domingo, 05 de febrero de 2006
POBRES Y RICOS EN LA IGLESIA PRIMITIVA



JOSEP VIVES


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Al comenzar a hablar sobre la Iglesia primitiva y los pobres, tal vez no estará de más recordar cómo la Iglesia nace como connaturalmente pobre de entre los pobres, porque su fundador había vivido pobre y entre los pobres; y habría que recordar, también, que la categoría sociológica de los primeros seguidores de Jesús es ya un signo de la cualidad teológica de la salvación que él venía a ofrecer o del reino que venía a instaurar: aquel reino que el profeta anticipó diciendo: "Venid y comprad sin dinero vino y leche" (Is 55, 1); o cuya llegada proclamó el evangelista poniendo en labios de la Virgen Madre: «A los hambrientos los sació de bienes y a los ricos los despidió vacíos» (Lc 1, 53): el reino en el que se proclaman "bienaventurados los pobres" (Mt 5, 3; Lc 6 20), mientras que los ricos se declaran desgraciados, «porque ya tienen su consolación» (Lc 6, 24)



La Iglesia, siguiendo a su Señor Jesús, no anuncia un reino o una salvación que hayan de ser comprados, conquistados o adquiridos a cambio de algo humano – bienes materiales o espirituales – ni que se ofrezca sólo a los que reúnan determinadas condiciones de orden religioso, moral o social. Se trata de un ofrecimiento absolutamente gratuito de parte de Dios, que ha de ser libremente acogido y aceptado, pero que de ninguna manera puede ser merecido o conquistado: y que por esto está en principio a disposición de todos, y, de hecho, es acogido ante todo por aquellos que, conscientes de su indigencia radical, lo aceptan en su gratuidad, mientras que es rechazado por aquellos que, fiados de sí y de sus méritos y privilegios, quieren comprarse por sí mismos la salvación: «los publicanos y las meretrices se os anticiparán en el Reino» (Mt 21, 31)



En orden al reino todos somos igualmente pobres y todos lo hemos de recibir como puro don y como pura gracia: y el que no esté dispuesto a reconocerlo así se autoexcluye automática mente del reino. Y ésta es la desventaja del rico y del privilegiado, frente al pobre y al marginado: acostumbrado a comprarlo todo y a obtenerlo todo como por derecho propio, no puede pensar que sea de otra manera en el reino de Dios. Es la tragedia descrita en la parábola del fariseo y del publicano (Lc 18, 10 s.) o en las páginas en que Pablo se esfuerza por mostrar que sólo la fe y la gracia pueden salvar.



La Iglesia, pues, queda constituida por los que «tienen conciencia de ser pobres» (así podría traducirse el «pobres de espíritu» de Mateo), que, de hecho, son ordinaria y sociológicamente pobres, débiles, marginados. Son los que continúan la tradición de los antiguos anawim, los «pobres de Yahveh», es decir, aquellos a quienes la propia indigencia lleva a poner toda su esperanza en el Señor. No es que se excluya a los ricos: el mismo Señor no había excluido a Nicodemo o a José de Arimatea. Pero son raros los ricos que están en la disposición de aceptar el Reino en las condiciones en que se ofrece. S. Pablo lo presentará como una prueba del triunfo de la gracia de Dios: «Lo débil del mundo escogió Dios, para confundir a los fuertes» (1 Cor 1, 26 ss.)



Y los de fuera lo aducirán cuando quieran denostar al cristianismo como cosa de baja categoría: el pagano Celso, en el siglo segundo, reprochará a Jesús el que "cuando vivía no fue capaz de ganar más que a una decena de pescadores y recauda dores de impuestos, gente de la más abominable", añadiendo que los cristianos rechazan a «las personas educadas, instruidas y dotadas de sensibilidad», mientras que hallan sus adeptos entre «los necios, los indignos, los tontos, esclavos, mujeres y niños. En sus reuniones sólo se ven "tejedores, zapateros, lavanderos, gente sin letras y tipos rústicos, que no serían capaces de decir ni una palabra delante de sus mayores y amos educados» (cf. Orígenes, C. Cels. I, 46: III 41-58, etc.). En su intencionalidad polémica y hostil al cristianismo, Celso carga las tintas: en su tiempo ya había cristianos de familias senatoriales y con cargos de importancia en la misma corte imperial; pero su argumentación seguía teniendo fuerza, porque seguía siendo verdad que la Iglesia era el lugar donde connaturalmente se encontraban los más desheredados y despreciados.
Publicado por tabor @ 19:24  | Pobres en el N.T.
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