lunes, 28 de febrero de 2011

Lo realmente significativo es que Jesús haya establecido la alternativa entre Dios y Mammona y que la considere en términos absolutos 12; al aplicar la inviabilidad práctica de una servidumbre a dos señores, al mismo tiempo y con la misma entrega da por supuesto que existe entre ellos, entre Dios y Mammón, una oposición tan inconciliable que hace imposible al discípulo un servicio simultáneo; lo cual no era, ni mucho menos, opinión común en la tradición bíblica: la afirmada incompatibilidad entre ambos descubre que, en el pensamiento de Jesús, se da algo radicalmente antidivino en Mammona; más aún, dado su radical antagonismo con Dios, Jesús parece considerarlo como un poder personal, que actúa sobre el hombre con pretensión de obediencia absoluta, una especie de antidiós 13. Y puesto que Jesús bien sabía que sólo Dios puede pedir al hombre un servicio total (Mt 22,34-39)14, implícitamente reconoció la irresistible potencia subyugadora que el dinero tiene sobre el hombre, su pretensión de total dominio, su capacidad de substituir a Dios 15: puede llegar a hacerle menospreciar a Dios y a hacerle sentir libre de obedecerle; puede suplantar a Dios en la vida del creyente, puede ganarse sus preferencias.
Mt 6,24/Lc 16,13 se presenta como una máxima sapiencial, dirigida a cuantos ya han aceptado el anuncio del Reino y para quienes desvela las consecuencias prácticas de tal aceptación 16 ; el súbdito del Reino tiene que decidirse por el señor a quien rendir su servicio, por el amo a quien amar y el dueño a quien entregarse: o Dios o Mammón; no siéndole posible mantener una doble pertenencia, se le impone la decisión. Y puesto que ya ha optado por el Reino, Jesús apela, sin contemplar excusa o excepción alguna, a convalidar la elección ya hecha por el Reino de Dios renunciando a Mammón.J/RADICAL: Es verdad que en la sentencia de Jesús nada hay que imponga una relación explícita con el Reino de Dios, pero no se puede dudar que éste es el contenido esencial de su predicación y que toda enseñanza suya encuentra en él su contexto lógico y la clave para su interpretación. De hecho, la opción que Mt 6,24/Lc 16,13 alienta, recuerda la actitud que proponen las parábolas del tesoro escondido y de la perla (Mt 13,44-46), las cuales, como parábolas del Reino, describen la única actuación lógica de quien se sabe con posibilidades para hacerse con el Reino: Jesús, cuando se trata de Dios y de su reinado, no soporta medias tintas ni componendas; su radicalidad es sólo aceptable para quien se encuentra a la espera del Reino por 
venir.
La invitación de Jesús a optar por el servicio exclusivo de Dios presupone, pues, oyentes que se saben ya súbditos del Reino; sólo así se entiende que les proponga como ineludible la decisión 17; pero, precisamente porque se propone la alternativa, los oyentes de Jesús están en una situación donde todavía no se ha dado la elección o, si se ha dado ya, aún ha de ser confirmada. Jesús se dirige a todo aquel que está dispuesto a aceptar la soberanía de Dios sin saber bien aún las consecuencias prácticas de su decisión o sin haberlas aceptado todavía cordialmente. Porque la elección no se establece sólo entre la servidumbre real a dos amos, sino, sobre todo, en la relación subjetiva que el siervo mantiene con el dueño que prefiere; por tratarse de un amor o de un odio, de un aprecio o un menosprecio, mientras se dé la servidumbre se mantiene el deber de elegir un señor a quien servir porque se le ama más (cf. Mt 10,37: Lc 14,26); en el servicio a Dios o a Mammón no están en juego, al menos no principalmente, los afectos del siervo por sus señores, sino su decisión por uno de los dos, que excluye necesariamente la relación, incluso la de sumisión, para con el otro; en el fondo, la opción de preferencia por un señor impone la libertad frente al otro.
Ni siquiera el discípulo que, por seguir más de cerca a Jesús, ha abandonado todo, está libre de recaer en el servicio al dinero; el haberse declarado siervo de Dios le obliga a menospreciar la riueza, no le dispensa de tener que evitar el apego al dinero; todo afcto hacia él es, en el siervo de Dios, desordenado. La alternativa que esús establece entre Dios y Mammón deja entrever que nada tiene en contra del culto al dinero, si éste excluye el servicio de Dios; lo que niega, y sin atenuación posible, es que el servicio de Dios pueda simultanearse con la servidumbre al dinero: pues ambos ponen al siervo ante exigencias irreconciliables; aceptar a Dios como tal impone desdivinizar el dinero; el servicio de Dios libera a su siervo de la servidumbre de las riquezas.


Publicado por tabor @ 11:07  | Reflexiones doctrinales.
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