En estado de alerta
Para cumplir ese objetivo, el cristiano debe estar siempre alerta, dispuesto siempre al servicio, siguiendo el camino de Jesús, hasta el día del encuentro definitivo con él:
35Tened el delantal puesto y encendidos los candiles; 36pareceos a los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para, cuando llegue, abrirle en cuanto llame. 37¡Dichosos esos siervos si el Señor al llegar los encuentra despiertos! Os aseguro que él se pondrá el delantal, los hará recostarse y les irá sirviendo uno a uno. 38Si llega entrada la noche o incluso de madrugada y los encuentra así, ¡dichosos ellos! 39Esto ya la comprendéis, que si el dueño de la casa supiera a qué hora va a llegar el ladrón, no le dejaría abrir un boquete en su casa. 40Estad también vosotros preparados, pues, cuando menos lo penséis, llegará el hijo del Hombre.
Jesús, nuestro señor, antes de morir se puso el delantal y lavó los pies de sus discípulos, indicando cuál debe ser la actitud del discípulo: servir hasta la muerte para dar vida y hacer posible la vida; desprenderse de todo lo que le impide el servicio, mostrar que se está dispuesto a amar a Dios sobre todas las cosas, poniendo a disposición de los demás lo que tenemos (nuestro dinero) y lo que somos (nuestra persona), que no en otra cosa consiste servir a Dios.
Servir es lo contrario del individualismo de aquel rico que sólo pensaba en sí; es lo más opuesto al hedonismo de quien, como el rico, busca siempre la satisfacción y el placer propio como valor supremo; supone romper con el materialismo imperante que pone como centro del mundo el dinero y los bienes, y no la persona y su pleno desarrollo. Exige, en definitiva, no comulgar con el neoliberalismo, cuyos pecados y vicios están claramente dibujados en la parábola que acabamos de comentar.