viernes, 18 de diciembre de 2009

Carlos Díaz

Desde cualquier religión o incluso desde la increencia es posible asumir racionalmente una mínima ética cívica pública. El cristianismo, por ejemplo, no es una ética de mínimos de justicia, sino una religión de máximos de felicidad.

Éticas de mínimos

Las éticas de mínimos son deontológicas, pues se ocupan del deón (deber, vertiente normativa), indagando qué requisitos mínimos deben ser universalmente cumplidos, pues cuando tengo algo por justo no estoy expresando un sentimiento meramente subjetivo o grupal, relativo a mi cultura o circunstancia, sino que pretendo que lo tenga por justo cualquier ser racional que quiera pensar moralmente, esto es, que se sitúe en condiciones de imparcialidad y de universabilidad, válidas en todas las circunstancias, referidas a normas universalizables que se han ido concretando en los derechos humanos, derechos que la humanidad ha aprendido a través de la historia, a los cuales sería ya inmoral renunciar, y que por ende son transmitidos generacionalmente.

Éticas de máximos

Por su parte las éticas de máximos son éticas de felicidad (agatológicas: referidas al bien y a la autorrealización personal), pues intentan ofrecer ideales de vida buena. Cuando tengo algo por bueno, por felicitante, no puedo exigir ni imponer que cualquier ser racional también lo tenga por bueno, porque ésta sí que es una opción subjetiva, aunque puedo aconsejar seguir su conducta. En consecuencia, se trata de éticas religiosas.

Diferencias y coincidencias

Mientras en una sociedad pluralista los ideales de felicidad pueden ser distintos, no sucede lo mismo con las convicciones de justicia. «Cuando tenemos algo por justo, nos sentimos impelidos a intersubjetivarlo, a exigir que los demás también lo tengan por justo, porque ciertamente existe una gran diferencia entre los juicios 'esto es justo' y 'esto me conviene', pero también entre los juicios 'esto es justo' y 'esto da la felicidad'. Si digo 'esto me conviene', estoy expresando simplemente mi preferencia individual por algo, y si digo 'esto nos conviene' amplío la preferencia a un grupo, mientras cuando afirmo 'esto es justo' estoy confiriéndole un peso de objetividad que queda más allá de las preferencias personales y grupales: estoy apelando a modelos intersubjetivos que sobrepasan con mucho el subjetivismo individual o grupal. Decir que 'esto hace feliz' es, por contra, bastante más arriesgado, porque ¿quién se atreverá a decir que esto es lo que hace felices a todos los seres humanos, aunque parte de ellos se niegue a aceptarlo?».

¿Significa esto que en la ciudad democrática estén de más las éticas de máximos basadas en las religiones? No, pues «desde cualquier religión o incluso desde la increencia es posible asumir racionalmente una mínima ética cívica pública. El cristianismo, por ejemplo, no es una ética de mínimos de justicia, sino una religión de máximos de felicidad. Los mínimos de justicia le parecen irrenunciables, y se alegra por ello profundamente de que formen parte de la conciencia moral social de nuestro tiempo; pero tales mínimos no agotan el contenido de la religión cristiana, su viva y rica oferta».

Es posible ser creyente y a la vez ciudadano; fe y razón son bueyes de una misma yunta, aunque con dos niveles distintos de exigencia, niveles autónomos, ninguno de los cuales puede pretender absorber al otro, por eso ni la religión puede suplantar a la moral civil, ni la moral civil puede pretender sustituir a las religiones, jamás una ética de mínimos puede pretender ser un equivalente funcional de la religión. Lo laico no entra en competencia con lo religioso, porque no intenta ofrecer una idea del hombre y de la historia desde la que iluminar la totalidad de la vida.

A su vez «en cada grupo puede existir algún tipo de magisterio reconocido, que tenga una especial autoridad dentro de él. Éste es el caso de gran parte de grupos religiosos. Dado que en una sociedad hay diversas esferas y dentro de cada una de ellas un tipo peculiar de organización, siempre que acepten el marco de conjunto, la existencia de magisterios internos a cada una de las esferas es perfectamente democrática. Atentan contra las posibilidades de convivencia que ofrece una moral cívica tanto los que se empeñan en negar a las iglesias su derecho a expresar su opinión en materia moral, como los que creen desde una iglesia que sólo ella está facultada para dar orientaciones morales y que el resto de las iglesias o de los grupos sociales debería someterse a tales directrices.

Lo racional (mínimo) y lo razonable (máximo)

Esto no signifique que las propuestas religiosas no sean racionales, ni que la razón nada tenga que ver con la felicidad, porque la razón humana es sentiente y el sentimiento racional. Por eso tienen razón quienes dicen que no puede separarse de una forma tajante entre lo justo y lo bueno, ni, por tanto, pensar en qué cosas pueden ser exigibles a toda persona sin tener cierta idea de qué es lo que hace felices a las personas. En consecuencia, hay dos tipos de racionalidad, la de aquello que es universalmente exigible, y la razonabilidad de lo que puede proponerse con pleno sentido, sin ser por ello exigible.

Publicado el 27 de junio de 2003


Publicado por Desconocido @ 10:34  | Reflexiones doctrinales.
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