauperismo, endémico en Israel, había atraído la caritativa piedad del Deuteronomio y de los profetas. Amós se pronuncia en favor de los pobres (ani, anau) y de los desvalidos (dal) (Am 2, 6-7). Sofonías insiste, pero en un sentido distinto, de esas mismas palabras: además de expresar el fracaso, tienen también un sentido de invocación. Hay que hacerse "pobre" ante Dios, lo mismo que se es pobre ante Asur. Esto consiste en eliminar toda forma de orgullo. Como discípulo de Isaías, el profeta sabe que la esencia del pecado es la soberbia (Is 2, 6ss) e induce a sus contemporáneos a esa "pobreza" espiritual, que es la fe, y que se manifiesta en un sentido de abandono, de humildad y de confianza absoluta:
Buscad a Yavé,
vosotros, los pobres (anauim) de la tierra,
que cumplís su Ley;
Buscad la justicia,
buscad la pobreza (anauah),
y tal vez quedéis al abrigo
el día de la ira de Yavé (Sof 2, 3).
El profeta tiene ya ante sus ojos un grupo indiscutiblemente fiel, cuyo fervor alienta él cada vez más. El término con el que los designa, suena aproximadamente como muslim (musulmán: hombre sometido totalmente a Dios). La idea de pobreza se explica inmediatamente por la de la justicia (sedek), dado que la religión, en el Antiguo Testamento, se presentaba generalmente como un sistema de derechos y deberes.
El oráculo de Sofonías que hemos leído en primer lugar, anuncia la realización futura del ideal que empieza a vivirse en torno a él y gracias a sus exhortaciones. Su expresión es muy rica en contenido: la "pobreza" se opone al orgullo (gaíja, gabah) como una actitud espiritual auténtica (Sof 3, 11). Este comportamiento fundamental lleva consigo la rectitud de la vida moral (Sof 3, 13). En definitiva, el sentido de la Alianza es lo que determina el verdadero vocabulario de la pobreza y de la justicia: el "Resto" de Israel es el "pueblo" del futuro, al cual se dirigen las promesas mesiánicas de seguridad y de abundancia (Sof 3, 13c). Esta última afirmación es contraria a las exégesis que, en esta materia, dan al vocabulario de la pobreza un sentido puramente sociológico, pues evidentemente Israel no es un pueblo de indigentes.
Sofonías, secundario por el número de sus vaticinios, se nos muestra como un genio religioso, cuya síntesis ha pesado considerablemente en la marcha de la historia.
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La catástrofe del 587 fue un "fracaso" de consecuencias muy diferentes de las del vasallaje impuesto por los asirios. Judá vio partir al destierro a los mejores de sus hijos, lejos de sus habituales estructuras y garantías. Pero este fracaso fue la ocasión de un resurgimiento espiritual, de cuya importancia podemos darnos cuenta por el lenguaje de Sofonías.
De las ruinas del Israel político empieza a surgir un Israel cualitativo. Tres profetas contribuyen activamente a su formación: Jeremías cuya obra fue leída revisada y editada; Ezequiel y el Segundo Isaías. Es fácil descubrir dónde se ha inspirado este último para lanzar su llamamiento a Israel, para que prepare su retorno con palabras dedicadas "al pueblo que tiene la Ley en su corazón" (Is 51, 7) y cuyos "hijos han sido instruidos por Yavé" (Is 54, 13), que no es otro sino el pueblo anunciado por Jeremías en la más fundamental de sus profecías (Jer 31, 31-34). En ella, la comunidad del futuro se entrevé como un grupo compuesto por miembros selectos, cuyo espíritu habrá de ser semejante al que, con su religión personal y mística del "hombre de Yavé", alienta en el profeta. Jeremías no se nombra a sí mismo "pobre" más que una sola vez (Jer 20, 13: ebión), pero es realmente el hombre que ha sabido sumergirse totalmente en Dios, que ha sabido apoyarse en _l abandonándose absolutamente en una relación confiada y personal, que proporciona la felicidad y la paz. La lección de su vida no la despreciará el grupo original cuyo retorno es saludado en aquella antífona triunfal:
¡Canten los cielos y salte de gozo la tierra!
¡Que los montes hagan resonar sus cantos!
Porque Yavé ha consolado a su pueblo
y de sus pobres (aniyim) ha tenido piedad! (Is 49, 13).
La ambivalencia entre "pueblo" y "pobres" es evidente.
¿Qué ocurrirá cuando, gracias a Ciro, tenga lugar el retorno de los judíos de Babilonia?
( Tomado de de Albert Gélin :Los pobres de Yavé)