miércoles, 07 de diciembre de 2005
No corren vientos propicios para la utopía. Quizá
nunca los hayan corrido y ésa sea su característica
principal: la de tener que avanzar contra viento y marea. La
situación de destierro en que viven hoy las personas y los
proyectos utópicos en nuestro mundo es muy similar a la de
los poetas en la República de Platón. El filósofo
griego los expulsa de la República alegando cosas como
éstas: son meros imitadores y no creadores; no
contribuyen a la mejora de las ciudades ni han demostrado ser
buenos legisladores; no han hecho ninguna invención, ni
han realizado aportaciones propias de los sabios, ni
han sido guías de la educación. "Afirmamos -dice- que
todos los poetas, empezando por Homero, son imitadores
de imágemes de virtud y de aquellas otras cosas
sobre las que componen; y que, en cuanto a la verdad,
no la alcanzan" (La República, libro X, 600e). El
poeta no sabe hacer otra cosa que imitar. Y el imitador
no sabe nada importante sobre las cosas que imita;
no entiende nada del ser; sólo entiende de la
apariencia (ibid., 601b-c). La imitación no es una cosa
seria, sino niñería (id., 602b).
La utopía es
excluida hoy de todos los campos: de las ciencias y de las
letras; de la economía y de la política; de la filosofía
y de la teología; e incluso de la vida y del
quehacer cotidianos. Hemos pasado de la tan jaleada
consigna del 68 "seamos realistas, pidamos lo imposible"
al "seamos realistas, atengámonos a los hechos", del
"fuera del sistema está la salvación", al "fuera del
sistema no hay salvación", tan afín al principio
eclesiástico medieval excluyente "fuera de la Iglesia no hay
salvación".
Desde el siglo XVI viene salvándose una vieja
y virulenta pugna entre la razón utópica y la razón
instrumental, que adquiere distintos tonos y modalidades.
Primero fue entre la Utopía de Moro y El príncipe de
Maquiavelo. Después, entre la Revolución Francesa y las
sucesivas restauraciones políticas. Más adelante, entre el
conservadurismo, defensor del statu quo, y el liberalismo,
defensor de la libertad, entre la revolución burguesa y la
revolución socialista, entre el socialismo utópico y el
socialismo científico, etc. Los contendientes eran siempre
desiguales, y la pugna entre ellos se parecía mucho a la que
salvaron el desarmado David (=razón utópica) y el bien
pertrechado Goliat (= razón instrumental).
Hoy son los
realistas y pragmáticos quienes contienden contra los
utópicos e ideólogos -a quienes se considera de la misma
familia-. La utopía es vista con desprecio y tratada
agresivamente. Es colocada del lado de lo ideológico. Y, como
nos encontramos en el fin de las ideologías, se cree
que también estamos llegando al final de las utopías.
Es puesta del lado de lo irracional. Y, como lo que
impera hoy es la razón instrumental, todo lo que va
contra esa razón se considera visceral. Es ubicada del
lado de lo política, económica, social y culturalmente
desviado, incorrecto, alocado, demagógico. Frente a ella se
pone como modelo el filosofar y teologizar correctos,
lo política, cultural, económica y religiosamente
correcto. Es situada del lado de lo subversivo y
desestabilizador. Y eso, en tiempos de "orden y concierto" como los
nuestros, debe ser combatido -recurriendo a la violencia,
si preciso fuere- hasta su eliminación. Es colocada
del lado de lo imprevisible, lo novedoso, lo
sorpresivo. Pero, como lo que predomina en nuestra
civilización científico-técnica es la razón calculadora, la
utopía debe desaparecer o, al menos, invisibilizarse.

La actual entre ambas razones me parece muy bien
reflejada en la siguiente anécdota que cuenta el teólogo
holandés Edward Schillebeeckx: "Una vez aterrizó un
europeo con su avión en medio de un poblado de habitantes
africanos que miraban atónitos al extraño pájaro grande. El
aviador, orgulloso, dijo: "En un día he recorrido una
distancia para la que antes necesitaba treinta". Entonces
se adelantó un sabio jefe negro y preguntó: "Sir, ¿y
qué hace con los 29 restantes?"".
Publicado por tabor @ 18:50
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