2.4. No a una paz alienante
De todas formas, llama la atención que,
para Mons. Romero, buen seguidor de
Cristo (cf. Lc 12,51ss), la paz evangélica
no excluye un determinado tipo de
violencia, como mínimo verbal, contra
aquellas personas que no quieren la justicia.
Y en la línea de los grandes profetas
de Israel, como Isaías y Amós, denuncia,
siguiendo la enseñanza de Jesús de
Nazaret, un tipo de religión alienante,
que ignora la opción por los pobres y la
defensa de los oprimidos. Es un tema
que sale a menudo en sus homilías:
«Una religión de misa dominical pero
de semanas injustas no le gusta al
Señor. Una religión de mucho rezo
pero con hipocresías en el corazón,
no es cristiana. Una Iglesia que se
instalara sólo para estar bien, para tener
mucho dinero, mucha comodidad,
pero que olvidara el reclamo de
las injusticias, no sería la verdadera
Iglesia.» (Homilía del 4-12-1977)
«Aun cuando se nos llame locos, aun
cuando se nos llame subversivos,
comunistas y todos los calificativos
que se nos dicen, sabemos que no
hacemos más que predicar el testimonio
subversivo de las bienaventuranzas,
que le han dado vuelta a todo
para proclamar bienaventurados
a los pobres, bienaventurados a los
sedientos de justicia.» (Homilía del
11-5-1978)
«Muchos quisieran que el pobre
siempre dijera que es “voluntad de
Dios” vivir pobre. No es voluntad de
Dios que unos tengan todo y otros no
tengan nada.» (Homilía del 10-9-
1978)
«Cuando se le da pan al que tiene
hambre lo llaman a uno santo, pero
si se pregunta por las causas de por
qué el pueblo tiene hambre, lo llaman
comunista, ateísta. Pero hay un
“ateísmo” más cercano y más peligroso
para nuestra Iglesia: el ateísmo
del capitalismo cuando los bienes
materiales se erigen en ídolos y
sustituyen a Dios.» (Homilía 15-9-
1978)
2.5. Fomentar la esperanza
Por otro lado, me parece que también es
un rasgo típico de los profetas que
Mons. Romero compartió, que, a la vez
que denuncian la injusticia, fomentan la
esperanza entre sus oyentes, oprimidos
y marginados, recordándoles que Dios,
que los quiere, no los ha abandonado,
aunque humanamente cueste verlo. Esta
autoestima es importante para poder superar
los desencantos que la situación
que viven les puede provocar. Yesta esperanza
es muy importante para seguir
trabajando para cambiar la dura situación
que están viviendo, confiando en
que “otro mundo es posible”. Dice por
ejemplo en una de sus homilías:
«Y habrá una hora en que ya no
haya secuestros y habrá felicidad y
podremos salir a nuestras calles y a
nuestros campos sin miedo de que
nos torturen y nos secuestren. ¡Vendrá
ese tiempo! Canta nuestra canción:
“Yo tengo fe que todo cambiará”.
Ha de cambiar si de veras
creemos en la Palabra que salva y
14
en ella ponemos nuestra confianza.
Y, para mí, éste es el honor más
grande de la misión que el Señor me
ha confiado: estar manteniendo esa
esperanza y esa fe en el pueblo de
Dios.» (Homilía del 2-9-1979)
«No desesperemos, no busquemos
soluciones de violencia, no odiemos,
no matemos. Yrepito esto, así claramente,
porque ayer supe allá por
Santiago de María, que ya, según algunos
amigos míos, yo he cambiado,
que yo ahora predico la revolución,
el odio, la lucha de clases, que
soy comunista. A ustedes les consta
cuál es el lenguaje de mi predicación.
Un lenguaje que quiere sembrar
esperanza; que denuncia, sí, las
injusticias de la tierra, los abusos del
poder, pero no con odio sino con
amor, llamando a la conversión.»
(Homilía del 6-11-1977)
«Como pastor y como ciudadano
salvadoreño, me apena profundamente
el que se siga masacrando al
sector organizado de nuestro pueblo
sólo por el hecho de salir ordenadamente
a la calle para pedir justicia y
libertad. Estoy seguro que tanta sangre
derramada y tanto dolor causado
a los familiares de tantas víctimas
no serán en vano. Es sangre y dolor
que regará y fecundará nuevas y cada
vez más numerosas semillas de
salvadoreños, que tomarán conciencia
de la responsabilidad que tienen
de construir una sociedad más justa
y humana, y que fructificará en la
realización de las reformas estructurales
audaces, urgentes y radicales
que necesita nuestra patria.» (Homilía
del 27-1-1980)
Mons. Romero, a los pobres campesinos,
oprimidos y maltratados, llenos
de miedo por todo lo que habían vivido
concretamente en la ocupación de
Aguilares por parte del ejército (asesinatos,
torturas, profanación del Santísimo
en la iglesia del pueblo)4, no sólo les
dio esperanza, sino que les devolvió la
autoestima y los animó a seguir luchando
por sus derechos cuando les dijo, a
ellos que eran personas creyentes, una
cosa muy sorprendente: “Vosotros sois
la imagen del Divino Traspasado del
cual nos ha hablado la primera lectura”
(era una lectura que hablaba del “Siervo
de Yahvé”, de Isaías).
15
3.1. Una Iglesia encarnada
En este contexto impacta ver cómo interpretó
Mons. Romero esta persecución:
«Me alegro, hermanos, de que nuestra
Iglesia sea perseguida, precisamente
por su opción preferencial por
los pobres y por tratar de encarnarse
en el interés de los pobres… Sería
triste que en una patria donde se está
asesinando tan horrorosamente no
contáramos entre las víctimas también
a los sacerdotes. Son el testimonio
de una Iglesia encarnada en
los problemas del pueblo… La Iglesia
sufre el destino de los pobres: la
persecución. Se gloría nuestra Iglesia
de haber mezclado su sangre de
sacerdotes, de catequistas y de comunidades
con las masacres del
pueblo, y haber llevado siempre la
marca de la persecución… Una Iglesia
que no sufre persecución, sino
16
3. TESTIMONIO MARTIRIAL DEL PROYECTO DE JESÚS
Una opción para los pobres, como la que hizo Mons. Romero, obviamente
comporta la persecución por parte de los poderes injustos y
opresores, que dominaban en aquella época aquel pequeño país centroamericano.
que está disfrutando los privilegios
y el apoyo de la tierra, esa Iglesia
¡tenga miedo! no es la verdadera
Iglesia de Jesucristo.»
Como Jesús, que fue el primer defensor
cristiano de los derechos humanos
y profeta de la justicia (cf. Lc 13,31-
33), Mons. Romero recibió amenazas
de muerte debidas al modo cómo hablaba
de Dios y defendía a los seres humanos
oprimidos y empobrecidos, denunciando
la injusticia que provocaba
esta situación. Pero, como Jesús, Mons.
Romero no se arrugó y habló del sentido
positivo que incluso podía tener su
muerte.
3.2. Hasta el final…
Con motivo de las amenazas tuvo una
conversación con el padre Azcue en el
último retiro antes de su muerte. Y escribió:
«Mi otro temor es acerca de los riesgos
de mi vida. Me cuesta aceptar
una muerte violenta que en estas circunstancias
es muy posible, incluso
el Sr. Nuncio de Costa Rica me avisó
de peligros inminentes para esta
semana. El padre me dio ánimo diciéndome
que mi disposición debe
ser dar mi vida por Dios cualquiera
que sea el fin de mi vida. Las circunstancias
desconocidas se vivirán
con la gracia de Dios. Él asistió a los
mártires y si es necesario lo sentiré
muy cerca al entregarle mi último
suspiro. Pero que más valioso que el
momento de morir es entregarle toda
la vida y vivir para Él.»
Él lo comenta también en una de sus
homilías:
«Espero que este llamado de la
Iglesia no endurezca aún más el corazón
de los oligarcas, sino que los
mueva a la conversión. Compartan lo
que son y tienen. No sigan callando
con la violencia a los que les estamos
haciendo esta invitación ni, mucho
menos, continúen matando a los que
estamos tratando de lograr que haya
una más justa distribución del poder
y de las riquezas de nuestro país. Y
hablo en primera persona porque esta
semana me llegó un aviso de que
estoy yo en la lista de los que van a
ser eliminados la próxima semana;
pero que quede constancia de que la
voz de la justicia nadie la puede matar
ya.» (Homilía del 24-2-1980)
Pero el testimonio de los numerosos
agentes de pastoral, asesinados por el
ejército y los escuadrones de la muerte,
por su opción en favor del proyecto de
Jesús, por su opción por los pobres, lo
anima a seguir en la línea que está llevando,
a pesar de que esto pone en peligro
su vida:
«Aunque me maten, no tengo necesidad.
Si morimos con la conciencia
tranquila, con el corazón limpio de
haber producido sólo obras de bondad,
¿qué me puede hacer la muerte?
Gracias a Dios que tenemos estos
ejemplares de nuestros queridos
agentes de pastoral, que compartieron
los peligros de nuestra pastoral
hasta el riesgo de ser matados. Y yo, cuando celebro la eucaristía con ustedes,
los siento a ellos presentes.
Cada sacerdote muerto es, para mí, un nuevo concelebrante en la eucaristía
de nuestra arquidiócesis. Y sé que está así, dándonos el estímulo de
haber sabido morir sin miedo, porque llevaban su conciencia comprometida
con esta ley del Señor: la opción
preferencial por los pobres.» (Homilía del 2-9-1979)
Esta decisión valiente de seguir el
camino de Jesús, que lo podía llevar a la
muerte, no le evitó, obviamente, que en
determinados momentos tuviera miedo,
como lo demuestra su diario personal.
En esto se pareció una vez más a su
Maestro, Jesús (cf. Getsemaní: Mc 14,
32-42).
Pero no se arrugó, ni aceptó la protección
personal que le ofrecía el presidente
de la república5, sino que siguió
haciendo, como Jesús, aquello que él
creía que tenía que hacer por fidelidad a
Jesús y por amor a su pueblo maltratado
injustamente. Y como Jesús, confió
que su muerte redundaría en beneficio
de su pueblo y no sería inútil, como se
puede ver gracias a algunos textos de
sus homilías.
18
Era crítico también con él mismo6 y con
la propia Iglesia, cuando ésta no hacía
una opción por los pobres, auténtica y
creíble. Por esto dijo el 8-7-1978:
«El profeta denuncia también los
pecados internos de la Iglesia. ¿Y
por qué no? Si obispos, Papa, sacerdotes,
nuncios, religiosas, colegios
católicos, estamos formados por
hombres y los hombres somos pecadores,
necesitamos que alguien nos
sirva de profeta para que nos llame
a conversión, para que no nos deje
instalar una religión como si ya fuera
intocable. La religión necesita
profetas y gracias a Dios que los tenemos.
Porque sería muy triste una
Iglesia que se sintiera tan dueña de
la verdad que rechazara todo lo demás.
Una Iglesia que sólo condena,
una Iglesia que sólo mira pecado en
los otros y no mira la viga que lleva
en el suyo, no es la auténtica Iglesia
de Cristo.»
Y también dijo el 28-8-1977, explicitando
qué tipo de Iglesia quería él:
«Ahora la Iglesia no se apoya en ningún
poder, en ningún dinero. Hoy la
Iglesia es pobre. Hoy la Iglesia sabe
que los poderosos la rechazan, pero
que la aman los que sienten en Dios
19
CONCLUSIÓN
Para Romero, el bien del pueblo, sobre todo el de los más pobres que
tenían la vida más amenazada, el Reinado de Dios en terminología
evangélica, era el criterio decisivo que tenía que guiar su actuación y la
de cualquier persona, en especial la cristiana. Por esto era crítico no
sólo con las oligarquías políticas y económicas que dominaban el país,
sino también con las organizaciones populares, cuando con sus errores,
con sus luchas por el poder, perjudicaban al pueblo, sobre todo a
los más pobres.
su confianza… Ésta es la Iglesia que
yo quiero. Una Iglesia que no cuente
con los privilegios y las valías de
las cosas de la tierra. Una Iglesia cada
vez más desligada de las cosas terrenas,
humanas, para poderlas juzgar
con mayor libertad desde su
perspectiva del Evangelio, desde su
pobreza.»
Pero cuando la Iglesia es fiel a Jesús,
entonces es perseguida en un mundo en
el que acostumbran a dominar los poderes
egoístas y asesinos. Por eso, para
él la persecución:
«¡Es la nota histórica de la Iglesia!
Siempre tiene que ser perseguida.
Una doctrina que va contra las inmoralidades,
que predica contra los
abusos, que va siempre predicando
el bien y atacando el mal, es una doctrina
puesta por Cristo para santificar
los corazones, para renovar las
sociedades. Y naturalmente, cuando
en esa sociedad o en ese corazón hay
pecado, hay egoísmo, hay podredumbre,
hay envidias, hay avaricias,
pues el pecado salta, como la culebra
cuando tratan de apresarla, y persigue
al que trata de perseguir el mal.
Por eso, cuando la Iglesia es perseguida,
es señal de que está cumpliendo
su misión.» (Homilía 25-11-
1977)
En cualquier caso, selló su muerte
cuando el domingo antes de que lo asesinaran,
dijo lo siguiente:
«Yo quisiera hacer un llamamiento,
de manera especial, a los hombres
del ejército. Y en concreto, a las bases
de la Guardia Nacional, de la policía,
de los cuarteles... Hermanos,
son de nuestro mismo pueblo. Matan
a sus mismos hermanos campesinos.
Yante una orden de matar que dé un
hombre, debe prevalecer la ley de
Dios que dice: “No matar”. Ningún
soldado está obligado a obedecer
una orden contra la Ley de Dios.
Una ley inmoral, nadie tiene que
cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen
su conciencia, y que obedezcan
antes a su conciencia que a
la orden del pecado. La Iglesia, defensora
de los derechos de Dios, de
la Ley de Dios, de la dignidad humana,
de la persona, no puede quedarse
callada ante tanta abominación.
Queremos que el gobierno
tome en serio que de nada sirven las
reformas si van teñidas con tanta
sangre. En nombre de Dios y en
nombre de este sufrido pueblo, cuyos
lamentos suben hasta el cielo
cada día más tumultuosos, les suplico,
les ruego, les ordeno en nombre
de Dios: cese la represión.»
“Resucitaré en el pueblo”
La oligarquía salvadoreña y el ejército,
apoyado masivamente por el gobierno
de EE.UU., ya no pudieron tolerar más
estas palabras. Y lo asesinaron. Pero
entonces sucedió que el pueblo salvadoreño
lo quiso aún más y se sintió más
apoyado que nunca en su lucha por liberarse.
Sucedió, lo que ya Mons.
Romero había predicho en una de sus
homilías:
«He sido frecuentemente amenazado
de muerte. Debo decirles que, co-
20
mo cristiano, no creo en la muerte
sin resurrección. Si me matan, resucitaré
en el pueblo salvadoreño. Se
lo digo sin ninguna jactancia, con la
más grande humildad. Como pastor
estoy obligado por mandato divino
a dar la vida por quienes amo, que
son todos los salvadoreños, aun por
aquellos que vayan a asesinarme. Si
llegaran a cumplirse las amenazas,
desde ya ofrezco a Dios mi sangre
por la redención y resurrección de El
Salvador. El martirio es una gracia
que no creo merecer, pero si Dios
acepta el sacrificio de mi vida, que
mi sangre sea semilla de libertad y
la señal de que la esperanza será
pronto una realidad. Mi muerte, si es
aceptada por Dios, sea por la liberación
de mi pueblo y como un testimonio
de esperanza en el futuro.
Pueden decir, si llegasen a matarme,
que perdono y bendigo a quienes lo
hagan. Ojalá, se convenzan que perderán
su tiempo. Un obispo morirá,
pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo,
no perecerá jamás.» (Marzo de
1980)
Y una vez más, Mons. Romero tuvo
razón. Ha resucitado en el pueblo de El
Salvador, que lo sigue queriendo y se
apoya en su testimonio y en sus palabras
para seguir luchando por un mundo mejor,
en el cual todas las personas puedan
vivir humana y dignamente y en el cual
los Derechos Humanos sean realmente
respetados.
Y quiero acabar con unas palabras
de I. Ellacuría, también él un mártir, que
defendió los Derechos Humanos y la
justicia, unas palabras que él pronunció
con motivo del doctorado honoris causa
que la UCA concedió, post mortem,
a Mons. Romero y que expresan bien lo
que fue y significa:
«En una sociedad configurada por
los poderes de la muerte, él, que era
promotor de los principios de la vida,
no pudo ser tolerado. Como la de
su gran maestro Jesús de Nazaret, su
misión pública al frente del arzobispado
sólo duró tres años. Reunidos
los poderes de las tinieblas, decidieron
acabar con quien, como en el caso
de Jesús, fue acusado de andar soliviantando
a la gente desde Galilea
hasta Judea, desde Chalatenango
hasta Morazán. Y lo acallaron de un
tiro mortal porque el pueblo no hubiera
permitido que lo crucificaran
en público. Sólo así pudieron acallar
al profeta. Pero ya para entonces la
semilla había fructificado y su voz
había sido recogida por miles de gargantas
que con Monseñor habían recobrado
su voz perdida. Los sin voz
ya tenían voz, la suya y la de
Monseñor. Y al quedar huérfanos,
podían alcanzar su mayoría de edad
y convertirse así en padre de nuevos
hijos, innumerables como las arenas
del mar. Yes que el asesinado era un
mártir. Lo mataron porque iluminaba
y denunciaba desde el evangelio
los males del país y a quienes los
perpetraban, pero murió porque el
amor de Dios y el amor del pueblo
le estaban pidiendo dar su vida en
testimonio de lo que creía y de lo que
practicaba. Por eso resucitó en el
pueblo por el que había muerto, y
por eso esperó también la resurrección
cristiana en la que confiaba sin
asomo de duda.»
21
El ángel del Señor anunció en la víspera...
El corazón de El Salvador marcaba
24 de marzo y de agonía.
Tú ofrecías el Pan,
el Cuerpo Vivo
–el triturado cuerpo de tu Pueblo;
Su derramada Sangre victoriosa
–¡la sangre campesina de tu Pueblo en masacre
que ha de teñir en vinos de alegría la aurora conjurada!
El ángel del Señor anunció en la víspera,
y el Verbo se hizo muerte, otra vez, en tu muerte;
como se hace muerte, cada día, en la carne desnuda de tu Pueblo.
¡Y se hizo vida nueva
en nuestra vieja Iglesia!
Estamos otra vez en pie de testimonio,
¡San Romero de América, pastor y mártir nuestro!
Romero de la paz casi imposible en esta tierra en guerra.
Romero en flor morada de la esperanza incólume de todo el Continente.
Romero de la Pascua Latinoamericana.
Pobre pastor glorioso, asesinado a sueldo, a dólar, a divisa.
Como Jesús, por orden del Imperio.
¡Pobre pastor glorioso,
abandonado
por tus propios hermanos de báculo y de Mesa...!
(Las curias no podían entenderte:
ninguna sinagoga bien montada puede entender a Cristo).
Tu pobrería sí te acompañaba,
en desespero fiel,
pasto y rebaño, a un tiempo, de tu misión profética.
El Pueblo te hizo santo.
La hora de tu Pueblo te consagró en el kairós.
Los pobres te enseñaron a leer el Evangelio.
22
San Romero de América (Pere Casaldàliga)
23
Como un hermano herido por tanta muerte hermana,
tú sabías llorar, solo, en el Huerto.
Sabías tener miedo, como un hombre en combate.
¡Pero sabías dar a tu palabra, libre, su timbre de campana!
Y supiste beber el doble cáliz del Altar y del Pueblo,
con una sola mano consagrada al servicio.
América Latina ya te ha puesto en su gloria de Bernini
en la espuma aureola de sus mares,
en el dosel airado de los Andes alertos,
en la canción de todos sus caminos,
en el calvario nuevo de todas sus prisiones,
de todas sus trincheras,
de todos sus altares...
¡En el ara segura del corazón insomne de sus hijos!
San Romero de América, pastor y mártir nuestro:
¡nadie hará callar tu última homilía!
1. De todos modos, en América Latina ha habido
una serie de obispos que se han distinguido
por su opción por los pobres y su denuncia de
la injusticia. Recuerdo unos cuantos: Helder
Cámara y Pere Casaldàliga, en Brasil; Leónidas
Proaño, en Ecuador; don Sergio Méndez
Arceo, en Chiapas; y los obispos que han
muerto asesinados, como Enrique Angelelli,
en Argentina; Juan Gerardi, en Guatemala;
Joaquín Ramos, en El Salvador, y Gerardo Valencia,
en Colombia.
2. La edición crítica (editada por Miguel Cavada)
de los sermones de Mons. Romero, en los
años durante los cuales fue arzobispo de San
Salvador, ha sido publicada en 6 volúmenes
con el título: Homilías de Monseñor Oscar A.
Romero, San Salvador, UCA editores 2005-
2009.
3. La confrontación que se desencadenó en El
Salvador hacía diez años que persistía cuando
Romero fue asesinado
4. En su sermón en Aguilares el 19-6-1977 dijo:
«A mí me toca ir recogiendo atropellos, cadáveres
y todo eso que va dejando la persecución
de la Iglesia. Hoy me toca venir a recoger, en
esta iglesia, en este convento profanado, un
sagrario destruido y sobre todo un pueblo
humillado, sacrificado indignamente. Por eso,
al venir, finalmente –porque quise estar con
ustedes desde el principio y no se me permitió–,
hermanos, y les traigo la palabra que
Cristo me manda decirles: una palabra de solidaridad,
una palabra de ánimo y de orientación
y, finalmente, una palabra de conversión
».
5. Públicamente le dijo en sus homilías: «quiero
decirle que antes de mi seguridad personal yo
quisiera seguridad y tranquilidad para 108
familias y desaparecidos… El pastor no quiere
seguridad mientras no se la den a su rebaño
».
6. El 21-8-1977 dijo: «Yo, que les estoy hablando,
necesito convertirme continuamente. El pecador,
el religioso, la religiosa, el colegio católico,
la parroquia, el párroco, la comunidad, la
Iglesia, pues, tiene que convertirse a lo que
Dios quiere en este momento de la historia de
El Salvador. Si uno vive en un cristianismo
que es muy bueno, pero que no encaja con
nuestro tiempo, que no denuncia las injusticia,
que no proclama el reino de Dios con valentía,
que no rechaza el pecado de los hombres, que
consiente por estar bien con ciertas clases, los
pecados de esas clases, no está cumpliendo su
deber, está pecando, está traicionando su
misión».
NOTAS
1. De todos modos, en América Latina ha habido una serie de obispos que se han distinguido por su opción por los pobres y su denuncia de la injusticia. Recuerdo unos cuantos: Helder Cámara y Pere Casaldàliga, en Brasil; Leónidas Proaño, en Ecuador; don Sergio Méndez Arceo, en Chiapas; y los obispos que han muerto asesinados, como Enrique Angelelli, en Argentina; Juan Gerardi, en Guatemala; Joaquín Ramos, en El Salvador, y Gerardo Valencia, en Colombia. 2. La edición crítica (editada por Miguel Cavada) de los sermones de Mons. Romero, en los años durante los cuales fue arzobispo de San Salvador, ha sido publicada en 6 volúmenes con el título:
Homilías de Monseñor Oscar A.
Romero , San Salvador, UCA editores 2005-
2009. 3. La confrontación que se desencadenó en El Salvador hacía diez años que persistía cuando Romero fue asesinado 4. En su sermón en Aguilares el 19-6-1977 dijo: «A mí me toca ir recogiendo atropellos, cadáveres y todo eso que va dejando la persecución de la Iglesia. Hoy me toca venir a recoger, en esta iglesia, en este convento profanado, un sagrario destruido y sobre todo un pueblo humillado, sacrificado indignamente. Por eso, al venir, finalmente –porque quise estar con ustedes desde el principio y no se me permitió–, hermanos, y les traigo la palabra que Cristo me manda decirles: una palabra de solidaridad, una palabra de ánimo y de orientación y, finalmente, una palabra de conversión ». 5. Públicamente le dijo en sus homilías: «quiero decirle que antes de mi seguridad personal yo quisiera seguridad y tranquilidad para 108 familias y desaparecidos… El pastor no quiere seguridad mientras no se la den a su rebaño ». 6. El 21-8-1977 dijo: «Yo, que les estoy hablando, necesito convertirme continuamente. El pecador, el religioso, la religiosa, el colegio católico, la parroquia, el párroco, la comunidad, la Iglesia, pues, tiene que convertirse a lo que Dios quiere en este momento de la historia de El Salvador. Si uno vive en un cristianismo que es muy bueno, pero que no encaja con nuestro tiempo, que no denuncia las injusticia, que no proclama el reino de Dios con valentía, que no rechaza el pecado de los hombres, que consiente por estar bien con ciertas clases, los pecados de esas clases, no está cumpliendo su deber, está pecando, está traicionando su misión».
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