“No podéis servir a Dios y al dinero… No estéis agobiados por la vida pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo pensando con qué os vais a vestir… Buscad, sobre todo, el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura.....”.(Evangelio de San Mateo, 6,24,34).
¿ES QUE EL DINERO ES MALO?
¿Qué nos quiere decir Jesús cuando nos habla del dinero? ¿Es que el dinero y las cosas son malos? Por supuesto que no, ese no es el problema. La cuestión es saber dónde está nuestro corazón y cuales son nuestros intereses, es decir, en quien ponemos nuestra confianza: ¿en Dios o en el dinero? Vivimos en una sociedad en la que la mayor parte del tiempo se la dedicamos al trabajo (aquel que lo tiene, claro), frente al tiempo dedicado a las familias, a los hijos, al tiempo libre, a disfrutar de la vida, de los amigos, de Dios. Buscamos trabajar y trabajar para ganar el dinero que nos permita disfrutar de un fin de semana o unas vacaciones en los que nos gastemos el dinero anteriormente ganado y recuperemos fuerzas para volver al trabajo. Quizá tengamos más dinero, o más vacaciones, pero ¿somos más felices? El Evangelio nos propone una y otra vez un camino de felicidad que no pasa precisamente por servir al dinero, sino por acoger el verdadero espíritu de las bienaventuranzas.
2.- ¿Qué pasa entonces con los ricos? Los ricos y privilegiados son llamados a compartir sus bienes desde la solidaridad y la fraternidad, es decir, desde el compartir con el que menos tiene, reconociendo en él a un hermano. El problema no está en ser rico, sino en las actitudes. No podemos servir a Dios si vivimos dominados por el dinero y nos olvidamos del hermano. Aquel que tiene solo para si más de lo que necesita, mientras a otros les falta lo indispensable para vivir dignamente no actúa correctamente.
3.- El Evangelio de Jesús siempre nos interpela frente a las necesidades de los pobres. Porque mientras siga habiendo pobres, toda la riqueza que uno acapara para si de forma egoísta, sin necesidad, será injusta, porque está privando a otros hermanos de aquello que necesitan para vivir. Al acrecentar sólo lo nuestro, sin preocuparnos de las necesidades de nuestros hermanos, estamos dificultando el nacimiento de esa sociedad fraterna querida por Dios, de su Reino. Por eso no podemos servir al Dios de la fraternidad y al dios del interés económico al mismo tiempo.
4.- Para Jesús la vida es otra cosa, nos invita a vivir de otra manera: “No podéis servir a Dios y al dinero… No estéis agobiados por la vida pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo pensando con qué os vais a vestir… Buscad, sobre todo, el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura”. El proyecto de vida de Jesús nos hará, sin duda, más felices. Sin embargo, nosotros seguimos poniendo nuestra confianza en los bienes materiales, en el dinero, en las cosas. Nos parece imposible no vivir así. El consumismo se nos mete hasta los tuétanos sin apenas darnos cuenta. ¿Hasta cuando? ¿No estamos aprendiendo nada de esta crisis económica que estamos viviendo amargamente?
5.- Dios Padre ha creado todas las cosas para que todos sus hijos podamos vivir felices y de manera digna. Incluso ha creado el dinero para este fin. El dinero nos ha de ayudar a hacer felices a los demás y aliviar el sufrimiento de los que lo pasan mal. El dinero puede ser un signo, un sacramento del amor generoso de Dios, cuando lo liberamos de la ambición, de la avaricia, de la codicia, del rendimiento, de la obsesión por acumular, del competir por quien es más teniendo más.
6.- En la Eucaristía se hace visible la fraternidad y la solidaridad. Somos hermanos reunidos por un Padre común. Compartimos lo que tenemos de manera generosa (o por lo menos así ha de ser) en el momento de la ofrenda. Y desde ahí ayudamos a otros hermanos que no tienen lo necesario para vivir. Aquí se hace realidad el proyecto de Dios, si lo vivimos con sinceridad de corazón. Proclamemos juntos nuestra fe en el Dios que quiere que todos sus hijos e hijas vivan felices y en condiciones dignas.