jueves, 12 de mayo de 2011

MONS. OSCAR A. ROMERO, UN DEFENSOR PROFÉTICO

DE LOS DERECHOS HUMANOS

Xavier Alegre, s.j.

INTRODUCCIÓN .................................................................................................................

1. DEFENSOR DE LOS DERECHOS HUMANOS .............................................................

2. PROFETA DE LA JUSTICIA ..........................................................................................

3. TESTIMONIO MARTIRIAL DEL PROYECTO DE JESÚS ............................................

CONCLUSIÓN ..........................................................................................................

NOTAS ................................................................................................................................

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Edita CRISTIANISME I JUSTÍCIA • Roger de Llúria, 13 - 08010 Barcelona • Tel: 93

317 23 38 • Fax: 93 317 10 94 • info@fespinal.com • Febrero 2011

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acceso, rectificación, cancelación y oposición pueden dirigirse a la calle Roger de Llúria, 13 de Barcelona.

Xavier Alegre, sj. es profesor de Nuevo Testamento en la Facultat de Teologia de Catalunya

y en la UCA de San Salvador. Miembro de Cristianisme i Justícia.

Este texto recoge el contenido de la conferencia que Xavier

Alegre pronunció en Barcelona, el 13 de diciembre de 2010 con

motivo del 30 aniversario de la muerte de Monseñor Romero. La

conferencia estuvo organizada por Cristianisme i Justícia y

Justícia i Pau.

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INTRODUCCIÓN

Este año celebramos el 30 aniversario del asesinato de Mons. Romero.

Recordarlo a él es querer recordar a las numerosas personas que, en

El Salvador y en todo el mundo, sellaron con su sangre su compromiso

generoso en favor de las personas empobrecidas y oprimidas y en

la defensa de los derechos humanos. Es “poner a producir”, como diría

Jon Sobrino, “la memoria de los mártires”, el legado que estas personas

extraordinarias nos dejaron. Mons. Romero fue un profeta de la

justicia y un defensor de los Derechos Humanos, que libró su vida por

amor a su pueblo, El Salvador, y por fidelidad al proyecto de Jesús, el

Reinado de Dios. Dos amores, el del pueblo y el de Jesús, que para él

estaban íntimamente entrelazados.

Así pues, ¿qué vale la pena que recordemos en el año en el que conmemoramos

el aniversario de su asesinato?

De Mons. Romero impacta tanto la talla extraordinaria del personaje en

medio de la situación durísima que vivió El Salvador, sobre todo en los

tres últimos años de su vida, como impresiona también la generosidad

con la que estuvo dispuesto a entregar su vida, antes que callar ante la

violación de los derechos humanos que estaba sufriendo su pueblo.

De ahí el impresionante amor que la gente de su pueblo –y mucha

gente en el mundo–, le sigue teniendo, a pesar de los años transcurridos

desde su muerte. En la conmemoración de su aniversario que tuvo

lugar en El Salvador en el mes de marzo, participaron desde la gente

más sencilla hasta el presidente del país. Éste inauguró en el aeropuerto

un mural dedicado a Romero y participó en la marcha desde la

Plaza Salvador del Mundo hasta la catedral, donde se celebró una

eucaristía y una vigilia festiva durante la noche. Mons. Romero sigue

bien vivo en la conciencia de su pueblo y es una fuente de esperanza

en unos tiempos que siguen siendo difíciles.

Sin embargo, más que dar grandes explicaciones sobre su figura, lo

que me propongo en estas líneas es dejar resonar su voz, porque fue

una voz lúcida e impactante, que en su manera de vivir y de hablar

sigue siendo profundamente actual.

A pesar de estar muy en consonancia

con el mensaje del Evangelio de Jesús

(a fin de cuentas, a Jesús lo mataron

también porque defendía la vida, los derechos

de las personas empobrecidas y

marginadas de su pueblo y porque denunciaba

la injusticia de los opresores),

aun resulta extraño que un obispo destaque

precisamente por su defensa de

los derechos humanos1. Mons. Romero

se destacó de manera extraordinaria en

este aspecto.

1.1. Ante una situación de

injusticia

Es verdad que a Mons. Romero le tocó

vivir la situación de El Salvador, que era

especialmente crítica por las continuas

y terribles violaciones de los derechos

humanos que la mayoría empobrecida

de aquel país estaba sufriendo. La injusticia,

que había llevado a que las llamadas

“catorce familias” poseyeran la

mayor parte de las tierras y de la riqueza

del país, condenando al empobreci-

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1. DEFENSOR DE LOS DERECHOS HUMANOS

Mons. Romero fue un precursor en la lucha y defensa de los Derechos

Humanos, en América Latina. Durante mucho tiempo, a la Oficina del

Arzobispado de San Salvador acudía muchísima gente para denunciar

a Mons. Romero las diferentes violaciones de los derechos humanos

que habían sufrido. Mons. Romero los escuchaba y creó la Oficina de

Socorro Jurídico, más tarde la Oficina de Tutela Legal, para que investigase

la certeza de los hechos y así poder defender a la gente más

pobre.

miento y al hambre a las mayorías populares

del país, se había agravado en

los años en los cuales a Mons. Romero

le tocó ser, primero, obispo auxiliar y

después, arzobispo de San Salvador.

No era una situación especialmente

nueva. De hecho, ya en el año 1932, tuvo

lugar una represión terrible por parte

del ejército de El Salvador, que en un

mes mató 32.000 campesinos, muchos

de ellos indígenas, que se habían sublevado

contra la situación, económicamente

injusta, de empobrecimiento, de

explotación y de marginación que estaban

sufriendo.

En la década de los 70, la inquietud

volvía a ser muy importante y los grandes

terratenientes, con la ayuda de los diferentes

gobiernos, del ejército y de los

paramilitares, estaban llevando a cabo

una escalada de la violencia represiva

para intentar controlar y vencer definitivamente

las protestas. Los escuadrones

de la muerte hacían auténticas atrocidades

para asustar a la gente empobrecida

y marginada, minando así su resistencia.

En un principio, en las décadas de

1960 y 1970, las mayorías empobrecidas

del “Pulgarcito” de América Latina

habían podido contar con la simpatía y

un cierto soporte por parte del arzobispo

de San Salvador, Mons. Luis Chávez,

que tenía una gran sensibilidad social,

hecho que nunca había gustado a la

oligarquía salvadoreña. Por esta razón

las minorías dominantes habían saludado

con alegría que Mons. Chávez, al jubilarse,

fuese sustituido por Mons.

Romero, y no por Mons. Rivera, obispo

auxiliar, de talante más crítico, ya que

Mons. Romero era un hombre bueno,

humano, piadoso y sencillo, pero más

bien de talante conservador, que no simpatizaba

para nada con la denominada

“teología de la liberación”. Los oligarcas

de El Salvador confiaban que, con

su talante espiritualista, contribuiría a la

alienación del pueblo oprimido y controlaría

los espíritus críticos y comprometidos

socialmente de su archidiócesis,

tanto sacerdotes como laicos. Y en

sus inicios así fue.

1.2. La “conversión”

Pero la muerte del jesuita Rutilio Grande,

amigo personal del arzobispo, el 12

de marzo de 1977, el primer sacerdote

que fue asesinado en El Salvador, lo sacudió

espiritualmente, cuando acababa

de empezar su servicio como arzobispo

de San Salvador. Y le abrió los ojos del

corazón y de la fe para poder ver la realidad

empobrecida y violentada de su

pueblo con los ojos de Dios. Es un Dios

que, como nos enseña la Biblia, escucha

el clamor del pueblo y lo quiere liberar

a través de sus profetas (cf. Ex 3), para

construir un pueblo que, por su manera

de vivir, muestre a todos los pueblos de

la tierra que “otro mundo es posible”, un

mundo en el cual no hay pobres porque

todo el mundo comparte (Dt 15,4). El

asesinato de Rutilio, del campesino Don

Manuel y del niño Nelson provocó lo

que se ha llamado la “conversión” de

Mons. Romero (en la misma línea en la

que se habla y se entiende la conversión

de Pablo). Y provocó que comenzara a

poner signos proféticos de lo que sería,

desde aquel momento, su servicio como

arzobispo. Me refiero a la “misa única”:

se suprimieron las otras misas en la archidiócesis

el domingo en que se cele-

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bró el funeral de Rutilio, Manuel y Nelson,

para que todo el mundo pudiera

participar, aunque fuese por radio, en la

misa que él mismo celebró. Esta decisión

provocó grandes críticas por parte

de los cristianos más conservadores

y del nuncio del Vaticano, quien alegaba

que celebrar sólo una misa en domingo

iba en contra del derecho canónico.

1.3. Oposición creciente de

la oligarquía

Este cambio de actitud le comportó la

oposición creciente de la oligarquía del

país, que veía amenazados sus privilegios

por las acciones y las palabras punzantes

del arzobispo. Pero él, lo que pretendía

era defender, sobre todo, la vida,

máximo valor humano y divino. Lo formuló

claramente en el sermón que hizo

el 16-3-19802:

«Éste es el pensamiento fundamental

de mi predicación: nada me importa

tanto como la vida humana. Es

algo tan serio y tan profundo, más

que la violación de cualquier otro

derecho humano, porque es vida de

los hijos de Dios y porque esa sangre

no hace sino negar el amor, despertar

nuevos odios, hacer imposible

la reconciliación y la paz. Lo que

más se necesita hoy aquí es un alto

a la represión.»

En cualquier caso, es evidente que

Mons. Romero, inspirándose en el

Evangelio y en los documentos de

Medellín y Puebla, hizo una opción

muy clara por los pobres. Se encarnó en

medio de ellos. Les predicó un Dios que

no sólo los quería, sino que era también

liberador. E hizo formulaciones tan iluminadoras

como la de que “la gloria de

Dios es que el pobre viva”.

Se le acusó entonces de traicionar su

servicio episcopal, metiéndose en política.

Pero él defendió su manera de actuar,

mostrando que su defensa de los

pobres y su denuncia de las violaciones

de los derechos humanos y de la injusticia

de los ricos y poderosos, estaba en

sintonía con el evangelio, el Vaticano II

y los documentos de Medellín y Puebla.

A modo de ejemplo cito un fragmento

de uno de sus sermones (5-3-1978):

«La Iglesia no pretende poder político

ni basa su acción pastoral sobre

el poder político ni entra en juego de

los diferentes partidos políticos ni se

identifica con ningún partido político.

Pero la Iglesia tiene que decir su

palabra autorizada aun en problemas

que guardan conexión con el orden

público ‘cuando lo exigen los derechos

fundamentales de la persona

humana o la salvación de las almas’.

Todo esto es del Concilio. La Iglesia,

pues, defiende los derechos humanos

de todos los ciudadanos, debe

sostener con preferencia a los más

pobres, débiles y marginados; promover

el desarrollo de la persona humana,

ser la conciencia crítica de la

sociedad. La Iglesia tiene que ser la

conciencia crítica de la sociedad,

formar también la conciencia cristiana

de los creyentes y trabajar por

la causa de la justicia y de la paz.»

Y en otra homilía, que hizo precisamente

el 23-3-1980, la vigilia de su asesinato,

dijo:

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«Ya sé que hay muchos que se escandalizan

de esta palabra y quieren

acusarla de que ha dejado la predicación

del Evangelio para meterse

en política; pero no acepto yo esta

acusación, sino que hago un esfuerzo

para que todo lo que nos ha querido

impulsar el Concilio Vaticano

II, la reunión de Medellín y de

Puebla, no sólo lo tengamos en las

páginas y los estudiemos teóricamente,

sino que lo vivamos y lo traduzcamos

en esta conflictiva realidad

de predicar como se debe el

Evangelio para nuestro pueblo. Por

eso, le pido al Señor, durante toda la

semana, mientras voy recogiendo el

clamor del pueblo y el dolor de tanto

crimen, la ignominia de tanta violencia,

que me dé la palabra oportuna

para consolar, para denunciar,

para llamar al arrepentimiento y,

aunque siga siendo una voz que clama

en el desierto, sé que la Iglesia

está haciendo el esfuerzo por cumplir

con su misión.»

Y le acusan, también, de estar fomentando

la violencia en el país. Él se

defiende de la acusación injusta en sus

homilías, retransmitidas por radio. En

ellas, hacía de portavoz de aquellos que

no tenían voz en el país, denunciando

las violaciones de los derechos humanos

que habían sucedido la semana anterior,

y procurando iluminar, desde el

Evangelio y las lecturas leídas durante

la eucaristía, lo que estaba sucediendo

en el país. En este punto conviene tener

presente que, para poder hacer las denuncias

con fundamento, aparte de recibir

y de escuchar a las personas que habían

sufrido alguna violación de los

derechos humanos, confrontaba con el

equipo que lo asesoraba en los temas de

las violaciones de los derechos humanos,

la veracidad de los hechos y la manera

de hacer las denuncias. En cuanto

a la acusación de que fomentaba la violencia,

dijo, entre otras cosas:

«La violencia no la está sembrando

la Iglesia, la violencia la están sembrando

las situaciones injustas, la situación

de instituciones y leyes injustas

que solamente favorecen a un

sector y no tienen en cuenta el bien

común de la mayoría. Y aquí la

Iglesia no se podrá callar porque es

un derecho evangélico que la asiste

y un deber hacia el Padre de todos

los hombres, que la obliga a reclamar

a los hombres la fraternidad.»

(Homilía del 1-4-1978).

Y más de un año después, decía en

una homilía el 12-8-1979:

«Cuando Cristo nos dice en la segunda

lectura de hoy: “Amad como

Cristo se entregó por vosotros”. Así

se ama. La única violencia que admite

el Evangelio es la que uno se

hace a sí mismo. Cuando Cristo se

deja matar, esa es la violencia, dejarse

matar. La violencia en uno es más

eficaz que la violencia en otros. Es

muy fácil matar, sobre todo cuando

se tienen armas, pero ¡qué difícil es

dejarse matar por amor al pueblo!»

Y en la homilía del 15-7-1977 había

dicho:

«¡Qué hermosa será la hora en que

todos los salvadoreños en vez de

desconfiar unos de otros, en vez de

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ver en la Iglesia una emisaria de la

subversión, vean en ella la mensajera

de Dios, la ciudad de Dios que baja

para darle santidad a los hombres,

para liberarlos de resentimientos, de

odios, para quitar de sus manos armas

homicidas! No tendríamos que

lamentar historias tan tristes como el

saldo que nos deja esta semana: un

canciller asesinado, un sacerdote

acribillado a balazos en su propia casa,

un niño que no tiene culpa también

con los sesos echados afuera

por la bala homicida. El odio, la campaña

difamatoria, como si la Iglesia

tuviera la culpa de todo ese desorden.

¿No son más culpables los que

escriben esas páginas tendenciosas?

¿No están poniendo armas en las manos

aquellos que por la colonia Escalón

regaron la hojita de estos días:

“Haz patria, mata un cura”? Esto es

provocar. ¡A esto no se le llama subversión!

Se parece a los tiempos de

Hitler –decía nuestra radio ayer– en

que se decía: “Haz patria, mata un

judío”. Hoy es el sacerdote el estorbo,

es la causa de todos los males.»

1.4. Una denuncia basada en el

amor, la paz y la justicia

Creo, por otro lado, que es un rasgo específico

muy cristiano de la actuación

de Mons. Romero, que su defensa de los

pobres y oprimidos, sus denuncias de

las violaciones de los derechos humanos,

nunca surgieron del odio, ni lo quisieron

fomentar. Todo lo contrario, estaba

realmente apasionado por fomentar

el amor entre todos sus diocesanos y entre

todos los salvadoreños, puesto que,

como Pablo (Rm 12,21), Romero estaba

convencido de que se tiene que vencer

el mal con el bien.

Pero esto no le impidió que fuese

consciente de que era el egoísmo y el

afán de querer tener cada vez más, la

idolatría del dinero, lo que provocaba

las violaciones de los derechos humanos

y los sufrimientos innecesarios de

las mayorías empobrecidas de su pueblo.

Y que había que denunciarlo y llamar

a la conversión a los ricos que no

querían compartir. En esto fue también

muy fiel a Jesús, quien proclamó programáticamente

que no se puede servir

a Dios y al dinero a la vez (Lc 16,13;

Mc 10,25). Para Romero, la idolatría del

dinero es el cáncer de las buenas relaciones

interhumanas y la causa principal

del sufrimiento innecesario de las mayorías

empobrecidas de nuestro mundo.

En cualquier caso, la paz que él

siempre quiso buscar, no puede ser la

paz del cementerio, o una paz que no se

fundamente en la justicia. Un texto de

una de sus homilías muestra bien esta

unión necesaria que veía él entre el

amor, la paz y la justicia:

«Hermanos, sí de verdad lo somos,

¡hermanos!, trabajemos por construir

un amor y una paz –pero no una

paz y un amor superficiales, de sentimientos,

de apariencias–, un amor

y una paz que tiene sus raíces profundas

en la justicia. Sin justicia no

hay amor verdadero, sin justicia no

hay la verdadera paz. He aquí, pues,

que si queremos seguir la vertiente

del bien que nos hace solidarios con

Cristo, tratemos de matar en el corazón

los malos instintos que llevan a

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estas violencias y a estos crímenes

y tratemos de sembrar en nuestro

propio corazón, y en el corazón de

todos aquellos con quienes compartimos

la vida, el amor, la paz, pero

una paz y un amor con la base de la

justicia.» (Misa exequial por Raúl

Molina Cañas, el 14-11-1977)

«Sería una locura pretender que

esta catedral llena salga de aquí en

una manifestación de odio y de violencia.

Al contrario, yo creo que el

atractivo de la predicación de hoy es

porque se predica el verdadero amor,

el perdón, la justicia, la paz. Pero no

una paz ganada con represión, una

paz que no es de cementerios, una

paz que se construye sólida sobre las

bases de la justicia y del amor. Por

eso decimos que la paz que aquí predicamos

es la paz de Cristo, de la que

Él dijo que siembra división. La paz

verdadera también siembra división

porque no todos comprenden la profundidad

de justicia donde están las

raíces de la paz y sólo quisieran una

predicación muelle, suavecita, que

no ofenda y que predique una paz

falsa.» (Homilía del 9-4-1978)

Pero él, en cualquier caso, quiso ser

el arzobispo de todo el mundo, también

de los ricos, sin marginar a nadie, pero

siendo auténtico testimonio de la verdad

del Evangelio:

«También quiero que quede bien

claro esto, hermanos, porque alguno

ha dicho que el nuevo arzobispo no

quiere ser obispo de los ricos, sino

de los pobres. Es mentira. Pertenece

a la campaña difamatoria esa frase.

Desde el principio todos me han oído:

estoy con todos, abierto al diálogo

con todos, dispuesto a corregir

mis errores, de cualquier sector que

me vengan a platicar. Los amo a todos

y es mi misión amarlos para salvarlos.

» (Homilía del 8-5-1977)

Por esto también pidió a las oligarquías

que no lo consideraran su enemigo,

puesto que lo único que quería con

sus duras críticas es que fueran sensibles

al sufrimiento de los empobrecidos de

su pueblo:

«Un llamamiento a la oligarquía.

Les repito lo que dije la otra vez: “no

me consideren juez ni enemigo”.

Soy simplemente el pastor, el hermano,

el amigo de este pueblo, que

sabe de sus sufrimientos, de sus

hambres, de sus angustias; y, en

nombre de esas voces, yo levanto mi

voz para decir: “no idolatren sus

riquezas, no las salven de manera

que dejen morir de hambre a los demás;

compartir para ser felices”.

El cardenal Lorscheider me dijo una

comparación muy pintoresca: “Hay

que saber quitarse los anillos para

que no le quiten los dedos”. Creo

que es una expresión bien inteligible.

El que no quiere soltar los anillos

se expone a que le corten la mano;

y el que no quiere dar por amor

y por justicia social se impone a que

se lo arrebaten por la violencia.»

(Homilía del 6-1-1980)

1.5. Apoyo crítico a las

organizaciones populares

Los oligarcas, por desgracia, no le quisieron

escuchar. Pero la historia le dio la

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razón. Por otro lado, tiene una postura

muy serena y matizada ante la violencia

que como respuesta están provocando

las organizaciones populares:

«He aquí precisamente lo que la

Iglesia señala en todo nuestro continente:

los terrorismos, los brotes de

violencia, la Iglesia no los puede

aprobar; pero tampoco puede reprobarlos

sin un análisis profundo de

dónde proceden. Mientras una violencia

institucionalizada, privilegiada,

trate de reprimir las aspiraciones

justas de un sector, siempre estarán

las semillas de la violencia entre

nosotros. Por eso, mientras no se haga

efectivo un nuevo modo de vivir,

no tendremos paz ni unidad ni comunión

entre los salvadoreños.»

(Homilía del 19-2-1978).

Quisiera hacer notar también, por

otro lado, que con su implicación en

la defensa de los derechos humanos,

sobre todo de aquellas personas que tenían

la vida más amenazada y disfrutaban

de menos derechos, Romero quería

corregir un tipo de espiritualismo cristiano

que, con razón, ha sido acusado

de ser un “opio del pueblo”. Para él, el

Reinado de Dios no se refiere sólo al

otro mundo, sino que implica un compromiso

en la transformación de este

mundo, de manera que se vea que “otro

mundo es posible”. Lo dice bien claro

en una de sus homilías:

«Porque yo no quiero ser opio, como

alguien ha dicho, en el Bloque

Popular Revolucionario que soy.

¡Nunca! Estoy diciendo que, precisamente,

estas referencias a la trascendencia

son para excitar más la

promoción de lo histórico, de lo social,

de lo económico, de lo político.

Y estoy diciendo que Dios no sólo

ha hecho el cielo después de la

muerte para el hombre, sino que ha

hecho esta tierra también para todos

los hombres. ¡Esto no es predicar el

opio!» (Homilía del 9-9-1979)

Esto le llevó a dar su apoyo, pero un

apoyo crítico, a las organizaciones populares:

«Siento, como pastor, que tengo un

deber para con las organizaciones

políticas populares. Aun cuando

ellas desconfíen de mí, mi deber es

defender su derecho de organización,

apoyar todo lo justo de sus reivindicaciones;

pero así, también,

quiero mantener mi autonomía para

criticar todos sus abusos de organización,

para delatar y denunciar todo

aquello que ya significa una idolatría

de la organización; y llamarles,

en cambio, a un diálogo en el que

busquemos entre todos. Las fuerzas

organizadas son poderosas en una

sociedad y lo pueden todo cuando

son capaces de dialogar, pero también

disminuyen las fuerzas cuando

son fanáticas y no quieren más que

su propia voz.» (Homilía del 16-12-

1979)

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2.1. La idolatría del dinero

Y se atrevió a denunciar esta idolatría

con palabras muy claras:

«Yo denuncio, sobre todo, la absolutización

de la riqueza. Éste es el gran

mal de El Salvador: la riqueza, la

propiedad privada como un absoluto

intocable. ¡Y ay del que toque ese

alambre de alta tensión! Se quema.»

Dijo también el 24-7-1977:

«La Iglesia no puede callar ante esas

injusticias del orden económico, del

orden político, del orden social. Si

callara, la Iglesia sería cómplice del

que se margina y duerme un conformismo

enfermizo, pecaminoso, o

del que se aprovecha de ese adormecimiento

del pueblo para abusar

y acaparar económicamente, políticamente,

y marginar una inmensa

mayoría del pueblo. Esta es la voz de

la Iglesia, hermanos. Y mientras no

se la deje libertad de clamar estas

verdades de su Evangelio, hay persecución.

Y se trata de cosas sustanciales,

no de cosas de poca importancia.

Es cuestión de vida o muerte

para el reino de Dios en esta tierra.»

En esta lucha por la justicia, Mons.

Romero se sentía en sintonía profunda

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2. PROFETA DE LA JUSTICIA

Como ya habían defendido los grandes profetas de Israel, para Mons.

Romero no puede haber una auténtica paz si ésta no nace de la justicia.

Reflexionó mucho sobre la injusticia que dominaba este mundo, y,

de manera especial, en su país. Y llegó a la conclusión de que la raíz

más honda de la injusticia era la idolatría del dinero, causante de los

principales males de El Salvador.

con todas las personas, cristianas o no,

que trabajaban por un mundo más justo.

Lo subrayó en una homilía, el 3-12-

1978:

«La Iglesia está cerca de todo hombre

que lucha por la justicia, de todo

hombre que busca reivindicaciones

justas en un ambiente injusto, y que

trabaja por el reino de Dios, sea o no

cristiano. La Iglesia no abarca todo

el reino de Dios. El reino de Dios

está más allá de las fronteras de la

Iglesia y, por lo tanto, la Iglesia aprecia

todo aquello que sintoniza con su

lucha por implantar el reino de Dios.

Una Iglesia que trata solamente de

conservarse pura, incontaminada,

eso no sería Iglesia de servicio de

Dios a los hombres.»

2.2. Injusticia y violencia

Al desarrollar este segundo punto, “Romero

profeta de la justicia”, hay un punto

que enlaza con el tema de la violencia

del cual antes hemos hablado. Para

él la violencia surge de la injusticia, y

por tanto, sin justicia no puede haber

diálogo auténtico entre las partes en

confrontación3:

«Pero ni siquiera este diálogo servirá

para restablecer la paz deseada si

no se da la firme voluntad de transformar

las estructuras injustas de la

sociedad. Sólo esa transformación

será capaz de eliminar las violencias

concretas, opresivas, represivas o

espontáneas. De otra manera, como

lo han dicho los obispos latinoamericanos,

la violencia se institucionaliza

y por ello sus frutos no se hacen

esperar. La Iglesia cree en la paz; pero

sabe muy bien que la paz no es ni

la ausencia de violencia, ni se consigue

con la violencia represiva. La

verdadera paz sólo se logra como

fruto de la justicia. Queremos creer

que ningún hombre ni ningún salvadoreño

de buena voluntad quiere la

violencia o las luchas entre hermanos

campesinos, los operativos militares.

Pero el combatirla de verdad

es ponerse a trabajar en la tarea urgente,

larga y dura de compartir justamente

entre todos los salvadoreños

la riqueza de nuestro país y de nuestros

hombres y mujeres.

Esto no es comunismo; esto es justicia

cristiana. Yseñalar las raíces de

la violencia no es sembrar violencia,

sino señalar las fuentes de la violencia

y exigir a quienes pueden cambiar,

que cambien, que se vea un paso

positivo hacia una construcción

de verdadera patria, de verdadero

bien común.» (Homilía del 1-4-

1978)

2.3. La paz y la justicia: tarea

primordial de la Iglesia

Es por este motivo por lo que él creyó

que la paz y el amor entre todos los

hombres (y pueblos, diría él también

hoy), nacen de la justicia. Es una tarea

primordial de la Iglesia, si quiere ser fiel

a Jesús. Por esto decía:

«Invocar el nombre del Señor es una

expresión clásica de la Biblia. Quiere

decir no solamente invocarlo con

los labios. Quiere decir tomar conciencia

de que somos el pueblo de

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Dios. Quiere decir que en la historia

del hombre está comprometida la

Iglesia de Dios. Quiere decir invocar

el nombre del Señor sobre su pueblo,

que este pueblo tiene un compromiso

con ese Dios y que en su

marcha por la historia, ese pueblo

tiene que dar gloria a Dios no sólo

con la expresión de sus buenos sentimientos,

sino realizando una sociedad

que de verdad sea la sociedad de

los hijos de Dios, donde la paz no solamente

sea el equilibrio del temor,

donde la paz no sea el silencio de los

cementerios, donde la paz sea la alegría

dinámica de un Dios de paz que,

precisamente por ser un Dios de la

paz, construye, se desparrama –diríamos–

en bondades, realiza la pluriforme

maravilla de la creación; y

sus hijos tenemos que hacer lo mismo:

una paz que se construye en la

justicia, en el amor y en la bondad.»

(Homilía del 31-12-1977)

Y se apoya en palabras de Juan Pablo

II para dar aún más fuerza a su defensa

de la paz, que se apoya en la justicia,

como auténtico antídoto contra la

violencia que estaba destruyendo a su

pueblo:

«Como ven, el Papa no cancela el

pasado, lo recuerda. Pero lo recuerda

con una esperanza de que no se

vuelva a repetir, que busquemos, por

el camino de una concordia bien entendida,

el superar ese clima de violencia.

Ese “no a la violencia” para

1978 tiene que buscarse por esos caminos

que el Papa acaba de señalar.

Ytambién será –dice el Papa– el camino

para llegar a “construir una atmósfera

social en la que se enmienden

adecuadamente injusticias evidentes

que impiden que los bienes

creados lleguen de manera equitativa

a todos, bajo la égida de la justicia

y con la compañía de la caridad”.

Son palabras del Santo Padre

reconociendo esta triste realidad

salvadoreña: una atmósfera social

en la que los bienes creados por

Dios no llegan a hacer felices a todos

los salvadoreños. Y es necesario

que, en un ambiente de justicia

y de amor fraterno, sintamos que

esta república tan bella, que estas

tierras tan fértiles, que estos cielos

tan lindos de El Salvador, sean alegría

de todos los salvadoreños, que

todos nos sintamos hermanos cobijados

por los dones del mismo Dios

para todos.

Por eso, hermanos, el “no a la violencia”

tiene que estar cimentado

sobre los fundamentos de justicia.

En Medellín, los obispos de América

Latina –aprobados por este mismo

Papa– dijeron que la paz en el continente

no será posible mientras no

se construya un orden más justo, que

la paz no es ausencia de guerra, la

paz no es miedo de represión, la paz

no es equilibrio de dos poderes que

se tienen pavor. La paz es el fruto de

la justicia, la paz será flor de un amor

y de una justicia en el ambiente. Sí

a la paz –dice el Papa–, sí a Dios, sí

–diríamos nosotros– a la justicia, sí

al amor, sí a la comprensión de todos

los salvadoreños. Sólo así tendremos

esa afirmación neta de la

paz.» (Homilía del 6-1-1978)


Publicado por tabor @ 11:33  | Profetas actuales
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