Principios básicos del neoliberalismo
El neoliberalismo es una ideología, basada en tres principios rectores:
Según estos principios, el centro de la actividad humana es el individuo y su libertad como valor absoluto y sin referencia comunitaria. Esto desemboca en un individualismo beligerante, en una insolidaridad que crea una franja de marginación y exclusión social cada vez más amplia y en una feroz y agresiva competitividad. Para el neoliberalismo, el valor supremo, que lo rige todo, es lo económico, encarnado en el culto al dinero, como dios al que se ofrecen sacrificios de vidas humanas, las de los pobres; la meta suprema es la consecución a cualquier precio de la satisfacción sensible del individuo.
Para llevar a cabo estos postulados, el neoliberalismo proclama la libertad de las actividades económicas y la sacralidad de la propiedad privada, buscando el enriquecimiento mediante la expansión del mercado. El nuevo dogma de esta religión neoliberal es "fuera del mercado no hay salvación".
El método que emplea el neoliberalismo es la libre competencia, de la que el Estado debe estar ausente, teniendo por norma básica la eficacia. Y en la libre competencia -ya se sabe- gana quien tiene más, quien puede más; vencen los fuertes, los ricos y los hábiles; los pobres, los desfavorecidos no cuentan para nada.
Entendido así el sistema neoliberal, habría que preguntarse de entrada: ¿se puede ser cristiano y neoliberal?
Si la economía -llámese capital o mercado- es el valor supremo; si el mercado global o la globalización del mercado es el único camino a seguir; si la propiedad privada -lo mío- es sagrada, y si el enriquecimiento mediante la expansión del mercado es la meta a la que se denomina "desarrollo"... ¿cabe todavía preguntarse si se puede ser cristiano y neoliberal?
Pues nada hay más ajeno al evangelio que estos principios con los que dicen que se pretende conseguir "la calidad de vida", la calidad total, basada principal -y casi exclusivamente- en el enriquecimiento, la competitividad, la codicia y la acumulación del capital.
En esta sociedad neoliberal, la tan propugnada libre competencia en términos de mercado no es tal, ni crea igualdad, sino desigualdad; es injusta por sí misma desde el momento en que hay muchos millones de seres humanos del planeta que no pueden competir en nada ni con nadie, al no tener nada que comprar ni vender, porque no tienen acceso al mercado.
En la nueva "religión del mercado", no se dice ya "dime con quién andas y te diré quien eres" sino "dime qué compras, cuánto compras, a quién compras y te diré quién eres". Hoy el "ser" se constituye por el "comprar" y por el "tener". Consecuentemente a este principio, los 2.500 millones de pobres de la tierra sin capacidad de comprar, sencillamente no existen, no cuentan, no son.
Si antes se decía unicuique suum (a cada uno lo suyo), defendiendo a ultranza la propiedad privada, hoy el eslogan es "a cada uno lo que produce".
Ante este panorama, el estado neoliberal reduce al mínimo su participación e intervención en la actividad económica, quedando el individuo cada vez más desprotegido y desvalido ante los verdaderos señores de la tierra que controlan el flujo de capitales. Los estados venden hoy las empresas, incluso aquellas rentables, dejándolas en manos de las multinacionales y los grandes capitales, propugnando la libre competencia, pero practicando cada vez más un monopolio a escala mundial en el que los grandes bancos y las grandes empresas multinacionales se funden con otras igualmente grandes para dominar absolutamente el mercado y acabar con la tan proclamada libertad de mercados.
Hoy más que nunca queda patente la vieja máxima: "Poderoso caballero es don dinero", revistiéndose de patetismo palabras de Jesús como éstas: "No podéis servir a Dios y al dinero (léase capital o mercado globalizador) (Lc 16,13); "vende lo que tienes y repártelo a los pobres, que tendrás en Dios tu riqueza; y anda, sígueme a mí (Lc 18,22)"; "ay de vosotros, los ricos" (Lc 6,24); "¡Con qué dificultad entran en el reino de Dios los que tienen el dinero! Porque es más fácil que entre un camello por el ojo de una aguja que no que entre un rico en el reino de Dios" (Lc 16,24-25).
¿Quién se cree hoy esto o se atreve a proclamarlo?
Hoy que se habla de la España de las oportunidades hay que afirmar tajantemente que un sector grande de la población activa no tiene sencillamente oportunidades, ni siquiera la posibilidad de acceder a un puesto de trabajo digno. En España este sector alcanza el 19%, en torno a dos o tres millones de personas según quien haga los números (la Encuesta de Población Activa o el Instituto Nacional de Empleo); en Europa hay ya 18 millones de parados y en Estados Unidos los pobres alcanzan la cifran de 40 millones.
Y muchos de los que tienen un puesto de trabajo en nuestro país, lo tienen con un contrato-basura y un salario precario; no hablemos ya de las pensiones contributivas o del salario social de aquellos que ni siquiera tienen trabajo, tan reducidos a mínimos ni siquiera vitales.
Pues bien, es precisamente en este campo, en la actitud que los cristianos debemos tener hacia el dinero, verdadero dios de la sociedad neoliberal, donde aparece, a mi juicio, más nítida que nunca la alternativa que el evangelio ofrece hoy, que, de ponerse en práctica, abriría la puerta a la esperanza en un mundo que no esté basado en el dinero, sino en el pleno desarrollo humano, verdadera meta propuesta por Jesús en el evangelio.