domingo, 05 de febrero de 2006
Un "signo entre los gentiles": ¿comunismo cristiano?



Ya Jesús había dado como señal y garantía de la autenticidad divina de su misión que «llega a los pobres un anuncio gozoso» (Mt 11, 5) Los cristianos seguirán presentando su solidaridad con los pobres y necesitados como prueba de la autenticidad de su fe.



La cosa comienza en los capítulos iniciales de los Hechos de los Apóstoles, que bien pueden considerarse como una primera apología del cristianismo. Todo el mundo sabe que allí se hace un retrato un tanto idealizado de la Iglesia primitiva, y que no hay lugar para hablar propiamente de un «comunismo primitivo», si con esto se quiere entender una estructura de formal abolición de toda propiedad privada. Tal estructura no está atestiguada en ninguno de los documentos primitivos, y más bien hay testimonios de lo contrario.



Pero lo que sí parece innegable es que, sin abolir toda propiedad privada, los cristianos ponían efectivamente y de una manera habitual sus bienes al servicio de los más necesitados, llegando en determinados casos a ceder la misma propiedad de sus posesiones para subvenirlos. El texto de Hech 2, 45 («vivían unidos y tenían todo en común: vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos según la necesidad de cada uno»), parece que ha de interpretarse por el de Hch 4, 32: «No tenían sino un corazón y una sola alma: nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo lo tenían en común»





Apologistas del siglo II



El autor de los Hechos habrá podido idealizar y generalizar: pero ello sólo era posible sobre una base de real y efectiva solidaridad, que podía presentarse como algo nuevo e inaudito, como un signo particular de la novedad cristiana. Lo más interesante es que este modo de argumentar persistirá en la apologética cristiana por lo menos hasta el siglo III y hasta más adelante. Casi todas las apologías repiten el argumento: los cristianos son dignos de crédito porque entre ellos se da una solidaridad que no se da en ninguna otra parte.



Los que amábamos por encima de todo el dinero y la acumulación de bienes, ahora ponemos en común aun lo que es nuestro, y damos parte a todo el que está necesitado... Justino, Apol I, 14, 2.



El autor de la Carta Diogneto dice, más concisamente: «ponen mesa común, pero no lecho» (5, 7) Tertuliano expresa lo mismo con su acostumbrado vigor:



Los que compartimos nuestras mentes y nuestras vidas, no vacilamos en comunicar todas las cosas. Todas las cosas son comunes entre nosotros, excepto las mujeres: en esta sola cosa, en que los demás practican tal consorcio, nosotros renunciamos u todo consorcio. Apologético, 39.





Autores no cristianos



Puede sospecharse que en los pasajes apologéticos citados haya una cierta idealización: seguramente no todos los cristianos eran siempre tan generosos o tan solidarios como debieran, pero la excepción confirma la regla: el caso de Ananías y Safira no impide que el autor de los Hechos proclame la solidaridad de la primitiva comunidad; o los abusos que Pablo condena en Corinto ( 1 Cor 11) son el contrapunto de una exigencia que se consideraba esencial Un texto de un enemigo del cristianismo, el emperador Juliano el Apóstata, viene a confirmar el valor de la solidaridad cristiana:



Vemos que lo que más ha contribuido a desarrollar ese ateísmo (= el cristianismo) es su humanidad para con los extranjeros, su acogida para con toda clase de hombres... He aquí algo de lo cual debemos preocuparnos, sin rebozo alguno. Pues cuando los impíos galileos, además de a sus propios mendigos, alimentan también a los nuestros, sería vergonzoso que se pusiese en evidencia que nuestros miserables carecen de aquellos socorros que nosotros les debemos (cf. Sozomeno, Hist. Ecl. 5, 15)



Esta había sido una de las constantes del cristianismo, que se remonta a la colecta organizada por las cristiandades paulinas en favor de los cristianos más pobres del judeocristianismo. No deja de ser digno de notarse que en la primera confrontación dentro del cristianismo, el llamado ConciIio de Jerusalén, se llegara precisamente a lo que hoy llamaríamos una cierta admisión de pluralismo ideológico, compensado en contrapartida por una decidida resolución unánime en favor del socorro mutuo. La unidad había de manifestarse ante todo en la solidaridad práxica entre las Iglesias: «Sólo nos impusieron que nosotros debíamos tener presentes a los pobres», dice Pablo con evidente satisfacción (Gál 2, l0)







Principios básicos de solidaridad cristiana (época subapostólica)



Una serie de documentos de origen antiquísimo – aunque de épocas diversas – exhortan a la solidaridad y a la comunicación de bienes con fórmulas que parecen repetirse, Pongo a continuación los más importantes, para comentarlos luego.



Didajé 4, S: «No rechazarás al necesitado, sino que comunicarás en todo con tu hermano, y de nada dirás que es tuyo propio. Pues si os comunicáis en los bienes inmortales ¿cuánto más en los mortales?»



Carta de Bernabé, l9, 8: «Comunicarás en todas las cosas con tu prójimo, y no dirás que las cosas son tuyas propias, pues si en lo imperecedero sois partícipes ¿cuánto más en lo perecedero?»



Didajé 1, 5: «Da a todo el que te pide, y no lo rechaces: porque a todos quiere el Padre que se dé de sus dones»



Doctrina de los XII Apóstoles: No vuelvas tu espalda al necesitado, antes bien comunica todas las cosas con tus hermanos, ni digas que son tuyas: porque si somos socios en las cosas inmortales, cuánto más debemos dar entrada a partir de éstas. Porque el Señor quiere que se dé a todos de sus dones.»



Constituciones Apostólicas VII, 12, 5: «Comunicarás todas las cosas con tu hermano, y no dirás que son tuyas propias: porque Dios dispuso la participación común para todos los hombres.»



Hermas, Mand. 2, 4: «Del fruto que Dios te da de tus trabajos da con sinceridad a todos los necesitados, sin andar vacilante sobre a quién darás y a quién no a todos, pues a todos quiere el Señor que se dé de sus propios dones.»





Un tema central en estos principios es el de comunicarás en todo con tu hermano y no dirás de nada que sea tuyo propio, que se halla en los textos a), b), d), e) Este tema parece provenir de una antigua instrucción judía que se conoce con el nombre de «Los dos caminos», porque se presentaba en forma de exhortación a seguir el camino del bien y evitar el del mal. Probablemente era una instrucción originariamente dirigida a los miembros de una comunidad de vida ascética en común, en la que la comunicación de bienes y la renuncia a la propiedad de los mismos – en todo o al menos en parte – era condición del mismo tipo de vida, como sucede hoy en la vida monacal o religiosa. Los esenios, por ejemplo, formaban una comunidad de este tipo: los documentos de Qumran atestiguan esta forma de vida comunitaria con renuncia a la propiedad de los bienes.



En el cristianismo podríamos pensar que Hch 2, 45 podría representar un momento en el que todavía se piensa que – al menos idealmente – la comunidad cristiana podría organizarse como una comunidad de vida en común de aquel tipo. Hch 4, 32 parece recoger el texto mismo de la instrucción de «Los dos caminos» cuando dice: «Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo lo tenían en común»Pero en el cristianismo se dio pronto como una suerte de trasposición y ampliación del sentido de la antigua regla: lo que era principio como estructurante y jurídico de una comunidad total de mesa y techo, pasa a ser principio meramente moral que se quiere que inspire las relaciones de los que viven una misma fe y un mismo ideal religioso, pero no en comunidad estricta y total de vida.



Esta trasposición viene bien marcada por el hecho de que la antigua regla de comunicar con el hermano es puesta en conexión con el mandato más general de no rechazar al necesitado, que se halla en los textos a), c) d) y otros. Este es también un tema que proviene del judaísmo y que se halla atestiguado en la literatura sapiencial: Eccli 4, 5: «No apartes tu rostro del pobre, ni alejes tus ojos del mendigo» Tob 4, 8: «No vuelvas la cara ante ningún pobre»Prov. 3, 27: «No te niegues a hacer bien al necesitado» Estas prescripciones no miran sólo a la comunicación con los miembros de la propia secta o comunidad, sino que tienen un alcance más general de solidaridad con todo necesitado. Al juntarse con la prescripción de «Los dos caminos», amplían y generalizan su ámbito de alcance. En la Carta de Bernabé esto se ha hecho explícito en el mismo texto: porque mientras que los otros documentos hablan todavía de comunicar con el hermano – es decir, con el miembro de la propia secta o comunidad –, en Bernabé se habla ya de comunicar, con el prójimo.



Esta evolución queda confirmada cuando observamos los dos distintos tipos de motivación que se presentan para exhortar a la solidaridad. Una motivación que probablemente viene de «Los dos caminos» dice que los que se unen para participar en los bienes espirituales o inmortales han de estar dispuestos a participar también en los materiales o mortales. Es una motivación que había usado el mismo Pablo al exhortar a sus comunidades gentiles a contribuir a la colecta para los hermanos más pobres de Jerusalén: "Si los gentiles han participado en sus bienes espirituales, ellos a su vez deben servirles con sus bienes temporales» (Rm 15, 27; cf. 1 Cor 8, 11). Se trata de una motivación de carácter restringido cuyo valor se limita al círculo de los miembros de un grupo cerrado que se ha formado para alcanzar determinados bienes espirituales. Pero al ampliarse el alcance de la solidaridad con la admisión del principio sapiencial de no rechazar al necesitado, fuere quien fuere, se requería también una motivación de tipo más general.



Aparece entonces como motivación la idea de que el Señor o Padre de todos quiere que todos participen de sus dones, tal como se expresa en los textos c), d), e), f). Ésta nueva motivación, desarrollada de diversas maneras, será la que fundamentalmente retendrá la patrística posterior para argüir en favor de la necesidad de solidaridad y de la comunicación de bienes.
Publicado por tabor @ 19:26  | Pobres en el N.T.
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