domingo, 05 de febrero de 2006
Resumiendo lo que hasta aquí hemos expuesto, podríamos decir que hubo en el cristianismo desde sus comienzos una muy viva conciencia de la necesidad de solidaridad con los más pobres y necesitados, expresada con el concepto de koinonía o comunicación de bienes. El modelo más in- mediato de esta comunicación parece haber sido el de los grupos o sectas de vida ascética en común, como los esenios. Sin embargo, la comunidad cristiana no se estructuró como una comunidad total estricta de mesa y techo, sino como una comunidad en la que sus miembros, manteniendo su autonomía de vida, practicaban una real solidaridad con los más pobres.







Ricos y pobres en el Pastor de Hermas



El Pastor de Hermas ofrece un interés particular por tratarse de una obra que refleja las opiniones de un simple cristiano, al parecer no demasiado culto, expresadas con desenvoltura un tanto ingenua y crítica frente a los «doctores» de su comunidad. El tema principal del escrito se refiere, sobre todo, a la estructura de la Iglesia y a cuestiones de moral general y, sobre todo, de disciplina penitencial. Pero a propósito de estas cuestiones se presentan curiosas indicaciones acerca de las relaciones entre pobres y ricos, las cuales, al menos en parte, proceden de la experiencia personal del propio Hermas.





Valor negativo de la riqueza



Al comienzo de la obra (1, 1) Hermas se presenta como un antiguo esclavo: los estudiosos piensan que esto podría ser una mera ficción literaria (cf. R. Joly, Le pasteur, Paris, 1958, pp. 17 ss). Más adelante se revela a Hermas en una visión que la causa de haberse arruinado en sus negocios temporales es una excesiva complacencia o condescendencia para con sus hijos (3, 3). En la tercera de sus visiones contempla a la Iglesia como una torre que está siendo construida con distintas piedras. Las piedras redondas son rechazadas como ineptas. Preguntando por el simbolismo de estas piedras, recibe esta respuesta:



Estos son los que, aunque tienen fe, poseen riqueza de este siglo. Cuando sobreviene una tribulación, por amor de su riqueza y de sus negocios, no tienen reparo en renegar de su Señor... Estos serán útiles cuando se recorte de ellos la riqueza que los arrastra: entonces serán útiles para Dios.



Hay en este pasaje un elemento autobiográfico que explica, al menos en parte, la actitud de Hermas para con la riqueza: él sentía que mientras tuvo fortuna había sido inútil para Dios: la pobreza, en cambio, había Sido para él ocasión de darse más plenamente a Dios





Ascesis individual



La segunda parte de la obra consiste en una serie de «Mandamientos» o preceptos morales; el conjunto parece más impersonal y menos auto biográfico; más bien parece como una compilación de normas morales como las de «Los dos caminos» y otras por el estilo que debieron de circular en el judaísmo y en el judeocristianismo. El amor al prójimo y la solidaridad con el necesitado distan mucho de tener el lugar preponderante y principal que parece debieran tener según el evangelio. Inspirados como están en las normas de las comunidades ascéticas del judaísmo tardío parecen mirar más a la perfección y purificación del sujeto que a la necesidad de que éste se preocupe de los demás. Se habla mucho de virtud y de justicia: pero se trata de la virtud y de la justicia con que uno se justifica ante Dios y ante sí mismo, y que se traducen en las virtudes de la sinceridad y verdad, la castidad, la continencia, la ecuanimidad, la penitencia, etc. El servicio al prójimo no parece ser más que una de estas virtudes morales y al mismo nivel que ellas, no el principio fundamental de la vida cristiana.



En toda la obra se pone de manifiesto que Hermas tiene una comprensión bastante limitada del cristianismo. Es la actitud que se refleja en el «Mandamiento VIII», que quiere ser como una pequeña suma moral:



Escucha las obras del bien que tienes que practicar."Lo primero de todo, fe, temor de Dios, caridad concordia, palabras de justicia, verdad, paciencia Nada hoy en la vida de los hombres mejor que estas virtudes... Escarcha ahora lo que a éstas sigue: servir a las viudas, socorrer a los huérfanos y necesitados, redimir de sus necesidades a los siervos de Dios, ser hospitalario – pues en la hospitalidad se encuentra a veces la ocasión de hacer el bien –, no enfrentarse a nadie, ser tranquilo, hacerse el «más pobre de todos los hombres, venerar a los ancianos ejercitar la justicia, conservar la hermandad, soportar la insolencia, tener largueza de alma, no conservar rencor, consolar a los afligidos de espíritu, no rechazar de fe a los que han padecido escándalo, sino trabajar puro convertirlos y darles animo: corregir a los que pecan, no atribular a los deudores y necesitados, y todo lo demás que a esto se asemeje (38, 8 ss.)



De entre este catálogo de virtudes vale la pena, tal vez, subrayar el deber de la hospitalidad, que responde a un sentimiento y a una práctica muy arraigados en el oriente antiguo y que hallamos repetidamente recomendada en varios escritos de los primeros tiempos cristianos.





Derechos del necesitado



La tercera parte del escrito de Hermas está formada por una serie de «Comparaciones» que quieren iluminar diversos aspectos de la vida cristiana. Es tal vez aquí donde el pensamiento del autor se manifiesta más original y vivaz. En la última de estas comparaciones – la décima – hace como una declaración fundamental de los derechos del necesitado:



Proclamo que es necesario que todo hombre sea remediado en sus necesidades: porque el que se halla en la indigencia y sufre estrecheces en su vida cotidiana está en gran tormento y angustia El que libre a ese tal de su estrechez, adquiere pura sí un grande gozo.



Este texto puede ser suficiente indicio de las condiciones de pauperismo en que se vivía en los estratos sociales inferiores del imperio romano, más allá de su superficial brillantez. Ante esta situación, Hermas, un pobre hombre del pueblo en condición de infortunio, no está en disposición de exigir reformas sociales estructurales, que es lo primero que hoy pensaríamos nosotros. Para él no hay más que una llamada a la responsabilidad y a la solidaridad, y esto lo hace con una comparación llena de vida que se ha hecho justamente famosa:



La vid, emparrada en el olmo, da mucho y buen fruto: pero si se arrastre por le tierra lo da podrido y escaso. Esta comparación está puesta pera los siervos de Dios pera el rico y el pobre... El rico tiene mucho dinero, pero en lo que atañe al Señor es un mendigo, pues anda traído y llevado por su riqueza, y muy pocas veces eleva sin alabanza al Señor cuando lo hace, su oración es corta y floja, sin fuerza para remontarse a lo alto. Ahora bien, cuando el rico se entrelaza con el pobre y le suministra lo necesario ha de persuadirse de que cuanto hiciere por el pobre tendrá su galardón ante Dios... y con esta fe ha de suministrar al pobre todo sin vacilar. Y el pobre, socorrido por el rico, ruega por él y da gracias a Dios por el que le dio lo necesario (51, 3 ss).



Podría tal vez, decirse que en esta curiosa comparación de la vid y el olmo con los pobres y ricos se expresa de una forma imaginativa y elemental lo que Juan Pablo II ha descrito como la «hipoteca social» de la riqueza.





Los primeros moralistas



Hacia finales del siglo II aparece un género de literatura cristiana que se ocupa predominantemente de temas de moral: es decir, que intenta describir y proponer los principios de conducta que el cristiano debiera adoptar en las diversas situaciones de la vida. Tertuliano de Cartago, en Occidente, y Clemente de Alejandría, en Oriente, suelen considerarse, con razón, como los primeros grandes moralistas cristianos. A ellos podrían añadirse otros como Lactancio, Cipriano y Orígenes.





Tertuliano: moral estoica



En Tertuliano se deja sentir particularmente aquella tendencia, que ya descubríamos en los «Mandamientos» de Hermas, que hace consistir la perfección cristiana más en el cultivo de uno mismo y en la pureza de costumbres que en el amor y servicio a los demás. Un estudio reciente (RAM- BAUX, Tertullien face aux morales des trois premiers siècles, París 1979), ha mostrado que el principio fundamental de la moral de Tertuliano no es el amor de Dios y deI prójimo, sino aquel afán de autosuperación y de perfección propia que había llegado a ser el ideal de los mejores Filósofos de la época. Es una moral en el fondo pagana, aunque se presente apoyada con textos bíblicos Sin embargo, los escritos de Tertuliano ejercieron gran influencia en la moral cristiana posterior: a él se debe, en buena parte, que la moral cristiana haya revestido a menudo más un carácter de moral de autoperfección que de amor y de servicio al necesitado: una moral que, en definitiva, se fundaría más sobre el principio pagano de la enkrateia que sobre el principio evangélico de la agape (cf. MINNERATH, Les chrétiens et le monde, 265 ss.).





Clemente de Alejandría claridad teórica y reduccionismo práctico



Clemente de Alejandría es un moralista de talante bien distinto. Está imbuido como el que más del pensamiento ético de las filosofías de la época: pero al mismo tiempo es un profundo conocedor de la Escritura, a la que quiere profesar fidelidad. Si no siempre lo logra del todo, no se puede negar que tiene una sensibilidad mucho más afinada que la de Textuliano en lo que se refiere a las exigencias sociales del evangelio. Mientras que éste apenas si toma conciencia del problema que presenta la existencia de pobres y ricos en la comunidad cristiana, Clemente capta este problema e intenta tomar postura frente a él. Su oficio de catequeta de la Iglesia de Alejandría no le permitía soslayar el tema: Alejandría era la ciudad más populosa del mundo antiguo, centro de la cultura, de la riqueza y del comercio del mediterráneo; los contrastes entre la riqueza y el lujo de los grandes palacios y la pobreza del proletariado de los suburbios debían ser impresionantes. Un cristiano no podía permanecer indiferente.



En primer lugar, Clemente, con argumentos sacados a la vez de la Escritura y de la filosofía social del momento, arremete contra el lujo, el despilfarro y la ostentación. Todo el capitulo 3 del segundo libro del Pedagogo está dedicado a este tema.



Como ideal del uso cristiano de los bienes presenta Clemente el de atenerse a lo necesario y suficiente, que ya los filósofos y los escritores del NT habían designado como autarquía (cf. 2 Cor 9, 8):



Los que se preocupan de la salvación han de tener por principio primero que todas nuestras posesiones están ordenadas al uso, y el uso a su vez ha de mirar a lo suficiente – autarqueia –, lo cual uno puede alcanzar aun con pocas cosas. Son vanos los que en su insaciabilidad se complacen en sus tesoros. La escritura dice: «El que acumula su salario lo echa en saco roto» (Ag 1, 6).(II, 39)



Consecuente con este ideal de autarqueia – cuyas raíces se hallarían tanto en la literatura sapiencial de la Biblia como en la ética de los estoicos – Clemente proclama que la pobreza no es nunca un bien por sí misma:



Por la pobreza el alma se ve obligada a no poder ocuparse dc lo más necesario, que es la vida interior y la lucha contra el pecado Por el contrario, la salud y la abundancia de lo necesario mantiene al alma que sabe usar bien de lo presente libre y sin impedimentos (Strom IV, 5: PG 8, 1233).



Si la pobreza no es en si un bien, tampoco la riqueza es en sí un mal, aunque sí algo que acarrea muchos peligros para la salvación. Para Clemente todo depende del uso que se haga de las riquezas, y en esto, Bel al Nuevo Testamento, no se entrega a la complacencia con los ricos, pero tampoco hace demagogia pauperista.



Es sabido que Clemente escribió una homilía o tratado Sobre la salvación de los ricos. A veces se ha dicho que este tratado está escrito para tranquilizar las conciencias de sus amigos pudientes, echando así agua al vino puro de la moral evangélica. Este juicio no parece del todo exacto. Clemente comienza diciendo que no es cristiano halagar y tranquilizar sin más a los ricos: pero cree que no por ello hay que desesperarlos de la salvación desde un comienzo, porque entonces «se entregan más y más al mundo, se pegan a esta vida como la única que les queda y se apartan más y más del camino que les lleva a la otra, sin averiguar a quiénes llama nuestro Señor y Maestro, ni de qué manera lo que es imposible para los hombres es posible para Dios» (n. 2). Lo que hay que hacer es apremiarles y exhortarles a que usen bien de su riqueza, comunicándola con los que no tienen.



Clemente sabe que la conversión del rico no es fácil, y que el apego a lo que se tiene obnubila y ciega: pero cree que no por ello hay que dejar de exhortar al rico, como lo hizo el mismo Jesús, que no condenó sin más a los ricos por serlo, aunque sí insistió en la dificultad mayor que tienen para salvarse.



Instrumento es la riqueza. Si de ella se usa justamente se pone su servicio de la justicia Si de ella se hace un uso injusto, se la pone al servicio de la in justicia. Por su naturaleza está destinada a servir, no a mandar. No hay, pues, que acusarla de lo que de suyo no tiene, al no ser ni buena ni mala la riqueza no tiene la culpa. A quien hay que acusar es al que tiene facultad de usar bien o mal de ella, por la elección que de sí y ante sí hace: y esto compete a la mente y juicio del hombre, que es en sí mismo bre y puede a su arbitrio manejar lo que se le da para su uso. Lo que hay que destruir no son las riquezas, sino las pasiones del alma que no permiten hacer el mejor uso de ellas (n. 14)



No se puede negar que hay en los planteamientos de Clemente sobre la neutralidad moral de la riqueza en sí un cierto optimismo ingenuo. Veremos cómo algunos Padres posteriores no admitirán tan fácilmente que las riquezas no sean en sí ni un bien ni un mal, ya que intuyen que, de hecho, toda acumulación de riquezas estará inevitablemente implicada con alguna forma de injusticia. Es prácticamente imposible acumular mucho para sí sin privar a otros de lo que debieran disfrutar. La supuesta neutralidad de las riquezas está siempre abierta a la sospecha de justificación ideológica, como lo está también la idea de que las riquezas pueden ser instrumento para hacer el bien por la caridad. La doctrina de Clemente es, en el plano de los principios, correcta: los ricos pueden salvarse, si hacen buen uso de sus riquezas. Lo difícil es que en la práctica los ricos cumplan esta condición. Clemente no lo ignora: pero, en su intención de llevar a los ricos a la admisión del evangelio le parece oportuno no cargar demasiado las tintas sobre aquella dificultad. Podríamos decir que sustituye el tono comunitario de los evangelios – sobre todo del de Lucas – por el de una catequesis de captación.





Doctrina clásica de los grandes pastores



Empieza a tolerarse una forma de cristianismo que, de hecho, ignora sus exigencias sociales, o se contenta con cumplir con ellas de una forma muy parcial cuando no simbólica. De ahí nace el fenómeno del monacato: al darse cuenta de esta situación, hay hombres que ansiosos de radical fidelidad al evangelio creen no tener otro camino que el de vender literal- mente todo lo que tienen y darlo a los pobres, y marchar al desierto a vivir en pobreza total y entrega de sí mismos a Dios. El monacato puede explicarse, al menos en parte, como un intento de recuperación de la identidad cristiana amenazada por el conformismo social. Sin embargo, en su mismo radicalismo rayano con la extravagancia, el monacato tampoco ofreció un modelo de vida universalmente válido y generalizable.



Los pastores seguirán predicando la necesidad de solidaridad efectiva en la comunicación de bienes, dentro de la vida común. Entre el inmenso acervo de literatura homilética de los Padres de los seis primeros siglos son innumerables los textos que surgen con esta intención: homilías y tratados contra los ricos, contra el lujo, sobre la limosna, contra la usura, sobre el tiempo de hambre, etc. Prácticamente ninguno de los grandes Padres de la Iglesia dejó de tratar estos temas. Sería imposible intentar resumir en pocas páginas ni siquiera lo más importante de este inmenso acervo literario. Aquí no podremos dar más que unos pocos como botones

de muestra de la manera cómo algunos de los Padres más influyentes enfocaron el problema la pobreza y de la riqueza en las comunidades cristianas.





San Basilio: los ricos son ricos a costa de los pobres



San Basilio, hijo de una familia hacendada de honda raigambre cristiana, cuando quiso seguir fielmente el evangelio optó por el monacato, abandonando su tierra y pasando a Palestina y Egipto. Volvió para introducir esta forma de vida en su propio país, pero pronto fue llamado a regir la sede metropolitana de Cesárea de Capadocia. Allí, sin dejar de fomentar las comunidades ascéticas de estricta comunicación de bienes, se preocupó de inculcar en la generalidad de los cristianos sus responsabilidades frente a la pobreza imperante. Lo que significaba esta pobreza queda dramáticamente expresado en una de sus justamente famosas homilías contra los ricos. Es un texto oratorio de los más vigorosos de su autor, que no cabe minimizar so pretexto de que se trata de exageraciones retóricas:



El pobre busca por los rincones de la casa y ve que no tiene oro ni lo tendrá jamás. Mira a sus hijos, y ve que, o ha de dejarlos morir, o ha de llevarlos u vender al mercado. Pondera tú la lucha entre la tiranía del hambre y el afecto paterno. El hambre amenaza con la muerte más espantosa: la naturaleza induciría más bien a morir juntamente con los hijos... Verdaderamente esto es un callejón sin salida... Si los quiero conservar a todos, dejaré que todos se consuman a fuerza de privaciones. Si entrego a uno, ¿cómo podré mirar aún a los otros, hecho ya reo de traición? ¿Cómo habitar en mi casa, cuando yo mismo me he causado la orfandad? ¿Cómo comer de la mesa que ha sido abastecida a. tal costa? Aquel infortunado, entre lágrimas interminables, marcha a vender al que más quiere de sus hijos, pero tú no te conmueves de su tragedia, ni tienes en cuenta que os une la común naturaleza... El entrega sus entrañas por el precio de de la comida, y tu mano no sólo no se paralizo al negociar " con semejantes calamidades, sino que todavía regateas, y sopesas el más y el menos, pretendiendo tomar lo más que puedas dando lo menos posible... (PG 31, 269 ssGuiño.



Los antiguos argumentos van adquiriendo desarrollos que quedarán como clásicos:



Dices: ¿A quién hago daño reteniendo lo que es mío Dime: ¿qué cosas son tuyas? ¿Las tomaste de alguna parte para venir con ellas a la vida? Le que ahora tienes, ¿de dónde procede? Si respondes que del azar, eres un impío, pues no reconoces al creador ni le das gracias por sus dones. Pero si confiesas que todo te viene de Dios, confiesa la razón porque lo has recibido. ¿Será Dios injusto repartiendo desigualmente los medios de vida? ¿Por qué tú eres rico y el otro pobre? No será sencillamente para que tú puedas tener el mérito de tu generosidad y buena administración, y el otro sea honrado con los grandes premios de la paciencia? (PG 31. 276 ss.).



Basilio, como vemos, no sólo repite el antiguo argumento de que los bienes de la creación son don de Dios para uso de todos, sino que insinúa la observación sociológica de que los ricos son ricos a costa de los pobres. Pero en realidad a S. Basilio no le interesan tanto las teorías sociológicas cuanto la exigencia de fidelidad al evangelio. En una homilía sobre el pasaje evangélico del joven rico argumenta de nuevo con fuerza inigualable:



Si realmente amases a tu prójimo, tiempo ha hubieras pensado en desprenderte de lo que tienes. Pero la verdad es que llevas más pegado a ti el dinero que los miembros de tu cuerpo, y te duele más desprenderte de él que si te cortaran los miembros más importantes (PG 31, 281).





San Juan Crisóstomo: hipoteca social de la riqueza.



San Juan Crisóstomo fue no sólo un extraordinario orador, sino un gran pastor plenamente identificado con los problemas de su grey en las dos grandes ciudades en que hubo de ejercer su ministerio: primero en su Antioquia natal, capital de la provincia de. Siria, y luego en Constantinopla, capital del Imperio de Oriente. Sus sermones ofrecen extraordinario interés, a la vez como testimonio de las condiciones sociales de la época y corno muestra de la manera cómo los pastores urgían – aunque a veces confesadamente con escaso éxito – la exigencia de solidaridad cristiana. Siendo sus textos al respeto numerosísimos y de una claridad diáfana, prefiero limitar al mínimo mi comentario, dejando que se oiga directamente la voz del gran pastor.
Publicado por tabor @ 19:28  | Pobres en el N.T.
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