Hay personas que creen que son los políticos o los altos cargos quien deben construir la moral, pues son los que el pueblo ha elegido para tomar decisiones, como quiere dejar ver la autora en la siguiente cita:
“En buena parte de los países democráticos existe el hábito de poner todas las decisiones, incluso las morales, en manos de los gobernantes, y la igualmente arraigada costumbre de atenerse a un código moral único.”(p.29)
En una sociedad democrática convive gente con muy diferentes ideales. Esas personas son las encargadas de construir la moral cívica.
En una sociedad democrática hay organismos estatales que se encagan de hacer las leyes jurídicas, pero no las morales.
En estas sociedades manda la mayoría, pues los líderes políticos son elegidos por esta, son embargo, y aún así, se han de respetar los derechos de los individuos.
Hay grandes diferencias entre moral y política, que radican tanto en los contenidos como en la forma de promulgarlos.
Las éticas deontológicas son aquellas que se ocupan de las normas de justicia universalizables.
Puede parecer que las normas morales, jurídicas y religiosas son iguales, y sin embargo no lo son, aunque están relacionadas.
1. Normas morales: Son aquellas que obligan a una persona internamente, porque es su propia conciencia quien las dicta, hasta el punto de que son normas que todo el mundo debería cumplir, para no quedar bajo mínimos.
Cuando una persona no cumple una norma moral, luego tiene remordimientos.
Una norma moral de justicia es aquella ante la que nos sentimos obligados y que universalizaríamos.
2. Las normas jurídicas son promulgadas por aquellos a quienes correponde en una nación, y obligan a todos los miembros de la comunidad política, estén de acuerdo o no con la norma, pues viene impuesta desde fuera.
El derecho viene acompañado de una coacción externa.
3. Las normas religiosas: Estas normas las impone la iglesia o religión a la que pertenezca el sujeto. El último criterio de obligaroriedad de una norma es la conciencia del sujeto. La iglesia está legitimada para interpretar en materia de normas morales, pero es el sujeto el que tiene la última palabra.
Una norma moral no tiene carácter obligatorio nada más que para quien se lo reconoce, así que nunca puede venir impuesta desde fuera.
Cuando una persona famosa o importante emite un juicio, la gente lo suele tomar como verdadero por quién lo ha dicho, no por el contenido.
Las personas somos insustituibles en la construcción de nuestro mundo moral, porque los encargados de formular los juicios morales, de aprobarlos y transmitirlos somos nosotros, las personas que formamos parte de una sociedad.
En contra de lo que mucha gente piensa, no son ni los políticos ni los sabios los que deben construir la moral, sino nosotros, los ciudadanos de a pie.
Para formar correctamente la moral, se deben coger fragmentos de otras opiniones, pero hay que ser críticos y seleccionar aquello que nos sea útil para formar nuestros criterios y deshechar aquello que no nos lo es.
En un estado interventor, los ciudadanos se acostumbran a que sea el estado quien decida. No se dan cuenta de que son las personas, y no el estado, las que tienen que buscar soluciones.
La moral cívica (es decir, lo que es moralmente correcto y lo que no lo es) la tienen que hacer las personas.
En una sociedad democrática, los políticos son elegidos para tomar decisiones políticas, no para tomar decisiones morales, pues eso es cosa de los ciudadanos.
En el libro, la autora propone, para ejemplificar sus teorías, qué pasaría si se creara un parlamento ético. El resultado de este experimento no sería satisfactorio, ya que se plantearían muchos dilemas, como las campañas publicitarias o el límite de edad de los votantes.
Además, un partido ético elegido por una mayoría dejaría fuera a las minorías, cosa que no parece muy razonable.
Respecto a las normas morales, la autora opina que hay que seguir a nuestra conciencia, para evitar quedarnos bajo mínimos. Una cita que muestra esto es la siguiente:
“Obra de tal manera que puedas querer que la máxima de tu acción se convierta en ley universal.”(p.73)
Una norma moral es aquella ante la que nos sentimos obligados y que universalizaríamos.
Ante situaciones crueles para con las personas pensamos que atentan contra seres que son fines en sí mismos y son absolutamente valiosos, que no tienen precio, sino dignidad.
Un ejemplo de norma moral universalizable viene dada por la sigiuente cita:
“Obra de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro siempre al mismo tiempo como un fin, y nunca solamente como un medio.” (I.Kant, Fundamentación de la física de las costumbres, cap 2) (p.74)
Las normas jurídicas, impuestas por gente legitimada para ello, sirven para mantener el orden en una sociedad, y son impuestas desde los organismos legitimados para ello.
La diferencia entre normas morales y jurídicas es, principalmente, que la moral no puede ser injusta, mientras que el derecho sí.
No podría existir un parlamento ético porque, aunque fuera elegido por mayoría, la opinión de la mayoría o la opinión pública no representan la verdad moral.
La moral cívica es una moral de la sociedad, legitimada para imponerse a las personas concretas.
No es sensato atribuir a los políticos la tarea de decidir qué es lo moralmente correcto y qué no lo es, sea en el nivel de la justicia, sea en el de la felicidad.
La política es un ámbito en que intervienen la estrategia, el pacto y la egociación.
Los políticos no son los encargados de dictaminar qué es lo bueno y qué es lo malo, porque no tienen autoridad moral.
Para construir la moral entre todos es necesario que dialoguemos y lleguemos a unos acuerdos.
“La moral cívica la harán las personas, o no se hará·”(p.61)