Recojo, en primer lugar, algunos de los textos en los que se describe la mísera condición de los más pobres (1):
... Al venir a vuestra reunión, atravesando plazas y callejas, he podido ver a muchos tendidos en las esquinas, unos mutilados de manos, otros ciegos, otros hechos una criba de llagas y heridas in- curables, mostrando precisamente las partes que, por estar llenas de podredumbre, más debieron cubrir, Ante este espectáculo me ha parecido que sería extremo de inhumanidad no hablaros de ello., Así pues, ya que carecen de lo necesario más que nunca, y además se les quita el trabajo, ya que nadie toma a jornal a los miserables ni se los llama para servicio alguno, no queda sino que las personas misericordiosas les tiendan las manos y hagan las veces de patronos que los contraten He ahí nuestro mensaje de hoy., (PG 51, 261 ss.)
Los que poseen campos y sacan de la tierra sus riqueza son de lo más inicuo. Viendo cómo tratan a los míseros y trabajando labradores, se verá que son más crueles que unos bárbaros 4 los que están consumidos de hambre y se pasan la vida trabajando, todavía les imponen exacciones continuas e insoportables y les obligan a los esfuerzos más penosos. Sus cuerpos son como de asnos o de mulos o, por mejor decir, como de piedra No les conceden un momento de respiro. Produzca o no produzca la tierra igualmente les exigen y no les perdonan por ningún concepto. ¡Miserable espectáculo! Trabajan todo el invierno y después de consumirse al hielo y a las lluvias y e las vigilias, se encuentran con las manos vacías y, encima, cargados de deudas (Ruiz Bueno, II, 274).
El cuadro difícilmente podría dibujarse con tintas más fuertes: Por una parte, un pauperismo y unos abusos escalofriantes: por otra, una irresponsable indiferencia en los más pudientes de entre los mismos cristianos, que se conforman a las prácticas económico-sociales de su época. En medio, la Iglesia intenta paliar la situación con obras de caridad benéfica. Pero ello acarrea a la Iglesia problemas. S. Juan Crisóstomo es consciente de que aquí la Iglesia jerárquica ejerce una función subsidiaria que no le es propia y que más bien le entorpece en su función más específica:
Por culpa vuestra y por vuestra inhumanidad han venido a parar a la Iglesia campos, casas, alquileres de viviendas, carros, mulos y muleros y todo un tren de semejantes cosas. Todo este tesoro de la Iglesia debería de estar en vuestro poder, y vuestra buena voluntad debiera ser su mejor renta Mas lo cierto es que ahora se dan dos males el primero, que vosotros no obtenéis el fruto de la limosna, y el otro, que los sacerdotes de Dios no entienden en lo que debieran... De ahí que nosotros no podamos abrir la boca, ya que le Iglesia de Dios no se diferencia en nada de los hombres del mundo... Nuestros obispos andan más metidos en preocupaciones que los tutores, los administradores y los tenderos. Su única preocupación debieran ser vuestras almas y vuestros intereses y ahora se rompen cada día la cabeza por tos mismos asuntos que los recaudadores, los agentes del fisco, los contadores y los despenseros... (Ruiz Bueno, II 667)
No es correcto que los cristianos abdiquen de sus responsabilidades de solidaridad, descargándolas en la Iglesia. Lo que han de hacer es aguzar su sensibilidad, revestirse de entrañas de caridad y compartir con todo necesitado:
Locura y frenesí manifiesto es llenar las arcas de vestidos y des- preciar el que fue creado a imagen y semejanza de Dios, dejándolo desnudo y tiritando de frío y que apenas se tenga en pie. Me decís: Es que finge todo esto del temblor y la debilidad., Perdonadme: esta palabra me hace reventar de indignación. ¿Vosotros, que os regaláis y engordáis que seguís bebiendo hasta bien entrada la noche, que luego vais y os arropáis en blandas colchas, vosotros, digo, creéis que no vais a sufrir el castigo merecido al hacer un uso tan in justo de los dones de Dios...? (PG 61, l76 ss.)
Sin duda que ya entonces se daba la picaresca del que se fingía más pobre de lo que realmente era, aprovechándose para vivir sin esfuerzo, aunque fuera malamente, de la caridad ajena. Los ricos sacaban de ahí excusas justificadoras de su dureza de corazón. Otras veces la excusa era la supuesta perversión o degradación moral de los pobres: el rico, desde su situación de privilegio, siempre está dispuesto a pasar juicio moral contra el que es menos que él: no se contenta con ser rico, sino que ha de presentarse como bueno, y mejor que nadie. S. Juan Crisóstomo insiste en que el pobre no ha de ser juzgado: se ha de socorrer su indigencia, no premiar su moralidad:
El que quiere practicar la bondad no ha de pedir cuenta de la vida, sino remediar la pobreza y socorrer la necesidad. El pobre sólo tiene una defensa, que es su indigencia y necesidad. No le pidas más aun cuando fuere el hombre más malvado, si carece del sustento necesario, remediemos su hambre. Así nos lo mandó Cristo: «Sed como vuestro Padre del cielo que hace salir el sol sobre buenos y malos" (Mt 5, 45)... No damos limosna a las costumbres, sino al hombre. No le tenemos compasión por su virtud, sino por su calamidad. De este modo nos atraeremos también nosotros del Señor su mucha misericordia (PG 48, 985 ss.).
De esta forma aparece, no como resultado de metódico análisis de los mecanismos sociales, pero sí con clara intuición de lo que está en el fondo de los mismos, la idea de que la acumulación de riqueza es en realidad una rapiña encubierta: en vano el rico puede intentar tranquilizar su conciencia:
El no dar parte de lo que se tiene es ya como una rapiña Las Escrituras dicen ser rapiña avaricia y defraudación, no sólo arrebatar lo ajeno, sino también no dar parte de lo suyo a los otros... Esto dice para demostrar a los ricos que lo que tienen pertenece al pobre, aún cuando lo hayan adquirido por herencia paterna o les venga el dinero de donde quiera que sea., Las cosas o riquezas, de donde quiera las recojamos, pertenecen al Señor, y si las distribuimos entre los necesitados lograremos gran abundancia (PG 48, 984).
Sólo en la verdadera y efectiva solidaridad fraterna entre los hijos de un mismo Padre puede tener sentido la oración, el culto y, sobre todo, la celebración de la eucaristía. Las palabras del Crisóstomo a este respecto podríamos decir que siguen siendo de rabiosa actualidad:
Este sacramento no sólo exige estar en todo momento puros de toda rapiña sino de la más mínima enemistad. Este sacramento es un sacramento de paz. no nos consiente codiciar las riquezas... Y no pensemos que basta para nuestra salvación presentar al altar un cáliz de oro y pedrería después de haber despojado a viudas y huérfanos. Si quieres honrar este sacrificio, presenta tu alma, por la que fue ofrecido. Esta es la que has de hacer de oro... Este sacramento no necesita preciosos manteles sino un alma pura. Los pobres, en cambio, sí requieren muchos cuidados. Aprendamos, pues, a pensar rectamente y a honrar a Cristo como Él quiere ser honrado . ¿Qué le aprovecha al Señor que su mesa esté llena de vasos de oro si El se consume de hambre Saciad primero su hambre, y luego, de lo que sobre, adornad también su mesa (Ruiz. Bueno, II, 79 ss.).
De esta manera, Juan Crisóstomo, el más vigoroso y elocuente entre los Padres, es a la vez el más ardiente defensor de los pobres y el más insistente amonestador a los ricos para que no descansen en el uso egoísta de sus riquezas.
Ambrosio de Milán: la tierra ha sido creada para todos
Ambrosio, que por elección popular fue inesperadamente trasladado de las funciones administrativas del Imperio a la tarea de regir la Iglesia más importante del norte italiano, no es tal vez ni un pensador muy profundo ni muy original. Improvisó su formación teológica una vez elegido Obispo procurando asimilar lo mejor que había producido los máximos pensadores de Oriente y de Occidente: y lo hizo con singular penetración, de tal suerte que su obra puede considerarse como una vigorosa suma de todo el pensamiento cristiano primitivo. En el tema que nos ocupa, vemos que insiste en los argumentos que proponían un Basilio o un Crisóstomo: pero los elabora a su manera y según las necesidades de su auditorio. Como botón de muestra, no haremos más que reproducir algunos fragmentos de una de sus obras más celebradas, un comentario a la historia bíblica de Nabot que, escrito hacia el año 395, parece que es como un ensamblaje de varios de sus sermones contra los ricos (PL 14, 765 ss.)
La historio de Naboth sucedió hace mucho tiempo, pero se renueva todos los días. ¿Qué rico no ambiciona continuamente lo ajeno? ¿Cuál no pretende arrebatar al pobre su pequeña posesión e invadir la herencia de sus antepasados? ¿Quién se contenta con lo suyo?... ¿Hasta dónde pretendéis llevar, oh ricos, vuestra codicia insensata? ¿Acaso sois los únicos habitantes de la tierra? ¿Por qué expulsáis de sus posesiones a los que tienen vuestra misma naturaleza y vindicáis para vosotros solos la posesión de toda la tierra? En común ha sido creada la tierra pera todos, ricos y pobres; ¿ por qué os arrogáis, oh ricos, el derecho exclusivo del suelo? Nadie es rico por naturaleza, pues ésta engendra igualmente pebres a todos. Nacemos desnudos y sin oro ni plata Vosotros, oh ricos, no tanto deseáis poseer lo que es útil como quitar a los demás lo que tienen. Cuidáis más de expoliar a los pobres que de vuestra ventaja Estimáis injuria vuestra si el pobre posee algo de lo que juzgáis digno de la posesión del rico. Creéis que es daño todo lo que es ajeno. ¿por qué os atraen tanto las riquezas de tu naturaleza? El mundo ha sido creado para todos y unos pocos ricos intentáis reservároslo Vosotros revestís e vuestras paredes y desnudáis a los hombres. El pobre desnudo gime ante tu puerta, y ni le miras siquiera. Es un hombre desnudo quien te implora y tú sólo te preocupas de los mármoles con que recubrirás tus pavimentos. El pobre te pide dinero y no lo obtiene; es un hombre que busca pan y tus caballos tascan el oro bojo sus dientes. Te gozas en los adornos preciosos, mientras otros no tienen qué comer. ¡Qué juicio más severo te estás preparando, oh rico! El pueblo tiene hambre y tú cierras los graneros; el pueblo implora y tú exhibes tus joyas ¡Desgraciado quien tiene facultades para librar a tantas vidas de la muerte y no quiere! Las vidas de todo un pueblo habrían podido salvar las piedras de tu anillo...
Algunos aspectos más particulares de la moral social de San Ambrosio, y en particular las semejanzas y diferencias entre esta moral y la filosofía social de la época, han sido objeto de estudio en mi contribución al volumen colectivo Fe y Justicia, ya mencionado.
A modo de síntesis.
La Iglesia no sólo fue desde los comienzos una comunidad de pobres, sino que tuvo plena conciencia de que la fraternidad traducida en solidaridad efectiva era la expresión connatural y necesaria de aquella disposición de filiación para con Dios-Padre, que había sido el centro de la predicación de Jesús y que había sido confirmada por la efusión de su Espíritu prometido. Esto se expresa muy tempranamente en principios básicos de conducta cristiana, como son los de «no dirás que nada sea tuyo propio», o «comunicarás en todo con tu hermano». Estos principios se mantendrán sustancialmente, aunque corran el peligro en determina- dos momentos de quedar en segundo término frente a corrientes que tienden a llevar al cristianismo hacia formas de religión más cultural o de autoperfección ascética (encratismo, montanismo) o también de teosofismo gnóstico. La vigencia sustancial de aquellos principios puede apreciarse por el hecho de que la apologética de los tres primeros siglos puede presentar la efectiva solidaridad en las comunidades cristianas como «novedad» singular y argumento en favor del valor intrínseco del cristianismo.
Con la expansión numérica subsiguiente a la conversión de Constantino, aquella solidaridad se hace cada vez menos efectiva, y coexisten en las comunidades ricos y pobres, con una conciencia cada vez más debilitada de las obligaciones de unos para con los otros. Los pastores se ven entonces en la necesidad de reavivar la conciencia primitiva, multiplicando exhortaciones que, al parecer, pocas veces obtenían el efecto deseado. Las exhortaciones a la solidaridad y comunicación de bienes, a la autarquía y sobriedad, a la limosna, contra la usura o el lujo, etc., ocupan gran parte de la homilética patrística.
Se repiten los principios primitivos y se refuerzan con nuevas formas de argumentación: el principio estoico de que la naturaleza dispuso todas las cosas para uso común es reinterpretado teológicamente en el sentido de que Dios creador y padre de todos quiere que todos disfruten de sus dones. Urgiendo este argumento se llega a la afirmación de que el rico roba al pobre de lo que es suyo y le pertenece cuando acapara los bienes de la tierra más allá de lo necesario, con pretensión de uso y disfrute exclusivo. Más aún: se descubre que los ricos lo son a costa de los pobres, y que las riquezas aparentemente honestas o heredadas son siempre fruto de injusticia y rapiña más o menos encubierta o remota. La riqueza sólo es justificable cuando se pone al servicio del bien común de todos.
Sin embargo, los Padres, aunque son radicalísimos en la condena de esos abusos, prácticamente no llegan a postular reformas de fondo de la misma estructura social que los fomentaba: no tenían medios de análisis de los mecanismos económicos, ni menos aún disponían de remedios para subsanar sus deficiencias. Sólo podían exhortar a la limosna, a la generosidad, a la sobriedad y a tener entrañas de humanidad y piedad cristiana.
La Iglesia como tal practicaba estas virtudes, constituyéndose en una especie de institución de «Seguridad Social» o de beneficencia pública de importancia muy considerable, como lo muestra el texto de S. Juan Crisóstomo que nos informa de que más de 3.000 personas eran socorridas diariamente en Constantinopla con fondos de la Iglesia. Aunque tal vez con criterios modernos estas exhortaciones a la generosidad puedan parecer poco eficaces, seguramente habría que conceder que en aquel mundo de crueles desigualdades debieron de tener un efecto altamente beneficioso, y que debieron de ser muchos los desgraciados que lograban subsistir gracias al amparo o a la exhortación de la Iglesia.
Para no alargarme más, diré simplemente que los cristianos del bajo Imperio tal vez cumplían tan mal como los de nuestro propio tiempo las exigencias sociales del evangelio. Pero, al menos, entonces se oían voces de pastores que tronaban contra la inconsciencia general, cosa que tal vez hoy acontece más raramente y seguramente con menor fuerza.
(Ponencia del día 22)
(1) Para las homilías que han sido traducidas por don Daniel Ruiz Bueno, «Obra de S. Juan Crisóstomo», Madrid, BAC, 1955 ss., cito según esta edición, Para las demás cito según la Patrología Graeca, de Migne, adaptando a veces la traducción dé Sierra Bravo en la obra ya citada.