La actual situación de destierro
de la utopía no debe sorprender a los utópicos.
Porque ése es su estado natural. Ése es precisamente el
significado etimológico de utopías: ou-topos, no-lugar. Así
lo vió ya el propio Platón, verdadero creador del
pensamiento utópico en el IX libro de la obra ya citada La
República. El filósofo griego diseña un modelo ideal de
ciudad, que. en un primer momento, cree posible construir
en la tierra. Incluso lo ve realizable en una ciudad
griega, donde los ciudadanos serán "buenos y civilizados"
(470 e) y "se portarán como personas que han de
reconciliarse" (471a).
Sin embargo, al final del libro IX,
en un texto lleno de grandeza y profundidad como
pocos en la literatura antigua, da un giro copernicano,
expresa su escepticismo en torno a la posibilidad de
realizar la ciudad ideal en la tierra y afirma que esa
ciudad "no existe más que nuestros razonamientos, pues
no creo que se dé en lugar alguno de la tierra"
(592b, la cursiva es mía). El no-lugar es, sin duda, la
verdadera identidad de la utopía.
Si de Platón damos el
salto a Tomás Moro, padre de la literatura utópica y
creador del neologismo en la obra Utopía (1516),
descubrimos el carácter por naturaleza paradójico de dicho
concepto. Utopía significa "en ninguna parte", es decir: un
lugar que, por mucho que lo busquemos, no lo
encontraremos en ningún lugar; una presencia que resulta
ausente; una realidad que es irreal; una alteridad que
carece de identificación. Eso se comprueba con solo
repasar algunos detalles del libro de Moro. Amaurote, la
capital de la isla imaginada por Moro, es una ciudad
fantasma; su río, Anhydris, no lleva agua; su jefe, Ademus,
es un príncipe que no tiene pueblo. Los alaopolitas
son habitantes sin ciudad; sus vecinos, los acorios,
son habitantes que no tienen país. Como fácilmente
puede apreciarse, estamos ante una complicada y
consciente prestidigitación filológica que tiene un doble
objetivo: mostrar la plausibilidad de un mundo al revés y
denunciar la legitimidad de un mundo supuestamente al
anverso.
La ficción de Moro comporta, a su vez, una
serie de contradicciones en las que se basan los
críticos de la utopía para descalificarla. Utopía es una
ciudad ejemplar, pero aislada del resto del mundo; una
sociedad sin conflictos, pero armada hasta los dientes;
una ciudad libre, pero que alquila esclavos; una
cuidad feliz, pero que impone un cúmulo de exigencias
ridículas, impropias de una comunidad de personas adultas.
La utopía ha sufrido un proceso de deterioro, que se
refleja en la propia definición de algunos diccionarios,
que acentúan su ingenuidad, su carácter irreal,
quimérico, fantasmagórico. Tales derivaciones nada tienen
que ver con el sentido que se le da en el pensamiento
y la literatura utópicas. Lo que se ha impuesto en
el lenguaje ordinario, en la vida social es una
caricatura. Así, a las personas utópicas se las considera
carentes de sentido de la realidad, de estar en las nubes,
de moverse por impulsos primarios, de actuar
sentimentalmente, y no de manera racional. No es que se las
califique de malas, pero sí de ajenas a la realidad.
Por Juan-José Tamayo, teólogo y Secretario
de la
"Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII"