La esperanza está inscrita en las zonas más
profundas del ser humano, al que, en otra ocasión, he
definido como "ser-en-esperanza" . En el centro del ser,
más allá de los datos, cálculos e inventarios, "hay
un principio misterioso que está en connivencia
conmigo", afirma el filósofo Garbriel Marcel . La esperanza
es la respuesta de todo el ser humano a la situación
de prueba que constituye la vida y al estado de
cautividad o alienación que nos ronda por doquier. La
esperanza nos lleva derechamente a desear que la prueba o
el estado de cautividad no dure indefinidamente sino
que termine cuanto antes.
Esta idea de Marcel
sintoniza con la del filósofo alemán Max Horkheimer,
fundador de la Escuela de Frankfurt, para quien "la
teología es la esperanza de que la injusticia que
caracteriza al mundo no puede permanecer así, que lo injusto
no puede considerarse como la última palabra"; es la
"expresión de un anhelo, de una nostalgia de que el asesino
no pueda triunfar sobre la víctima inocente" .
Cuanto mayor es la conciencia del ser humano de su
finitud, de su cautividad y de las pruebas a que se ve
sometido, mayor es su esperanza de verse liberado de ellas.
Siguiendo al poeta Hölderlin, habría que decir: cuanto
mayor es el peligro, mayor es la esperanza de
salvación.
El ser humano es el guarda-agujas del mundo
que no permite que éste vaya a la deriva, sino que lo
guía hacia su plena realización, aunque a veces
provoca su descarrilamiento.
La esperanza está
radicada, a su vez, en el horizonte de la
inter-subjetividad, del encuentro con el otro. Esperar es, por ende,
un acto constitutivo de la persona y de la
comunidad. Mi esperanza incluye el esperar de los otros y
con los otros. La esperanza de los otros y con los
otros activa mi esperar. Mi esperanza sin la de los
otros desemboca en solipsismo. Mi desesperar pone a los
otros en el disparadero de la desesperación. En suma,
esperamos y desesperamos en comunidad. En consecuencia, la
esperanza y la des-esperanza son co-esperanza y
co-des-esperanza.