Lunes, 23 de junio de 2014

No corren vientos propicios para la utopía. Quizá nunca los hayan corrido y ésa sea su característica principal: la de tener que avanzar contra viento y marea. La situación de destierro en que viven hoy las personas y los proyectos utópicos en nuestro mundo es muy similar a la de los poetas en la República de Platón.

El filósofo griego los expulsa de la República alegando cosas como  éstas: son meros imitadores y no creadores; no contribuyen a la mejora de las ciudades ni han demostrado ser buenos legisladores; no han hecho ninguna invención, ni han realizado aportaciones propias de los sabios, ni han sido guías de la educación.

que todos los poetas, empezando por Homero, son imitadores de imágemes de virtud y de aquellas otras cosas sobre las que componen; y que, en cuanto a la verdad,  no la alcanzan" (La República, libro X, 600e). El poeta no sabe hacer otra cosa que imitar.

Y el imitador no sabe nada importante sobre las cosas que imita; no entiende nada del ser; sólo entiende de la apariencia (ibid., 601b-c).

La imitación no es una cosa seria, sino niñería (id., 602b).
La utopía es excluida hoy de todos los campos: de las ciencias y de las letras; de la economía y de la política; de la filosofía y de la teología; e incluso de la vida y del quehacer cotidianos. Hemos pasado de la tan jaleada consigna del 68 "seamos realistas, pidamos lo imposible"
al "seamos realistas, atengámonos a los hechos", del  "fuera del sistema está la salvación", al "fuera del sistema no hay salvación", tan afín al principio eclesiástico medieval excluyente "fuera de la Iglesia no hay salvación".
Desde el siglo XVI viene salvándose una vieja y virulenta pugna entre la razón utópica y la razón instrumental, que adquiere distintos tonos y modalidades.
Primero fue entre la Utopía de Moro y El príncipe de Maquiavelo.

Después, entre la Revolución Francesa y las sucesivas restauraciones políticas. Más adelante, entre el conservadurismo, defensor del statu quo, y el liberalismo, defensor de la libertad, entre la revolución burguesa y la  revolución socialista, entre el socialismo utópico y el socialismo científico, etc.

Los contendientes eran siempre desiguales, y la pugna entre ellos se parecía mucho a la que
salvaron el desarmado David (=razón utópica) y el bien pertrechado Goliat (= razón instrumental).
Hoy son los realistas y pragmáticos quienes contienden contra los utópicos e ideólogos -a quienes se considera de la misma
familia-.

La utopía es vista con desprecio y tratada agresivamente. Es colocada del lado de lo ideológico.

Y, como nos encontramos en el fin de las ideologías, se cree que también estamos llegando al final de las utopías.
Es puesta del lado de lo irracional.

Y, como lo que impera hoy es la razón instrumental, todo lo que va
contra esa razón se considera visceral. Es ubicada del lado de lo política, económica, social y culturalmente  desviado, incorrecto, alocado, demagógico. Frente a ella se pone como modelo el filosofar y teologizar correctos, lo política, cultural, económica y religiosamente correcto. Es situada del lado de lo subversivo y desestabilizador. Y eso, en tiempos de "orden y concierto" como los  nuestros, debe ser combatido -recurriendo a la violencia, si preciso fuere- hasta su eliminación. Es colocada del lado de lo imprevisible, lo novedoso, lo sorpresivo.

Pero, como lo que predomina en nuestra civilización científico-técnica es la razón calculadora, la utopía debe desaparecer o, al menos, invisibilizarse.

La actual entre ambas razones me parece muy bien reflejada en la siguiente anécdota que cuenta el teólogo
holandés Edward Schillebeeckx: "Una vez aterrizó un europeo con su avión en medio de un poblado de habitantes
africanos que miraban atónitos al extraño pájaro grande.

El aviador, orgulloso, dijo: "En un día he recorrido una distancia para la que antes necesitaba treinta".

Entonces se adelantó un sabio jefe negro y preguntó: "Sir, ¿y qué hace con los 29 restantes?"".


Publicado por tabor @ 11:33  | Nuestra sociedad
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios