Lunes, 29 de septiembre de 2014

El arzobispo Agrelo tacha de “holocausto” la política migratoria europea

Vida Nueva 13.12.2013

La muerte de un joven camerunés en Tánger origina una manifestación de subsaharianos

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA | Con apenas 16 años, el camerunés Cédric Bete moría el 4 de diciembre en Tánger (Marruecos). Aunque no se han esclarecido las causas, se sabe que cayó de un cuarto piso en el transcurso de una redada policial y que ya es la quinta persona que muere en los últimos meses en Marruecos (tres en Tánger) en estas circunstancias.

Pero esta vez ha sido diferente, pues, en un hecho sin precedentes, unos 700 subsaharianos sin papeles cargaron con el cadáver de su compañero y recorrieron las calles de la ciudad mientras clamaban contra la “policía racista y asesina” del régimen de Mohamed VI. Hubo incluso enfrentamientos con las fuerzas de seguridad, a las que arrojaron piedras. Hasta ahora, por el temor a ser expulsados a sus países de origen (con lo cual se frustraría su intento de cruzar por Ceuta o Melilla hasta Europa), nunca se habían registrado manifestaciones de este tipo entre los migrantes del continente.

En las horas siguientes a los hechos, Vida Nueva contactó con Santiago Agrelo, el arzobispo de Tánger, quien confirmó que estaba coordinando a la comunidad católica local para hacer pública una protesta unitaria contundente. La misma llegó solo un día después, con un comunicado en el que se denuncia una situación inhumana: “Esta comunidad eclesial es testigo asombrado y apenado de que, en las fronteras del sur de Europa, son vulnerados no pocos de los artículos incluidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Nadie puede considerar respetuoso con la dignidad de las personas y con ‘su derecho a salir de cualquier país, incluido el propio’, el que, en veinte años, las fronteras se hayan cobrado la vida de más de 20.000 jóvenes”.

Retirada de las concertinas

A un nivel más concreto, el mensaje critica el sistema europeo de vigilancia de fronteras (Eurosur), porque “asocia inmigración y delincuencia, lo que evidencia un inaceptable juicio negativo sobre los emigrantes y favorece el desarrollo de sentimientos xenófobos”. De ahí que se exija, entre otras cosas, “la retirada inmediata de las concertinas instaladas en las vallas de Ceuta y Melilla, por tratarse de instrumentos que violan derechos fundamentales de las personas y en nada favorecen el deseado desarrollo moral, cultural y económico de la sociedad española y de la Unión Europea. Las cuchillas solo causan dolor y muerte”.

En posterior conversación con esta revista, Agrelo profundiza en su denuncia y lo hace sin medias tintas: “¿Dormido el Primer Mundo? No, ciego, voluntariamente ciego. Puede que culpablemente ciego. No puedo evitar que me vengan a la mente cegueras y holocaustos. Las políticas migratorias son un crimen del que un día nos avergonzaremos, como nos avergonzamos del Holocausto: cambia el número de muertos, pero no el espíritu que los provoca”.

El franciscano español, que presidió en la catedral de Tánger el funeral por Cédric Bete –“era un niño, solo un niño”– y pudo hablar con quienes iniciaron las protestas, explica que “el mensaje que les hice llegar era de resistencia pasiva, de oponerse a la violencia con la fuerza de la propia debilidad”. A la vez que él mismo les aseguró su cercanía en la tarea: “Me comprometí a no dejar que se apague su voz y se ignore su sufrimiento”.

Cuestionado sobre si, al igual que surgiera la llamada primavera árabe, es posible ahora una primavera subsahariana, Agrelo responde que “solo la habrá cuando el Señor disponga que los pies de los humildes pisen la ciudad soberbia. Es penoso decirlo, pero las llamadas de atención a la conciencia de las autoridades europeas parecen destinadas a terminar en la cestilla de los papeles desechados. Y, sin Europa, ninguna primavera es posible”.

En cuanto a la implicación de los prelados europeos en esta cuestión, el arzobispo de Tánger considera que estos “no pueden tener de la emigración la visión cruel que a nosotros nos ofrecen cada día estas tierras de frontera. Eso hace aún más valioso su compromiso profético con esta humanidad acorralada contra vallas ensangrentadas. Mañana, cuando llegue la hora de los pobres, la Iglesia recordará con orgullo a quienes hoy los defienden”.

En este sentido, la llamada contra la “globalización de la indiferencia” de Francisco en Lampedusa es un eje referencial. Y con un estilo propio: “Se habló del grito de Francisco, pero este Papa más bien susurra; aunque se oiga como un grito, porque dice lo que necesitamos oír, toca lo que nos concierne, lo que el corazón anhela ver realizado”.

 

En el nº 2.875 de Vida Nueva.


Publicado por tabor @ 11:10  | Nuestra sociedad
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