jueves, 12 de mayo de 2011

2.4. No a una paz alienante

De todas formas, llama la atención que,

para Mons. Romero, buen seguidor de

Cristo (cf. Lc 12,51ss), la paz evangélica

no excluye un determinado tipo de

violencia, como mínimo verbal, contra

aquellas personas que no quieren la justicia.

Y en la línea de los grandes profetas

de Israel, como Isaías y Amós, denuncia,

siguiendo la enseñanza de Jesús de

Nazaret, un tipo de religión alienante,

que ignora la opción por los pobres y la

defensa de los oprimidos. Es un tema

que sale a menudo en sus homilías:

«Una religión de misa dominical pero

de semanas injustas no le gusta al

Señor. Una religión de mucho rezo

pero con hipocresías en el corazón,

no es cristiana. Una Iglesia que se

instalara sólo para estar bien, para tener

mucho dinero, mucha comodidad,

pero que olvidara el reclamo de

las injusticias, no sería la verdadera

Iglesia.» (Homilía del 4-12-1977)

«Aun cuando se nos llame locos, aun

cuando se nos llame subversivos,

comunistas y todos los calificativos

que se nos dicen, sabemos que no

hacemos más que predicar el testimonio

subversivo de las bienaventuranzas,

que le han dado vuelta a todo

para proclamar bienaventurados

a los pobres, bienaventurados a los

sedientos de justicia.» (Homilía del

11-5-1978)

«Muchos quisieran que el pobre

siempre dijera que es “voluntad de

Dios” vivir pobre. No es voluntad de

Dios que unos tengan todo y otros no

tengan nada.» (Homilía del 10-9-

1978)

«Cuando se le da pan al que tiene

hambre lo llaman a uno santo, pero

si se pregunta por las causas de por

qué el pueblo tiene hambre, lo llaman

comunista, ateísta. Pero hay un

“ateísmo” más cercano y más peligroso

para nuestra Iglesia: el ateísmo

del capitalismo cuando los bienes

materiales se erigen en ídolos y

sustituyen a Dios.» (Homilía 15-9-

1978)

2.5. Fomentar la esperanza

Por otro lado, me parece que también es

un rasgo típico de los profetas que

Mons. Romero compartió, que, a la vez

que denuncian la injusticia, fomentan la

esperanza entre sus oyentes, oprimidos

y marginados, recordándoles que Dios,

que los quiere, no los ha abandonado,

aunque humanamente cueste verlo. Esta

autoestima es importante para poder superar

los desencantos que la situación

que viven les puede provocar. Yesta esperanza

es muy importante para seguir

trabajando para cambiar la dura situación

que están viviendo, confiando en

que “otro mundo es posible”. Dice por

ejemplo en una de sus homilías:

«Y habrá una hora en que ya no

haya secuestros y habrá felicidad y

podremos salir a nuestras calles y a

nuestros campos sin miedo de que

nos torturen y nos secuestren. ¡Vendrá

ese tiempo! Canta nuestra canción:

“Yo tengo fe que todo cambiará”.

Ha de cambiar si de veras

creemos en la Palabra que salva y

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en ella ponemos nuestra confianza.

Y, para mí, éste es el honor más

grande de la misión que el Señor me

ha confiado: estar manteniendo esa

esperanza y esa fe en el pueblo de

Dios.» (Homilía del 2-9-1979)

«No desesperemos, no busquemos

soluciones de violencia, no odiemos,

no matemos. Yrepito esto, así claramente,

porque ayer supe allá por

Santiago de María, que ya, según algunos

amigos míos, yo he cambiado,

que yo ahora predico la revolución,

el odio, la lucha de clases, que

soy comunista. A ustedes les consta

cuál es el lenguaje de mi predicación.

Un lenguaje que quiere sembrar

esperanza; que denuncia, sí, las

injusticias de la tierra, los abusos del

poder, pero no con odio sino con

amor, llamando a la conversión.»

(Homilía del 6-11-1977)

«Como pastor y como ciudadano

salvadoreño, me apena profundamente

el que se siga masacrando al

sector organizado de nuestro pueblo

sólo por el hecho de salir ordenadamente

a la calle para pedir justicia y

libertad. Estoy seguro que tanta sangre

derramada y tanto dolor causado

a los familiares de tantas víctimas

no serán en vano. Es sangre y dolor

que regará y fecundará nuevas y cada

vez más numerosas semillas de

salvadoreños, que tomarán conciencia

de la responsabilidad que tienen

de construir una sociedad más justa

y humana, y que fructificará en la

realización de las reformas estructurales

audaces, urgentes y radicales

que necesita nuestra patria.» (Homilía

del 27-1-1980)

Mons. Romero, a los pobres campesinos,

oprimidos y maltratados, llenos

de miedo por todo lo que habían vivido

concretamente en la ocupación de

Aguilares por parte del ejército (asesinatos,

torturas, profanación del Santísimo

en la iglesia del pueblo)4, no sólo les

dio esperanza, sino que les devolvió la

autoestima y los animó a seguir luchando

por sus derechos cuando les dijo, a

ellos que eran personas creyentes, una

cosa muy sorprendente: “Vosotros sois

la imagen del Divino Traspasado del

cual nos ha hablado la primera lectura”

(era una lectura que hablaba del “Siervo

de Yahvé”, de Isaías).

15

3.1. Una Iglesia encarnada

En este contexto impacta ver cómo interpretó

Mons. Romero esta persecución:

«Me alegro, hermanos, de que nuestra

Iglesia sea perseguida, precisamente

por su opción preferencial por

los pobres y por tratar de encarnarse

en el interés de los pobres… Sería

triste que en una patria donde se está

asesinando tan horrorosamente no

contáramos entre las víctimas también

a los sacerdotes. Son el testimonio

de una Iglesia encarnada en

los problemas del pueblo… La Iglesia

sufre el destino de los pobres: la

persecución. Se gloría nuestra Iglesia

de haber mezclado su sangre de

sacerdotes, de catequistas y de comunidades

con las masacres del

pueblo, y haber llevado siempre la

marca de la persecución… Una Iglesia

que no sufre persecución, sino

16

3. TESTIMONIO MARTIRIAL DEL PROYECTO DE JESÚS

Una opción para los pobres, como la que hizo Mons. Romero, obviamente

comporta la persecución por parte de los poderes injustos y

opresores, que dominaban en aquella época aquel pequeño país centroamericano.

que está disfrutando los privilegios

y el apoyo de la tierra, esa Iglesia

¡tenga miedo! no es la verdadera

Iglesia de Jesucristo.»

Como Jesús, que fue el primer defensor

cristiano de los derechos humanos

y profeta de la justicia (cf. Lc 13,31-

33), Mons. Romero recibió amenazas

de muerte debidas al modo cómo hablaba

de Dios y defendía a los seres humanos

oprimidos y empobrecidos, denunciando

la injusticia que provocaba

esta situación. Pero, como Jesús, Mons.

Romero no se arrugó y habló del sentido

positivo que incluso podía tener su

muerte.

3.2. Hasta el final…

Con motivo de las amenazas tuvo una

conversación con el padre Azcue en el

último retiro antes de su muerte. Y escribió:

«Mi otro temor es acerca de los riesgos

de mi vida. Me cuesta aceptar

una muerte violenta que en estas circunstancias

es muy posible, incluso

el Sr. Nuncio de Costa Rica me avisó

de peligros inminentes para esta

semana. El padre me dio ánimo diciéndome

que mi disposición debe

ser dar mi vida por Dios cualquiera

que sea el fin de mi vida. Las circunstancias

desconocidas se vivirán

con la gracia de Dios. Él asistió a los

mártires y si es necesario lo sentiré

muy cerca al entregarle mi último

suspiro. Pero que más valioso que el

momento de morir es entregarle toda

la vida y vivir para Él.»

Él lo comenta también en una de sus

homilías:

«Espero que este llamado de la

Iglesia no endurezca aún más el corazón

de los oligarcas, sino que los

mueva a la conversión. Compartan lo

que son y tienen. No sigan callando

con la violencia a los que les estamos

haciendo esta invitación ni, mucho

menos, continúen matando a los que

estamos tratando de lograr que haya

una más justa distribución del poder

y de las riquezas de nuestro país. Y

hablo en primera persona porque esta

semana me llegó un aviso de que

estoy yo en la lista de los que van a

ser eliminados la próxima semana;

pero que quede constancia de que la

voz de la justicia nadie la puede matar

ya.» (Homilía del 24-2-1980)

Pero el testimonio de los numerosos

agentes de pastoral, asesinados por el

ejército y los escuadrones de la muerte,

por su opción en favor del proyecto de

Jesús, por su opción por los pobres, lo

anima a seguir en la línea que está llevando,

a pesar de que esto pone en peligro

su vida:

«Aunque me maten, no tengo necesidad.

Si morimos con la conciencia

tranquila, con el corazón limpio de

haber producido sólo obras de bondad,

¿qué me puede hacer la muerte?

Gracias a Dios que tenemos estos

ejemplares de nuestros queridos

agentes de pastoral, que compartieron

los peligros de nuestra pastoral

hasta el riesgo de ser matados. Y yo, cuando celebro la eucaristía con ustedes,

los siento a ellos presentes.

Cada sacerdote muerto es, para mí, un nuevo concelebrante en la eucaristía

de nuestra arquidiócesis. Y sé que está así, dándonos el estímulo de

haber sabido morir sin miedo, porque llevaban su conciencia comprometida

con esta ley del Señor: la opción

preferencial por los pobres.» (Homilía del 2-9-1979)

Esta decisión valiente de seguir el

camino de Jesús, que lo podía llevar a la

muerte, no le evitó, obviamente, que en

determinados momentos tuviera miedo,

como lo demuestra su diario personal.

En esto se pareció una vez más a su

Maestro, Jesús (cf. Getsemaní: Mc 14,

32-42).

Pero no se arrugó, ni aceptó la protección

personal que le ofrecía el presidente

de la república5, sino que siguió

haciendo, como Jesús, aquello que él

creía que tenía que hacer por fidelidad a

Jesús y por amor a su pueblo maltratado

injustamente. Y como Jesús, confió

que su muerte redundaría en beneficio

de su pueblo y no sería inútil, como se

puede ver gracias a algunos textos de

sus homilías.

18

Era crítico también con él mismo6 y con

la propia Iglesia, cuando ésta no hacía

una opción por los pobres, auténtica y

creíble. Por esto dijo el 8-7-1978:

«El profeta denuncia también los

pecados internos de la Iglesia. ¿Y

por qué no? Si obispos, Papa, sacerdotes,

nuncios, religiosas, colegios

católicos, estamos formados por

hombres y los hombres somos pecadores,

necesitamos que alguien nos

sirva de profeta para que nos llame

a conversión, para que no nos deje

instalar una religión como si ya fuera

intocable. La religión necesita

profetas y gracias a Dios que los tenemos.

Porque sería muy triste una

Iglesia que se sintiera tan dueña de

la verdad que rechazara todo lo demás.

Una Iglesia que sólo condena,

una Iglesia que sólo mira pecado en

los otros y no mira la viga que lleva

en el suyo, no es la auténtica Iglesia

de Cristo.»

Y también dijo el 28-8-1977, explicitando

qué tipo de Iglesia quería él:

«Ahora la Iglesia no se apoya en ningún

poder, en ningún dinero. Hoy la

Iglesia es pobre. Hoy la Iglesia sabe

que los poderosos la rechazan, pero

que la aman los que sienten en Dios

19

CONCLUSIÓN

Para Romero, el bien del pueblo, sobre todo el de los más pobres que

tenían la vida más amenazada, el Reinado de Dios en terminología

evangélica, era el criterio decisivo que tenía que guiar su actuación y la

de cualquier persona, en especial la cristiana. Por esto era crítico no

sólo con las oligarquías políticas y económicas que dominaban el país,

sino también con las organizaciones populares, cuando con sus errores,

con sus luchas por el poder, perjudicaban al pueblo, sobre todo a

los más pobres.

su confianza… Ésta es la Iglesia que

yo quiero. Una Iglesia que no cuente

con los privilegios y las valías de

las cosas de la tierra. Una Iglesia cada

vez más desligada de las cosas terrenas,

humanas, para poderlas juzgar

con mayor libertad desde su

perspectiva del Evangelio, desde su

pobreza.»

Pero cuando la Iglesia es fiel a Jesús,

entonces es perseguida en un mundo en

el que acostumbran a dominar los poderes

egoístas y asesinos. Por eso, para

él la persecución:

«¡Es la nota histórica de la Iglesia!

Siempre tiene que ser perseguida.

Una doctrina que va contra las inmoralidades,

que predica contra los

abusos, que va siempre predicando

el bien y atacando el mal, es una doctrina

puesta por Cristo para santificar

los corazones, para renovar las

sociedades. Y naturalmente, cuando

en esa sociedad o en ese corazón hay

pecado, hay egoísmo, hay podredumbre,

hay envidias, hay avaricias,

pues el pecado salta, como la culebra

cuando tratan de apresarla, y persigue

al que trata de perseguir el mal.

Por eso, cuando la Iglesia es perseguida,

es señal de que está cumpliendo

su misión.» (Homilía 25-11-

1977)

En cualquier caso, selló su muerte

cuando el domingo antes de que lo asesinaran,

dijo lo siguiente:

«Yo quisiera hacer un llamamiento,

de manera especial, a los hombres

del ejército. Y en concreto, a las bases

de la Guardia Nacional, de la policía,

de los cuarteles... Hermanos,

son de nuestro mismo pueblo. Matan

a sus mismos hermanos campesinos.

Yante una orden de matar que dé un

hombre, debe prevalecer la ley de

Dios que dice: “No matar”. Ningún

soldado está obligado a obedecer

una orden contra la Ley de Dios.

Una ley inmoral, nadie tiene que

cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen

su conciencia, y que obedezcan

antes a su conciencia que a

la orden del pecado. La Iglesia, defensora

de los derechos de Dios, de

la Ley de Dios, de la dignidad humana,

de la persona, no puede quedarse

callada ante tanta abominación.

Queremos que el gobierno

tome en serio que de nada sirven las

reformas si van teñidas con tanta

sangre. En nombre de Dios y en

nombre de este sufrido pueblo, cuyos

lamentos suben hasta el cielo

cada día más tumultuosos, les suplico,

les ruego, les ordeno en nombre

de Dios: cese la represión.»

“Resucitaré en el pueblo”

La oligarquía salvadoreña y el ejército,

apoyado masivamente por el gobierno

de EE.UU., ya no pudieron tolerar más

estas palabras. Y lo asesinaron. Pero

entonces sucedió que el pueblo salvadoreño

lo quiso aún más y se sintió más

apoyado que nunca en su lucha por liberarse.

Sucedió, lo que ya Mons.

Romero había predicho en una de sus

homilías:

«He sido frecuentemente amenazado

de muerte. Debo decirles que, co-

20

mo cristiano, no creo en la muerte

sin resurrección. Si me matan, resucitaré

en el pueblo salvadoreño. Se

lo digo sin ninguna jactancia, con la

más grande humildad. Como pastor

estoy obligado por mandato divino

a dar la vida por quienes amo, que

son todos los salvadoreños, aun por

aquellos que vayan a asesinarme. Si

llegaran a cumplirse las amenazas,

desde ya ofrezco a Dios mi sangre

por la redención y resurrección de El

Salvador. El martirio es una gracia

que no creo merecer, pero si Dios

acepta el sacrificio de mi vida, que

mi sangre sea semilla de libertad y

la señal de que la esperanza será

pronto una realidad. Mi muerte, si es

aceptada por Dios, sea por la liberación

de mi pueblo y como un testimonio

de esperanza en el futuro.

Pueden decir, si llegasen a matarme,

que perdono y bendigo a quienes lo

hagan. Ojalá, se convenzan que perderán

su tiempo. Un obispo morirá,

pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo,

no perecerá jamás.» (Marzo de

1980)

Y una vez más, Mons. Romero tuvo

razón. Ha resucitado en el pueblo de El

Salvador, que lo sigue queriendo y se

apoya en su testimonio y en sus palabras

para seguir luchando por un mundo mejor,

en el cual todas las personas puedan

vivir humana y dignamente y en el cual

los Derechos Humanos sean realmente

respetados.

Y quiero acabar con unas palabras

de I. Ellacuría, también él un mártir, que

defendió los Derechos Humanos y la

justicia, unas palabras que él pronunció

con motivo del doctorado honoris causa

que la UCA concedió, post mortem,

a Mons. Romero y que expresan bien lo

que fue y significa:

«En una sociedad configurada por

los poderes de la muerte, él, que era

promotor de los principios de la vida,

no pudo ser tolerado. Como la de

su gran maestro Jesús de Nazaret, su

misión pública al frente del arzobispado

sólo duró tres años. Reunidos

los poderes de las tinieblas, decidieron

acabar con quien, como en el caso

de Jesús, fue acusado de andar soliviantando

a la gente desde Galilea

hasta Judea, desde Chalatenango

hasta Morazán. Y lo acallaron de un

tiro mortal porque el pueblo no hubiera

permitido que lo crucificaran

en público. Sólo así pudieron acallar

al profeta. Pero ya para entonces la

semilla había fructificado y su voz

había sido recogida por miles de gargantas

que con Monseñor habían recobrado

su voz perdida. Los sin voz

ya tenían voz, la suya y la de

Monseñor. Y al quedar huérfanos,

podían alcanzar su mayoría de edad

y convertirse así en padre de nuevos

hijos, innumerables como las arenas

del mar. Yes que el asesinado era un

mártir. Lo mataron porque iluminaba

y denunciaba desde el evangelio

los males del país y a quienes los

perpetraban, pero murió porque el

amor de Dios y el amor del pueblo

le estaban pidiendo dar su vida en

testimonio de lo que creía y de lo que

practicaba. Por eso resucitó en el

pueblo por el que había muerto, y

por eso esperó también la resurrección

cristiana en la que confiaba sin

asomo de duda.»

21

El ángel del Señor anunció en la víspera...

El corazón de El Salvador marcaba

24 de marzo y de agonía.

Tú ofrecías el Pan,

el Cuerpo Vivo

–el triturado cuerpo de tu Pueblo;

Su derramada Sangre victoriosa

–¡la sangre campesina de tu Pueblo en masacre

que ha de teñir en vinos de alegría la aurora conjurada!

El ángel del Señor anunció en la víspera,

y el Verbo se hizo muerte, otra vez, en tu muerte;

como se hace muerte, cada día, en la carne desnuda de tu Pueblo.

¡Y se hizo vida nueva

en nuestra vieja Iglesia!

Estamos otra vez en pie de testimonio,

¡San Romero de América, pastor y mártir nuestro!

Romero de la paz casi imposible en esta tierra en guerra.

Romero en flor morada de la esperanza incólume de todo el Continente.

Romero de la Pascua Latinoamericana.

Pobre pastor glorioso, asesinado a sueldo, a dólar, a divisa.

Como Jesús, por orden del Imperio.

¡Pobre pastor glorioso,

abandonado

por tus propios hermanos de báculo y de Mesa...!

(Las curias no podían entenderte:

ninguna sinagoga bien montada puede entender a Cristo).

Tu pobrería sí te acompañaba,

en desespero fiel,

pasto y rebaño, a un tiempo, de tu misión profética.

El Pueblo te hizo santo.

La hora de tu Pueblo te consagró en el kairós.

Los pobres te enseñaron a leer el Evangelio.

22

San Romero de América (Pere Casaldàliga)

23

Como un hermano herido por tanta muerte hermana,

tú sabías llorar, solo, en el Huerto.

Sabías tener miedo, como un hombre en combate.

¡Pero sabías dar a tu palabra, libre, su timbre de campana!

Y supiste beber el doble cáliz del Altar y del Pueblo,

con una sola mano consagrada al servicio.

América Latina ya te ha puesto en su gloria de Bernini

en la espuma aureola de sus mares,

en el dosel airado de los Andes alertos,

en la canción de todos sus caminos,

en el calvario nuevo de todas sus prisiones,

de todas sus trincheras,

de todos sus altares...

¡En el ara segura del corazón insomne de sus hijos!

San Romero de América, pastor y mártir nuestro:

¡nadie hará callar tu última homilía!

1. De todos modos, en América Latina ha habido

una serie de obispos que se han distinguido

por su opción por los pobres y su denuncia de

la injusticia. Recuerdo unos cuantos: Helder

Cámara y Pere Casaldàliga, en Brasil; Leónidas

Proaño, en Ecuador; don Sergio Méndez

Arceo, en Chiapas; y los obispos que han

muerto asesinados, como Enrique Angelelli,

en Argentina; Juan Gerardi, en Guatemala;

Joaquín Ramos, en El Salvador, y Gerardo Valencia,

en Colombia.

2. La edición crítica (editada por Miguel Cavada)

de los sermones de Mons. Romero, en los

años durante los cuales fue arzobispo de San

Salvador, ha sido publicada en 6 volúmenes

con el título: Homilías de Monseñor Oscar A.

Romero, San Salvador, UCA editores 2005-

2009.

3. La confrontación que se desencadenó en El

Salvador hacía diez años que persistía cuando

Romero fue asesinado

4. En su sermón en Aguilares el 19-6-1977 dijo:

«A mí me toca ir recogiendo atropellos, cadáveres

y todo eso que va dejando la persecución

de la Iglesia. Hoy me toca venir a recoger, en

esta iglesia, en este convento profanado, un

sagrario destruido y sobre todo un pueblo

humillado, sacrificado indignamente. Por eso,

al venir, finalmente –porque quise estar con

ustedes desde el principio y no se me permitió–,

hermanos, y les traigo la palabra que

Cristo me manda decirles: una palabra de solidaridad,

una palabra de ánimo y de orientación

y, finalmente, una palabra de conversión

».

5. Públicamente le dijo en sus homilías: «quiero

decirle que antes de mi seguridad personal yo

quisiera seguridad y tranquilidad para 108

familias y desaparecidos… El pastor no quiere

seguridad mientras no se la den a su rebaño

».

6. El 21-8-1977 dijo: «Yo, que les estoy hablando,

necesito convertirme continuamente. El pecador,

el religioso, la religiosa, el colegio católico,

la parroquia, el párroco, la comunidad, la

Iglesia, pues, tiene que convertirse a lo que

Dios quiere en este momento de la historia de

El Salvador. Si uno vive en un cristianismo

que es muy bueno, pero que no encaja con

nuestro tiempo, que no denuncia las injusticia,

que no proclama el reino de Dios con valentía,

que no rechaza el pecado de los hombres, que

consiente por estar bien con ciertas clases, los

pecados de esas clases, no está cumpliendo su

deber, está pecando, está traicionando su

misión».

NOTAS

1. De todos modos, en América Latina ha habido

una serie de obispos que se han distinguido

por su opción por los pobres y su denuncia de

la injusticia. Recuerdo unos cuantos: Helder

Cámara y Pere Casaldàliga, en Brasil; Leónidas

Proaño, en Ecuador; don Sergio Méndez

Arceo, en Chiapas; y los obispos que han

muerto asesinados, como Enrique Angelelli,

en Argentina; Juan Gerardi, en Guatemala;

Joaquín Ramos, en El Salvador, y Gerardo Valencia,

en Colombia.

2. La edición crítica (editada por Miguel Cavada)

de los sermones de Mons. Romero, en los

años durante los cuales fue arzobispo de San

Salvador, ha sido publicada en 6 volúmenes

con el título:

Homilías de Monseñor Oscar A.

Romero

, San Salvador, UCA editores 2005-

2009.

3. La confrontación que se desencadenó en El

Salvador hacía diez años que persistía cuando

Romero fue asesinado

4. En su sermón en Aguilares el 19-6-1977 dijo:

«A mí me toca ir recogiendo atropellos, cadáveres

y todo eso que va dejando la persecución

de la Iglesia. Hoy me toca venir a recoger, en

esta iglesia, en este convento profanado, un

sagrario destruido y sobre todo un pueblo

humillado, sacrificado indignamente. Por eso,

al venir, finalmente –porque quise estar con

ustedes desde el principio y no se me permitió–,

hermanos, y les traigo la palabra que

Cristo me manda decirles: una palabra de solidaridad,

una palabra de ánimo y de orientación

y, finalmente, una palabra de conversión

».

5. Públicamente le dijo en sus homilías: «quiero

decirle que antes de mi seguridad personal yo

quisiera seguridad y tranquilidad para 108

familias y desaparecidos… El pastor no quiere

seguridad mientras no se la den a su rebaño

».

6. El 21-8-1977 dijo: «Yo, que les estoy hablando,

necesito convertirme continuamente. El pecador,

el religioso, la religiosa, el colegio católico,

la parroquia, el párroco, la comunidad, la

Iglesia, pues, tiene que convertirse a lo que

Dios quiere en este momento de la historia de

El Salvador. Si uno vive en un cristianismo

que es muy bueno, pero que no encaja con

nuestro tiempo, que no denuncia las injusticia,

que no proclama el reino de Dios con valentía,

que no rechaza el pecado de los hombres, que

consiente por estar bien con ciertas clases, los

pecados de esas clases, no está cumpliendo su

deber, está pecando, está traicionando su

misión».

 

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Publicado por tabor @ 11:46  | Profetas actuales
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