miércoles, 07 de diciembre de 2005
Desgraciadamente, a su retorno, acechaban graves e inesperados contratiempos a los entusiasmados sionistas. No se puede sino conjeturar las dificultades inherentes a su reinstalación en la tierra de sus antepasados; se sabe algo de la obstrucción samaritana y de la miseria relativa en la que hubieron de vivir (Ag 1, 5). Pero el problema más grave que plantea el profeta de aquella época es la falta de homogeneidad de la población de Judá: los elementos indígenas -judaicos-benjaministasó, estancados en un semipaganismo, se incorporaban con dificultad a la élite que volvía del exilio. Estos últimos, con el mismo afán con que esperan el retorno de los judíos todavía cautivos en Babilonia, intentan obtener la adhesión -la conversión- de sus "hermanos" al yaveísmo, aun cuando se trata de un yaveísmo menos puro. Así se irá constituyendo ese Israel cualitativo, cuya formación parece ser la mayor preocupación de los capítulos 56 a 66 del libro de Isaías.
Recientes trabajos de investigación, particularmente los de Elliger, han hecho progresar la cuestión del Triple-Isaías en el sentido de la unidad del autor. Autor que no podría ser sino un profeta que se esfuerza por establecer en tierra firme la comunidad ideal prevista por Sofonías y preparada en el Exilio. En la descripción de esta comunidad encontramos las mismas palabras de los tres vocabularios usados ya por Sofonías, consolidándose y reforzándose mutuamente.
En primer lugar, el vocabulario de la Alianza, Dios construye "su pueblo" (Is 60, 21; 62, 12; 63, 8; 65, 10.19.22; 57, 14; 58, 1), el cual será depositario de una Alianza eterna (Is 61, 8) y al que se le aplican los calificativos tradicionales: raza bendecida por Yavé (Is 65, 9,23), pueblo santo (Is 62, 12), elegidos de Yavé (Is 65, 9.15.22), rescatados (Is 62, 12).
Inmediatamente después, el vocabulario de la justicia. El término "justo" define al hombre de la Alianza (Is 60,21) que tiene frente a sí a los "impíos" (Is 57, 20.21), a los escépticos (Is 66, 6), a los idólatras (Is 57, 13), a los ladrones y violentos (Is 58, 6-7; 61, 8). La justicia (sedakah) es la fidelidad a un credo religioso, moral y social del que,lo mismo que Ezequiel, el Triple-Isaías es testimonio y prueba viviente.
Las gentes piadosas se caracterizan (Is 57, 11) por su temor de Dios (Is 57, 11), que es una parte de la justicia y como su resorte religioso. Los deberes sociales se enumeran como complaciéndose en ellos (Is 56, 10-12; 58, 7; 59, 4.14ss). El legalismo ocupa, desde luego, el primer plano.
Pero no es éste el inspirador del concepto de la pobreza que podemos deducir del vocabulario con que se nos habla de ella. Cuando el profeta indica su misión diciendo:
predicar la buena nueva a los pobres (anauim),
sanar a los de corazón quebrantado (nishberé-Ieb),
consolar a los afligidos (abelim) (Is 61, 1-3),
el sentido inmediato nos induce, ciertamente, a pensar en una pobreza real, fácilmente concebible en las condiciones de Judá. Es indudable que la atención recae primeramente sobre el estado físico de la comunidad; pero la palabra "pobres" entraña algo más. Este otro sentido se pone de manifiesto en dos textos maravillosos:
Así habla el Altísimo,
cuya morada es eterna y cuyo nombre es santo:
Yo habito en la altura y en la santidad,
pero habito también con el contrito y el humillado;
para hacer revivir los espíritus humillados (chafal)
y reanimar los corazones contritos (daka) (Is 57, 15).
B. Duhm llega a la conclusión de que estas palabras no pueden referirse solamente a una situación física, sino qué además expresan "el desaliento que resulta de esa situación material, el cual provoca en los fieles una ardiente búsqueda de Dios, por medio de la oración, el arrepentimiento y la mortificación, actitud que da como resultado esa humildad que convierte a los pobres en piadosos". Pero esta explicación puede considerarse incompleta y un tanto escasa, desde el momento en que la "pobreza" se afirma en un contexto religioso, en el que el hombre aparece situado frente a la trascendencia divina. _sta es la única idea que hay que considerar en Is 66, 1-2; en ese pasaje sublime, la pequeñez del hombre ante la grandeza de Dios, su temor y anonadamiento frente a la voluntad del Creador que habla, han sido expresadas en circunstancias exactas desconocidas, que tal vez se refieran a los primeros intentos de Sheshbassar para reconstruir el santuario de Sión.
Así dice Yavé:
El cielo es mi trono
y la tierra el escabel de mis pies
¿Qué casa podrías edificarme?
¿En qué lugar moraría yo?
Todo eso lo hicieron mis manos;
todo me pertenece, dice Yavé.
Pero mis ojos se posan sobre los humildes (ani)
y sobre los de corazón contrito (neké)
que temen mis palabras.
Jamás, sin duda alguna, se había expresado de forma tan exacta en qué consiste la pobreza espiritual: entrega total a Dios, absoluta humildad en el respeto, obediencia y sentimiento de culpabilidad -o mejor aún- de compunción. En esto consiste la perfección de la fe.
Los Salmos posteriores al Exilio armonizarán estos principios básicos. Por medio de ellos se manifestará directamente la comunidad de los Anauim.
( Tomado de de Albert Gélin :Los pobres de Yavé)
Publicado por tabor @ 14:10  | Reflexiones doctrinales.
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios