martes, 11 de abril de 2006
"El cristiano que vive en este mundo nuevo no puede desinteresarse de él abandonándolo a su suerte. En el momento de la creación Dios habló así a los hombres: "¡Someted la tierra!" (Gen 1,28). El mandato del Señor conserva hoy –quizá hoy más que nunca– toda su firmeza y actualidad. El mundo es de Dios. Y sobre este mundo fue levantado el Hijo de Dios como señal de redención (Jn 12,32); desde entonces pesa sobre el cristiano la tarea de configurar, con el don y la fortaleza del Espíritu Santo, una vida pública y privada de acuerdo con su fe.
El cristiano, como Cristo Jesús, su Señor y Maestro, no es de este mundo (Jn 17,14); debe, sin embargo, por su lucha decidida contra el maligno, "acreditarse de sal de la tierra y luz del mundo" (Mt 5,13s). El cristiano debe anunciar a los hombres, sus hermanos, la gesta admirable (1Pe 2,9) de su verdad y de su amor. Dar sentido a la vida.
Sería funesto que el cristiano, preocupado exclusivamente del problema de su salvación personal, sucumbiera a la tentación de abandonar al poder del enemigo este mundo nuevo lleno de arriesgadas posibilidades, de tensiones violentas y de peligrosos
contrastes. Un enfermizo apego a formas vacías equivale a la muerte; en la hora crítica de nuestro mundo solamente lo enraizado profundamente, rico en vigor vital, puede sobrevivir a las sacudidas de estos tiempos de inesperadas transformaciones. El cristiano no se apega a sistemas sociales precarios, como tampoco refrenda incondicionalmente lo nuevo por el hecho de ser nuevo.
Cristiano en un mundo nuevo. A la luz de la fe descubrimos en este hecho una segunda dimensión más valiosa: un mundo verdaderamente nuevo que, inaugurado con la encarnación del Hijo de Dios, es ya realidad comenzada en la Iglesia y en el corazón de cada uno de los cristianos, en espera de la manifestación, al fin de los tiempos, de "un cielo nuevo y una tierra nueva" (Ap 21,1). El hecho de ser ciudadano en este mundo nuevo –cuya ley fundamental es la cruz, cuyo triunfo se manifestó en la resurrección del Señor– da al cristiano confianza y alegría: el mensaje llegado a nuestros oídos es una gozosa buena nueva. Vivir la novedad de ese alegre mensaje es tan necesario al hombre moderno de occidente como lo era a los primeros cristianos, como lo es a los neófitos en tierras de misión".

Y remata el santo y sabio moralista Häring:

"La vida cristiana se realizará en este mundo nuevo en la medida en que se nutra de la palabra de Dios. Esta vida cristiana es, ante todo, una respuesta amorosa: "Habla, Señor: tu siervo escucha" (1Sm 3,9); así responderá el cristiano, con presteza y agradecimiento, cuando comience a percatarse de que la ley de Cristo (Gal 6,2) es el alegre mensaje del amor.
Si el cristiano acepta de buen grado la palabra de Dios, comprendiendo la propia existencia como un don de la generosidad del Señor y entregándose sin reserva a la inspiración de la gracia, logra la feliz experiencia de la gozosa libertad de los hijos de Dios.
Dios habla al corazón del hombre. En nuestro diálogo con Él importa ante todo un corazón puro, es decir: una conciencia limpia, sentimientos de amor genuino y rectas intenciones".

(Bernard Häring. "Cristiano en un mundo nuevo" ).
Publicado por tabor @ 11:56  | Nuestra sociedad
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