Alocución de Jesús a los discípulos
Terminada la parábola, dirigida a la multitud, Jesús fija su atención en los discípulos y les dice:
22Por eso os digo: No andéis preocupados por la vida, pensando qué vais a comer; ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir. 23Porque la vida vale más que el alimento y el cuerpo más que el vestido. 24Fijaos en los cuervos: ni siembran ni siegan, no tienen despensa ni granero y, sin embargo, Dios los alimenta, y ¡cuánto más valéis vosotros que los pájaros!
25 Y ¿quién de vosotros a fuerza de preocuparse podrá añadir una hora sola al tiempo de su vida? 26Entonces, si no sois capaces ni siquiera de lo pequeño, ¿por qué os preocupáis por lo demás?
27Fijáos cómo crecen los lirios: ni hilan ni tejen, y os digo que ni Salomón en todo su fasto estaba vestido como cualquiera de ellos. 28Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿cuánto más no hará por vosotros, gente de poca fe?
Este texto ha sido con frecuencia mal interpretado. Ha servido para ilustrar aquello de la "divina providencia" e invitar a rezar y a confiar en Dios, olvidando las tareas cotidianas. Sin embargo, esto no se deduce de las palabras de Jesús. Jesús no invita a despreocuparse del sustento, sino a no estar obsesivamente preocupados por el futuro, queriéndolo garantizar con los bienes. Según Jesús, la obsesiva preocupación por el futuro despierta el deseo de acaparar para asegurarse la subsistencia y de ahí nace la codicia o el deseo de riqueza. La preocupación central del cristiano no tiene que girar obsesivamente en torno a lo material (la comida o el vestido). La vida, que no puede reducirse a lo material, no debe consistir en acaparar y acumular bienes como garantía de futuro.
Jesús propone de modelo el comportamiento de los pájaros, siempre inquietos para buscar el sustento de cada día, sin agobiarse con el futuro, razón por la que no entran en la dinámica que lleva a acumular y acaparar para el mañana: "Los cuervos ni siembran, ni siegan, no tienen despensa ni granero y Dios los alimenta". Nadie puede negar, sin embargo, que los pájaros no trabajen por buscar el sustento; trabajan y comen para vivir cada día. O el ejemplo de los lirios, bien enraizados en tierra, que "ni hilan ni tejen y ni Salomón en todo su fasto estaba vestido como cualquiera de ellos".
Y continúa Jesús:
29No estéis con el alma en un hilo, buscando qué comer o qué beber. 30Son los paganos del mundo entero quienes ponen su afán en esas cosas, pero ya sabe vuestro Padre que tenéis necesidad de ellas. 31Por el contrario, buscad que él reine, y eso se os dará por añadidura. 32No temas, pequeño rebaño, que es decisión de vuestro Padre reinar de hecho entre vosotros.
La preocupación central del cristiano es que Dios reine en el mundo, y no el dinero, el otro dios competidor del Dios de Jesús. El dios dinero tiene una dinámica de muerte, consistente en hacer nacer en el corazón del hombre la codicia y el deseo de bienes que acaba con la vida de los demás; el Dios de Jesús crea una comunidad de amor y de vida en la que los bienes, considerados don de Dios, se distribuyen para dar vida y sustento a todos.
Por eso Jesús recomienda, a continuación, para no caer en la codicia, en la insolidaridad y en el desamor:
33Vended vuestros bienes y dadlos en limosna; haceos bolsas que no se estropeen, una riqueza inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni echa a perder la polilla. 34Porque donde tengáis vuestra riqueza tendréis el corazón.
El cristiano, como prueba de que tiene su confianza puesta en Dios, deberá renunciar en la vida al deseo de tener y de acumular; y cuando tenga, deberá vender y dar, o lo que es igual, hacer posible que esos bienes, que son de Dios, sirvan para que a la mesa de la vida se sienten todos, de modo que no haya excluidos del pueblo ni pueblos excluidos, como propugna la parábola de los invitados al banquete (Lc 14,16-24; Mt 22,2-14). Por voluntad divina, es la "humana providencia" (vender y dar) la que hará que sea de todos lo que se ha acumulado en manos de unos pocos.