MONS. OSCAR A. ROMERO, UN DEFENSOR PROFÉTICO DE LOS DERECHOS HUMANOS Xavier Alegre, s.j. INTRODUCCIÓN ................................................................................................................. 1. DEFENSOR DE LOS DERECHOS HUMANOS ............................................................. 2. PROFETA DE LA JUSTICIA .......................................................................................... 3. TESTIMONIO MARTIRIAL DEL PROYECTO DE JESÚS ............................................ CONCLUSIÓN .......................................................................................................... NOTAS ................................................................................................................................ 11 4 19 16 24 3 Edita CRISTIANISME I JUSTÍCIA • Roger de Llúria, 13 - 08010 Barcelona • Tel: 93 317 23 38 • Fax: 93 317 10 94 • info@fespinal.com • Febrero 2011 La Fundación Lluís Espinal le comunica que sus datos proceden de nuestro archivo histórico perteneciente a nuestro fichero de nombre BDGACIJ inscrito con el código 2061280639. Para ejercitar los derechos de acceso, rectificación, cancelación y oposición pueden dirigirse a la calle Roger de Llúria, 13 de Barcelona. Xavier Alegre, sj. es profesor de Nuevo Testamento en la Facultat de Teologia de Catalunya y en la UCA de San Salvador. Miembro de Cristianisme i Justícia. Este texto recoge el contenido de la conferencia que Xavier Alegre pronunció en Barcelona, el 13 de diciembre de 2010 con motivo del 30 aniversario de la muerte de Monseñor Romero. La conferencia estuvo organizada por Cristianisme i Justícia y Justícia i Pau. 3 INTRODUCCIÓN Este año celebramos el 30 aniversario del asesinato de Mons. Romero. Recordarlo a él es querer recordar a las numerosas personas que, en El Salvador y en todo el mundo, sellaron con su sangre su compromiso generoso en favor de las personas empobrecidas y oprimidas y en la defensa de los derechos humanos. Es “poner a producir”, como diría Jon Sobrino, “la memoria de los mártires”, el legado que estas personas extraordinarias nos dejaron. Mons. Romero fue un profeta de la justicia y un defensor de los Derechos Humanos, que libró su vida por amor a su pueblo, El Salvador, y por fidelidad al proyecto de Jesús, el Reinado de Dios. Dos amores, el del pueblo y el de Jesús, que para él estaban íntimamente entrelazados. Así pues, ¿qué vale la pena que recordemos en el año en el que conmemoramos el aniversario de su asesinato? De Mons. Romero impacta tanto la talla extraordinaria del personaje en medio de la situación durísima que vivió El Salvador, sobre todo en los tres últimos años de su vida, como impresiona también la generosidad con la que estuvo dispuesto a entregar su vida, antes que callar ante la violación de los derechos humanos que estaba sufriendo su pueblo. De ahí el impresionante amor que la gente de su pueblo –y mucha gente en el mundo–, le sigue teniendo, a pesar de los años transcurridos desde su muerte. En la conmemoración de su aniversario que tuvo lugar en El Salvador en el mes de marzo, participaron desde la gente más sencilla hasta el presidente del país. Éste inauguró en el aeropuerto un mural dedicado a Romero y participó en la marcha desde la Plaza Salvador del Mundo hasta la catedral, donde se celebró una eucaristía y una vigilia festiva durante la noche. Mons. Romero sigue bien vivo en la conciencia de su pueblo y es una fuente de esperanza en unos tiempos que siguen siendo difíciles. Sin embargo, más que dar grandes explicaciones sobre su figura, lo que me propongo en estas líneas es dejar resonar su voz, porque fue una voz lúcida e impactante, que en su manera de vivir y de hablar sigue siendo profundamente actual. A pesar de estar muy en consonancia con el mensaje del Evangelio de Jesús (a fin de cuentas, a Jesús lo mataron también porque defendía la vida, los derechos de las personas empobrecidas y marginadas de su pueblo y porque denunciaba la injusticia de los opresores), aun resulta extraño que un obispo destaque precisamente por su defensa de los derechos humanos1. Mons. Romero se destacó de manera extraordinaria en este aspecto. 1.1. Ante una situación de injusticia Es verdad que a Mons. Romero le tocó vivir la situación de El Salvador, que era especialmente crítica por las continuas y terribles violaciones de los derechos humanos que la mayoría empobrecida de aquel país estaba sufriendo. La injusticia, que había llevado a que las llamadas “catorce familias” poseyeran la mayor parte de las tierras y de la riqueza del país, condenando al empobreci- 4 1. DEFENSOR DE LOS DERECHOS HUMANOS Mons. Romero fue un precursor en la lucha y defensa de los Derechos Humanos, en América Latina. Durante mucho tiempo, a la Oficina del Arzobispado de San Salvador acudía muchísima gente para denunciar a Mons. Romero las diferentes violaciones de los derechos humanos que habían sufrido. Mons. Romero los escuchaba y creó la Oficina de Socorro Jurídico, más tarde la Oficina de Tutela Legal, para que investigase la certeza de los hechos y así poder defender a la gente más pobre. miento y al hambre a las mayorías populares del país, se había agravado en los años en los cuales a Mons. Romero le tocó ser, primero, obispo auxiliar y después, arzobispo de San Salvador. No era una situación especialmente nueva. De hecho, ya en el año 1932, tuvo lugar una represión terrible por parte del ejército de El Salvador, que en un mes mató 32.000 campesinos, muchos de ellos indígenas, que se habían sublevado contra la situación, económicamente injusta, de empobrecimiento, de explotación y de marginación que estaban sufriendo. En la década de los 70, la inquietud volvía a ser muy importante y los grandes terratenientes, con la ayuda de los diferentes gobiernos, del ejército y de los paramilitares, estaban llevando a cabo una escalada de la violencia represiva para intentar controlar y vencer definitivamente las protestas. Los escuadrones de la muerte hacían auténticas atrocidades para asustar a la gente empobrecida y marginada, minando así su resistencia. En un principio, en las décadas de 1960 y 1970, las mayorías empobrecidas del “Pulgarcito” de América Latina habían podido contar con la simpatía y un cierto soporte por parte del arzobispo de San Salvador, Mons. Luis Chávez, que tenía una gran sensibilidad social, hecho que nunca había gustado a la oligarquía salvadoreña. Por esta razón las minorías dominantes habían saludado con alegría que Mons. Chávez, al jubilarse, fuese sustituido por Mons. Romero, y no por Mons. Rivera, obispo auxiliar, de talante más crítico, ya que Mons. Romero era un hombre bueno, humano, piadoso y sencillo, pero más bien de talante conservador, que no simpatizaba para nada con la denominada “teología de la liberación”. Los oligarcas de El Salvador confiaban que, con su talante espiritualista, contribuiría a la alienación del pueblo oprimido y controlaría los espíritus críticos y comprometidos socialmente de su archidiócesis, tanto sacerdotes como laicos. Y en sus inicios así fue. 1.2. La “conversión” Pero la muerte del jesuita Rutilio Grande, amigo personal del arzobispo, el 12 de marzo de 1977, el primer sacerdote que fue asesinado en El Salvador, lo sacudió espiritualmente, cuando acababa de empezar su servicio como arzobispo de San Salvador. Y le abrió los ojos del corazón y de la fe para poder ver la realidad empobrecida y violentada de su pueblo con los ojos de Dios. Es un Dios que, como nos enseña la Biblia, escucha el clamor del pueblo y lo quiere liberar a través de sus profetas (cf. Ex 3), para construir un pueblo que, por su manera de vivir, muestre a todos los pueblos de la tierra que “otro mundo es posible”, un mundo en el cual no hay pobres porque todo el mundo comparte (Dt 15,4). El asesinato de Rutilio, del campesino Don Manuel y del niño Nelson provocó lo que se ha llamado la “conversión” de Mons. Romero (en la misma línea en la que se habla y se entiende la conversión de Pablo). Y provocó que comenzara a poner signos proféticos de lo que sería, desde aquel momento, su servicio como arzobispo. Me refiero a la “misa única”: se suprimieron las otras misas en la archidiócesis el domingo en que se cele- 5 bró el funeral de Rutilio, Manuel y Nelson, para que todo el mundo pudiera participar, aunque fuese por radio, en la misa que él mismo celebró. Esta decisión provocó grandes críticas por parte de los cristianos más conservadores y del nuncio del Vaticano, quien alegaba que celebrar sólo una misa en domingo iba en contra del derecho canónico. 1.3. Oposición creciente de la oligarquía Este cambio de actitud le comportó la oposición creciente de la oligarquía del país, que veía amenazados sus privilegios por las acciones y las palabras punzantes del arzobispo. Pero él, lo que pretendía era defender, sobre todo, la vida, máximo valor humano y divino. Lo formuló claramente en el sermón que hizo el 16-3-19802: «Éste es el pensamiento fundamental de mi predicación: nada me importa tanto como la vida humana. Es algo tan serio y tan profundo, más que la violación de cualquier otro derecho humano, porque es vida de los hijos de Dios y porque esa sangre no hace sino negar el amor, despertar nuevos odios, hacer imposible la reconciliación y la paz. Lo que más se necesita hoy aquí es un alto a la represión.» En cualquier caso, es evidente que Mons. Romero, inspirándose en el Evangelio y en los documentos de Medellín y Puebla, hizo una opción muy clara por los pobres. Se encarnó en medio de ellos. Les predicó un Dios que no sólo los quería, sino que era también liberador. E hizo formulaciones tan iluminadoras como la de que “la gloria de Dios es que el pobre viva”. Se le acusó entonces de traicionar su servicio episcopal, metiéndose en política. Pero él defendió su manera de actuar, mostrando que su defensa de los pobres y su denuncia de las violaciones de los derechos humanos y de la injusticia de los ricos y poderosos, estaba en sintonía con el evangelio, el Vaticano II y los documentos de Medellín y Puebla. A modo de ejemplo cito un fragmento de uno de sus sermones (5-3-1978): «La Iglesia no pretende poder político ni basa su acción pastoral sobre el poder político ni entra en juego de los diferentes partidos políticos ni se identifica con ningún partido político. Pero la Iglesia tiene que decir su palabra autorizada aun en problemas que guardan conexión con el orden público ‘cuando lo exigen los derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas’. Todo esto es del Concilio. La Iglesia, pues, defiende los derechos humanos de todos los ciudadanos, debe sostener con preferencia a los más pobres, débiles y marginados; promover el desarrollo de la persona humana, ser la conciencia crítica de la sociedad. La Iglesia tiene que ser la conciencia crítica de la sociedad, formar también la conciencia cristiana de los creyentes y trabajar por la causa de la justicia y de la paz.» Y en otra homilía, que hizo precisamente el 23-3-1980, la vigilia de su asesinato, dijo: 6 «Ya sé que hay muchos que se escandalizan de esta palabra y quieren acusarla de que ha dejado la predicación del Evangelio para meterse en política; pero no acepto yo esta acusación, sino que hago un esfuerzo para que todo lo que nos ha querido impulsar el Concilio Vaticano II, la reunión de Medellín y de Puebla, no sólo lo tengamos en las páginas y los estudiemos teóricamente, sino que lo vivamos y lo traduzcamos en esta conflictiva realidad de predicar como se debe el Evangelio para nuestro pueblo. Por eso, le pido al Señor, durante toda la semana, mientras voy recogiendo el clamor del pueblo y el dolor de tanto crimen, la ignominia de tanta violencia, que me dé la palabra oportuna para consolar, para denunciar, para llamar al arrepentimiento y, aunque siga siendo una voz que clama en el desierto, sé que la Iglesia está haciendo el esfuerzo por cumplir con su misión.» Y le acusan, también, de estar fomentando la violencia en el país. Él se defiende de la acusación injusta en sus homilías, retransmitidas por radio. En ellas, hacía de portavoz de aquellos que no tenían voz en el país, denunciando las violaciones de los derechos humanos que habían sucedido la semana anterior, y procurando iluminar, desde el Evangelio y las lecturas leídas durante la eucaristía, lo que estaba sucediendo en el país. En este punto conviene tener presente que, para poder hacer las denuncias con fundamento, aparte de recibir y de escuchar a las personas que habían sufrido alguna violación de los derechos humanos, confrontaba con el equipo que lo asesoraba en los temas de las violaciones de los derechos humanos, la veracidad de los hechos y la manera de hacer las denuncias. En cuanto a la acusación de que fomentaba la violencia, dijo, entre otras cosas: «La violencia no la está sembrando la Iglesia, la violencia la están sembrando las situaciones injustas, la situación de instituciones y leyes injustas que solamente favorecen a un sector y no tienen en cuenta el bien común de la mayoría. Y aquí la Iglesia no se podrá callar porque es un derecho evangélico que la asiste y un deber hacia el Padre de todos los hombres, que la obliga a reclamar a los hombres la fraternidad.» (Homilía del 1-4-1978). Y más de un año después, decía en una homilía el 12-8-1979: «Cuando Cristo nos dice en la segunda lectura de hoy: “Amad como Cristo se entregó por vosotros”. Así se ama. La única violencia que admite el Evangelio es la que uno se hace a sí mismo. Cuando Cristo se deja matar, esa es la violencia, dejarse matar. La violencia en uno es más eficaz que la violencia en otros. Es muy fácil matar, sobre todo cuando se tienen armas, pero ¡qué difícil es dejarse matar por amor al pueblo!» Y en la homilía del 15-7-1977 había dicho: «¡Qué hermosa será la hora en que todos los salvadoreños en vez de desconfiar unos de otros, en vez de 7 ver en la Iglesia una emisaria de la subversión, vean en ella la mensajera de Dios, la ciudad de Dios que baja para darle santidad a los hombres, para liberarlos de resentimientos, de odios, para quitar de sus manos armas homicidas! No tendríamos que lamentar historias tan tristes como el saldo que nos deja esta semana: un canciller asesinado, un sacerdote acribillado a balazos en su propia casa, un niño que no tiene culpa también con los sesos echados afuera por la bala homicida. El odio, la campaña difamatoria, como si la Iglesia tuviera la culpa de todo ese desorden. ¿No son más culpables los que escriben esas páginas tendenciosas? ¿No están poniendo armas en las manos aquellos que por la colonia Escalón regaron la hojita de estos días: “Haz patria, mata un cura”? Esto es provocar. ¡A esto no se le llama subversión! Se parece a los tiempos de Hitler –decía nuestra radio ayer– en que se decía: “Haz patria, mata un judío”. Hoy es el sacerdote el estorbo, es la causa de todos los males.» 1.4. Una denuncia basada en el amor, la paz y la justicia Creo, por otro lado, que es un rasgo específico muy cristiano de la actuación de Mons. Romero, que su defensa de los pobres y oprimidos, sus denuncias de las violaciones de los derechos humanos, nunca surgieron del odio, ni lo quisieron fomentar. Todo lo contrario, estaba realmente apasionado por fomentar el amor entre todos sus diocesanos y entre todos los salvadoreños, puesto que, como Pablo (Rm 12,21), Romero estaba convencido de que se tiene que vencer el mal con el bien. Pero esto no le impidió que fuese consciente de que era el egoísmo y el afán de querer tener cada vez más, la idolatría del dinero, lo que provocaba las violaciones de los derechos humanos y los sufrimientos innecesarios de las mayorías empobrecidas de su pueblo. Y que había que denunciarlo y llamar a la conversión a los ricos que no querían compartir. En esto fue también muy fiel a Jesús, quien proclamó programáticamente que no se puede servir a Dios y al dinero a la vez (Lc 16,13; Mc 10,25). Para Romero, la idolatría del dinero es el cáncer de las buenas relaciones interhumanas y la causa principal del sufrimiento innecesario de las mayorías empobrecidas de nuestro mundo. En cualquier caso, la paz que él siempre quiso buscar, no puede ser la paz del cementerio, o una paz que no se fundamente en la justicia. Un texto de una de sus homilías muestra bien esta unión necesaria que veía él entre el amor, la paz y la justicia: «Hermanos, sí de verdad lo somos, ¡hermanos!, trabajemos por construir un amor y una paz –pero no una paz y un amor superficiales, de sentimientos, de apariencias–, un amor y una paz que tiene sus raíces profundas en la justicia. Sin justicia no hay amor verdadero, sin justicia no hay la verdadera paz. He aquí, pues, que si queremos seguir la vertiente del bien que nos hace solidarios con Cristo, tratemos de matar en el corazón los malos instintos que llevan a 8 estas violencias y a estos crímenes y tratemos de sembrar en nuestro propio corazón, y en el corazón de todos aquellos con quienes compartimos la vida, el amor, la paz, pero una paz y un amor con la base de la justicia.» (Misa exequial por Raúl Molina Cañas, el 14-11-1977) «Sería una locura pretender que esta catedral llena salga de aquí en una manifestación de odio y de violencia. Al contrario, yo creo que el atractivo de la predicación de hoy es porque se predica el verdadero amor, el perdón, la justicia, la paz. Pero no una paz ganada con represión, una paz que no es de cementerios, una paz que se construye sólida sobre las bases de la justicia y del amor. Por eso decimos que la paz que aquí predicamos es la paz de Cristo, de la que Él dijo que siembra división. La paz verdadera también siembra división porque no todos comprenden la profundidad de justicia donde están las raíces de la paz y sólo quisieran una predicación muelle, suavecita, que no ofenda y que predique una paz falsa.» (Homilía del 9-4-1978) Pero él, en cualquier caso, quiso ser el arzobispo de todo el mundo, también de los ricos, sin marginar a nadie, pero siendo auténtico testimonio de la verdad del Evangelio: «También quiero que quede bien claro esto, hermanos, porque alguno ha dicho que el nuevo arzobispo no quiere ser obispo de los ricos, sino de los pobres. Es mentira. Pertenece a la campaña difamatoria esa frase. Desde el principio todos me han oído: estoy con todos, abierto al diálogo con todos, dispuesto a corregir mis errores, de cualquier sector que me vengan a platicar. Los amo a todos y es mi misión amarlos para salvarlos. » (Homilía del 8-5-1977) Por esto también pidió a las oligarquías que no lo consideraran su enemigo, puesto que lo único que quería con sus duras críticas es que fueran sensibles al sufrimiento de los empobrecidos de su pueblo: «Un llamamiento a la oligarquía. Les repito lo que dije la otra vez: “no me consideren juez ni enemigo”. Soy simplemente el pastor, el hermano, el amigo de este pueblo, que sabe de sus sufrimientos, de sus hambres, de sus angustias; y, en nombre de esas voces, yo levanto mi voz para decir: “no idolatren sus riquezas, no las salven de manera que dejen morir de hambre a los demás; compartir para ser felices”. El cardenal Lorscheider me dijo una comparación muy pintoresca: “Hay que saber quitarse los anillos para que no le quiten los dedos”. Creo que es una expresión bien inteligible. El que no quiere soltar los anillos se expone a que le corten la mano; y el que no quiere dar por amor y por justicia social se impone a que se lo arrebaten por la violencia.» (Homilía del 6-1-1980) 1.5. Apoyo crítico a las organizaciones populares Los oligarcas, por desgracia, no le quisieron escuchar. Pero la historia le dio la 9 razón. Por otro lado, tiene una postura muy serena y matizada ante la violencia que como respuesta están provocando las organizaciones populares: «He aquí precisamente lo que la Iglesia señala en todo nuestro continente: los terrorismos, los brotes de violencia, la Iglesia no los puede aprobar; pero tampoco puede reprobarlos sin un análisis profundo de dónde proceden. Mientras una violencia institucionalizada, privilegiada, trate de reprimir las aspiraciones justas de un sector, siempre estarán las semillas de la violencia entre nosotros. Por eso, mientras no se haga efectivo un nuevo modo de vivir, no tendremos paz ni unidad ni comunión entre los salvadoreños.» (Homilía del 19-2-1978). Quisiera hacer notar también, por otro lado, que con su implicación en la defensa de los derechos humanos, sobre todo de aquellas personas que tenían la vida más amenazada y disfrutaban de menos derechos, Romero quería corregir un tipo de espiritualismo cristiano que, con razón, ha sido acusado de ser un “opio del pueblo”. Para él, el Reinado de Dios no se refiere sólo al otro mundo, sino que implica un compromiso en la transformación de este mundo, de manera que se vea que “otro mundo es posible”. Lo dice bien claro en una de sus homilías: «Porque yo no quiero ser opio, como alguien ha dicho, en el Bloque Popular Revolucionario que soy. ¡Nunca! Estoy diciendo que, precisamente, estas referencias a la trascendencia son para excitar más la promoción de lo histórico, de lo social, de lo económico, de lo político. Y estoy diciendo que Dios no sólo ha hecho el cielo después de la muerte para el hombre, sino que ha hecho esta tierra también para todos los hombres. ¡Esto no es predicar el opio!» (Homilía del 9-9-1979) Esto le llevó a dar su apoyo, pero un apoyo crítico, a las organizaciones populares: «Siento, como pastor, que tengo un deber para con las organizaciones políticas populares. Aun cuando ellas desconfíen de mí, mi deber es defender su derecho de organización, apoyar todo lo justo de sus reivindicaciones; pero así, también, quiero mantener mi autonomía para criticar todos sus abusos de organización, para delatar y denunciar todo aquello que ya significa una idolatría de la organización; y llamarles, en cambio, a un diálogo en el que busquemos entre todos. Las fuerzas organizadas son poderosas en una sociedad y lo pueden todo cuando son capaces de dialogar, pero también disminuyen las fuerzas cuando son fanáticas y no quieren más que su propia voz.» (Homilía del 16-12- 1979) 10 2.1. La idolatría del dinero Y se atrevió a denunciar esta idolatría con palabras muy claras: «Yo denuncio, sobre todo, la absolutización de la riqueza. Éste es el gran mal de El Salvador: la riqueza, la propiedad privada como un absoluto intocable. ¡Y ay del que toque ese alambre de alta tensión! Se quema.» Dijo también el 24-7-1977: «La Iglesia no puede callar ante esas injusticias del orden económico, del orden político, del orden social. Si callara, la Iglesia sería cómplice del que se margina y duerme un conformismo enfermizo, pecaminoso, o del que se aprovecha de ese adormecimiento del pueblo para abusar y acaparar económicamente, políticamente, y marginar una inmensa mayoría del pueblo. Esta es la voz de la Iglesia, hermanos. Y mientras no se la deje libertad de clamar estas verdades de su Evangelio, hay persecución. Y se trata de cosas sustanciales, no de cosas de poca importancia. Es cuestión de vida o muerte para el reino de Dios en esta tierra.» En esta lucha por la justicia, Mons. Romero se sentía en sintonía profunda 11 2. PROFETA DE LA JUSTICIA Como ya habían defendido los grandes profetas de Israel, para Mons. Romero no puede haber una auténtica paz si ésta no nace de la justicia. Reflexionó mucho sobre la injusticia que dominaba este mundo, y, de manera especial, en su país. Y llegó a la conclusión de que la raíz más honda de la injusticia era la idolatría del dinero, causante de los principales males de El Salvador. con todas las personas, cristianas o no, que trabajaban por un mundo más justo. Lo subrayó en una homilía, el 3-12- 1978: «La Iglesia está cerca de todo hombre que lucha por la justicia, de todo hombre que busca reivindicaciones justas en un ambiente injusto, y que trabaja por el reino de Dios, sea o no cristiano. La Iglesia no abarca todo el reino de Dios. El reino de Dios está más allá de las fronteras de la Iglesia y, por lo tanto, la Iglesia aprecia todo aquello que sintoniza con su lucha por implantar el reino de Dios. Una Iglesia que trata solamente de conservarse pura, incontaminada, eso no sería Iglesia de servicio de Dios a los hombres.» 2.2. Injusticia y violencia Al desarrollar este segundo punto, “Romero profeta de la justicia”, hay un punto que enlaza con el tema de la violencia del cual antes hemos hablado. Para él la violencia surge de la injusticia, y por tanto, sin justicia no puede haber diálogo auténtico entre las partes en confrontación3: «Pero ni siquiera este diálogo servirá para restablecer la paz deseada si no se da la firme voluntad de transformar las estructuras injustas de la sociedad. Sólo esa transformación será capaz de eliminar las violencias concretas, opresivas, represivas o espontáneas. De otra manera, como lo han dicho los obispos latinoamericanos, la violencia se institucionaliza y por ello sus frutos no se hacen esperar. La Iglesia cree en la paz; pero sabe muy bien que la paz no es ni la ausencia de violencia, ni se consigue con la violencia represiva. La verdadera paz sólo se logra como fruto de la justicia. Queremos creer que ningún hombre ni ningún salvadoreño de buena voluntad quiere la violencia o las luchas entre hermanos campesinos, los operativos militares. Pero el combatirla de verdad es ponerse a trabajar en la tarea urgente, larga y dura de compartir justamente entre todos los salvadoreños la riqueza de nuestro país y de nuestros hombres y mujeres. Esto no es comunismo; esto es justicia cristiana. Yseñalar las raíces de la violencia no es sembrar violencia, sino señalar las fuentes de la violencia y exigir a quienes pueden cambiar, que cambien, que se vea un paso positivo hacia una construcción de verdadera patria, de verdadero bien común.» (Homilía del 1-4- 1978) 2.3. La paz y la justicia: tarea primordial de la Iglesia Es por este motivo por lo que él creyó que la paz y el amor entre todos los hombres (y pueblos, diría él también hoy), nacen de la justicia. Es una tarea primordial de la Iglesia, si quiere ser fiel a Jesús. Por esto decía: «Invocar el nombre del Señor es una expresión clásica de la Biblia. Quiere decir no solamente invocarlo con los labios. Quiere decir tomar conciencia de que somos el pueblo de 12 Dios. Quiere decir que en la historia del hombre está comprometida la Iglesia de Dios. Quiere decir invocar el nombre del Señor sobre su pueblo, que este pueblo tiene un compromiso con ese Dios y que en su marcha por la historia, ese pueblo tiene que dar gloria a Dios no sólo con la expresión de sus buenos sentimientos, sino realizando una sociedad que de verdad sea la sociedad de los hijos de Dios, donde la paz no solamente sea el equilibrio del temor, donde la paz no sea el silencio de los cementerios, donde la paz sea la alegría dinámica de un Dios de paz que, precisamente por ser un Dios de la paz, construye, se desparrama –diríamos– en bondades, realiza la pluriforme maravilla de la creación; y sus hijos tenemos que hacer lo mismo: una paz que se construye en la justicia, en el amor y en la bondad.» (Homilía del 31-12-1977) Y se apoya en palabras de Juan Pablo II para dar aún más fuerza a su defensa de la paz, que se apoya en la justicia, como auténtico antídoto contra la violencia que estaba destruyendo a su pueblo: «Como ven, el Papa no cancela el pasado, lo recuerda. Pero lo recuerda con una esperanza de que no se vuelva a repetir, que busquemos, por el camino de una concordia bien entendida, el superar ese clima de violencia. Ese “no a la violencia” para 1978 tiene que buscarse por esos caminos que el Papa acaba de señalar. Ytambién será –dice el Papa– el camino para llegar a “construir una atmósfera social en la que se enmienden adecuadamente injusticias evidentes que impiden que los bienes creados lleguen de manera equitativa a todos, bajo la égida de la justicia y con la compañía de la caridad”. Son palabras del Santo Padre reconociendo esta triste realidad salvadoreña: una atmósfera social en la que los bienes creados por Dios no llegan a hacer felices a todos los salvadoreños. Y es necesario que, en un ambiente de justicia y de amor fraterno, sintamos que esta república tan bella, que estas tierras tan fértiles, que estos cielos tan lindos de El Salvador, sean alegría de todos los salvadoreños, que todos nos sintamos hermanos cobijados por los dones del mismo Dios para todos. Por eso, hermanos, el “no a la violencia” tiene que estar cimentado sobre los fundamentos de justicia. En Medellín, los obispos de América Latina –aprobados por este mismo Papa– dijeron que la paz en el continente no será posible mientras no se construya un orden más justo, que la paz no es ausencia de guerra, la paz no es miedo de represión, la paz no es equilibrio de dos poderes que se tienen pavor. La paz es el fruto de la justicia, la paz será flor de un amor y de una justicia en el ambiente. Sí a la paz –dice el Papa–, sí a Dios, sí –diríamos nosotros– a la justicia, sí al amor, sí a la comprensión de todos los salvadoreños. Sólo así tendremos esa afirmación neta de la paz.» (Homilía del 6-1-1978)