Los otros ricos
Pero el rico de la parábola no es el único que aparece en los evangelios. Sabemos también del rico de la parábola del rico y Lázaro (Lc 16,19-30), tan inmensamente rico "que se vestía de púrpura (tejido real) y lino (ropa de importación, diríamos hoy), y banqueteaba todos los días espléndidamente" (este rico había convertido lo extraordinario en asunto de todos los días); y también sabemos de un pobre, inmensamente pobre, que, por ironías de la vida se llamaba Lázaro (del hebreo elcazar, Dios ayuda) que estaba echado en el portal (su estado es de postración), cubierto de llagas (es enfermo, además de pobre); Lázaro habría querido llenarse el estómago con lo que caía de la mesa del rico (además de pobre y enfermo, está hambriento); por el contrario, incluso se le acercaban los perros para lamerle las llagas" (los perros de la parábola no son esos perros que proliferan por nuestros hogares, animales de compañía, sino los perros semisalvajes callejeros, verdadera plaga en el mundo antiguo, siempre preparados para morder a su presa). Lázaro es tan pobre que no habla en la parábola ni después de muerto: de él hablan en el más allá el rico (por dos veces) y Abrahán (una) llamándolo por su nombre. Por estar echado en el portal de la casa y no en las afueras de la ciudad, sería de esperar que el pobre entrase a la casa del rico para comer al menos las sobras del banquete o que el rico saliese para encontrarse y remediar su necesidad. Sin embargo, ambos mueren sin que se produzca el encuentro. La puerta no llega a abrirse nunca. Lamentable, pero real situación que se está dando hoy y ahora en nuestro mundo. En nuestra sociedad neoliberal, la gente muere de hambre por millares, sin que nadie les tienda la mano.
Por el evangelio tenemos también noticia de otro rico (Mc 10,17-31; Lc 18,18-30; Mt 19,16-30), magistrado según Lucas (Lc 18,18), joven, según Mateo (19,22), que no teniendo bastante con tener asegurada la vida presente con "sus muchas posesiones", quería garantizartse también la futura y se llegó a Jesús para preguntarle: "Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para conseguir vida definitiva?" Llama la atención la preocupación "total" de este rico. Quienes, como él, no quieren comprometerse a fondo con el prójimo prefieren hablar de la otra vida, como una droga que aliena de los deberes con la vida presente. A la vida futura, le responde Jesús, no se llega rezando, sino cumpliendo los mandamientos que miran al prójimo: "No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, sustenta a tu padre y a tu madre y ama a tu prójimo como a ti mismo", pero, para entrar en la comunidad de Jesús, no basta con eso: hay que desprenderse de la riqueza, o lo que es igual, hay que dejar de ser rico, como le propone Jesús: "si quieres ser un hombre logrado, vete a vender lo que tienes y dáselo a los pobres, que tendrás en Dios tu riqueza; y anda, sígueme a mí". Para pertenecer a la comunidad de Jesús hay que remediar las carencias del prójimo, sacándolo de la pobreza y eso se hace renunciando a la riqueza. Al oír aquello, dice el evangelio, que el jovencito se fue entristecido, pues tenía muchas posesiones". Según Jesús, ser rico y cristiano es algo imposible, y el joven rico prefirió lo primero a lo segundo. Por eso Jesús, dirigiéndose a sus discípulos, les dice: "Os aseguro que con dificultad va a entrar un rico en el reino de Dios (=comunidad cristiana). Lo repito: Más fácil es que entre un camello por el ojo de una aguja que no que entre un rico en el reino de Dios".
Aparece también otro rico en los evangelios: José de Arimatea, del que dice Mateo (27,57) que "caída la tarde llegó un hombre rico de Arimatea, de nombre José, que también había sido discípulo de Jesús. Fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo y Pilato mandó que se lo entregaran". El evangelista Mateo crea una tensión en el texto. José de Arimatea es un hombre rico y, por otra parte, se había hecho discípulo de Jesús o lo había sido (en griego, emathêteuthê, es una expresión extraña y ambigua, que significa ambas cosas). Sin embargo, José de Arimatea sigue siendo rico y no parece haber puesto en práctica la doctrina de Jesús sobre la riqueza, desprendiéndose de ella. Podría compararse al hombre necio que escucha las palabras de Jesús, pero, por no ajustar a ellas su vida, edifica sobre arena (cf Mt 7,26).
Hay, sin embargo, otro rico en los evangelios que adopta un talante diferente: Zaqueo (Lc 19,1), jefe de recaudadores, "que trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura" (como rico, Zaqueo no tiene la talla adecuada para ver a Jesús). Y cuando Jesús lo ve, lo llama y se encuentra con él, se produce el inicio de su conversión: "La mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres, y si a alguien he extorsionado dinero -tarea cotidiana en las aduanas del país-, se lo restituiré cuatro veces". Este rico cumple con creces las exigencias de justicia de Juan Bautista para con quienes se le acercan (compartir, no exigir más de lo establecido, no extorsionar, Lc 3,10-14), pero, como hemos visto, Jesús exige más: hay que estar dispuesto a darlo todo. Tal vez por esto Jesús no lo invita a ser su discípulo, aunque ya ha entrado la salvación en su casa en la medida en que está dispuesto a dar (aunque sea la mitad) y devolver lo extorsionado.
Conocemos una parábola en la que Jesús aconseja desprenderse del dinero precisamente para garantizar el futuro. Se trata de la parábola del hombre rico que tenía un administrador (solidario en la riqueza con él, se supone) y le fueron con el cuento de que éste derrochaba sus bienes. (Lc 16,1-13). Aquel administrador, al ver que su amo lo iba a despedir, se dijo: "¿Qué voy a hacer ahora que mi señor me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer, para que, cuando me despidan de la administración, haya quien me reciba en su casa. Fue llamando uno por uno a los deudores de su señor y preguntó al primero: ¿Cuánto debes a mi señor? Aquél respondió: Cien barriles de aceite. El le dijo: toma tu recibo; date prisa, siéntate y escribe "cincuenta"; Luego preguntó a otro: Y tú, ¿cuánto le debes? Éste le contestó: Cien fanegas. Le dijo: -Toma tu recibo y escribe "ochenta".
Este administrador no quiso garantizarse el futuro defraudando a su amo, sino renunciando a la comisión que percibía por la administración de los bienes, esto es, renunciando a su ganancia. Y dice el evangelio que "el señor (rico) elogió a aquel administrador de lo injusto por la sagacidad con que había procedido, pues los que pertenecen a este mundo son más sagaces con su gente que los que pertenecen a la luz". La parábola concluye con esta recomendación de Jesús: "Haceos amigos con el injusto dinero (esto es, renunciando al dinero injusto, única vez que se llama así al dinero en los evangelios) para que, cuando se acabe, os reciban en las moradas definitivas. Quien es de fiar en lo de nada, también es de fiar en lo importante; quien no es honrado en lo de nada, tampoco es honrado en lo importante. Por eso, si no habéis sido de fiar con el injusto dinero, ¿quién os va a confiar lo que vale de veras? Si no habéis sido de fiar en lo ajeno, lo vuestro, ¿quién os lo va a entregar? Ningún criado puede estar al servicio de dos amo: porque o aborrecerá a uno y querrá al otro, o bien se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero" (en griego, mamônâs) (Lc 16,9-13)11.
Para Jesús "lo de nada, lo ajeno" (aquello que no tiene importancia y que nada tiene que ver con el discípulo) es el injusto dinero. Y eso se opone a "lo que vale de veras, lo importante, lo vuestro". Lo importante para el cristiano no es don dinero, sino el don del Espíritu de Dios que comunica vida a los suyos (Lc 11,12); para recibir este don de Dios se requiere el desprendimiento del dinero (11,33-36) y la generosidad hacia los demás.
Esta es la única vez en el NT en que el dinero, denominado con el término griego mamônâs, es calificado, sin más, de "injusto". El dinero, los bienes, las posesiones, en cuanto acumulados son injustos, porque o proceden de la injusticia o conducen a ella. Ahora bien, si uno se desprende del dinero para "ganarse amigos", hace una buena inversión no en términos bursátiles, porque lo pierde, sino términos humanos. Desprenderse del dinero abriría al administrador la puerta del futuro. Perdido el empleo, sería acogido en casa de los acreedores de su amo.
Jesús, como vemos, no quiere cuentas con el dinero, y no se deja fascinar por la riqueza y los ricos, que cuando dan, si es que lo hacen, dan de lo que les sobra. Dice Lucas que una vez "se sentó Jesús enfrente de la Sala del Tesoro y observaba cómo la gente iba echando monedas en el tesoro; muchos ricos echaban en cantidad. Llegó una viuda pobre y echó dos ochavos, que hacen un cuarto. Convocando a sus discípulos, les dijo: Esa viuda pobre ha echado en el tesoro más que nadie, os lo aseguro. Porque todos han echado de lo que les sobra; ella, en cambio, sacándolo de su falta, ha echado todo lo que tenía, todos sus medios de vida" (Mc 12,41-44; cf Lc 21,1-4). Jesús aprecia más el donativo insignificante de la pobre viuda que dio todo lo que tenía, mostrando que tiene su confianza puesta no en el dinero, sino en un Dios, que, por cierto, no necesita dinero, sino la entrega total de la persona.