Viernes, 14 de noviembre de 2014

La conciencia de la dignidad de la persona, que es la raíz de los derechos humanos, está inscrita dramáticamente en la gestación de los nuevos pueblos indo-ibero-americanos, al alba de la modernidad, en una dialéctica contradictoria entre evangelización y conquista, dominación y fraternidad.

Sólo 12años después del desembarco de Cristóbal Colón en la isla de Guahananí, el testamento de la reina Isabel, la Católica, suplicaba que no se admita ni permita “que los indígenas de las islas y de tierra firme, conquistadas o por conquistar, sufran el menor daño en sus personas y en sus bienes y, por contrario, mando que sean tratados con justicia y humanidad, y que sean reparados todos los daños que hayan podido sufrir”, aboliendo en todo caso su esclavitud1. Apenas7 años más tarde, en la Navidad de 1511, interpelando proféticamente a los primeros colonos españoles asentados en la isla La Española, se levantaba el clamor de la primera predicación documentada en tierras del Nuevo Mundo, la del dominico Fray Antonio de Montesinos: “(...) Todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes (...). Éstos, ¿no son hombres?, ¿no tienen ánimas racionales?, ¿no sois obligados a amarlos como vosotros mismos?”2. Ante la lógica de hierro de la conquista y de la explotación de la mano de obra indígena, se desatará entonces lo que el historiador Lewis Hancke llama “la primera gran batalla por la justicia en América”3. Sus “adelantados” y protagonistas serán, sobre todo, multitudes de misioneros, entre los que descollará la gesta infatigable y apasionada de Fray Bartolomé de las Casas.

Esa legión de misioneros recibió de la “primera escolástica”, la de San Anselmo, San Alberto Magno y Santo Tomás de Aquino, y del tomismo renacentista ibérico, o “segunda escolástica”, la de Cayetano, Vitoria, Soto, Fonseca y Cano, especialmente por medio de la “escuela de Salamanca”, un legado fecundo y una teorización académica muy profunda sobre el derecho natural, apoyado teológicamente en la ley eterna de Dios y configurado como “derecho de gentes” en tiempos del primer salto de globalización ecuménica, que los mismos misioneros aplicaron proféticamente a la situación histórica de los indios americanos. Es la “escuela de Salamanca”, al desatar la vasta polémica de los “justos títulos”, que pone en cuestión la legitimidad de la conquista, conmoviendo a la Corona española. Cuando la conquista se convierte en hecho consumado, es esa batalla teórica y práctica por la justicia que impone el reconocimiento de los indios en su condición humana de seres racionales y libres, en su dignidad de personas, creadas a imagen y semejanza de Dios, llamadas a ser hijos de Dios por el bautismo y libres vasallos de la Corona en el territorio del Nuevo Mundo. Fueron considerados, pues, sujetos de derechos inherentes a toda persona humana, como el derecho a la vida, a la libertad de conciencia, a la libertad de residencia, a la propiedad de sus bienes, dominios y señoríos, a la convivencia pacífica, ala libertad de trabajo y al justo salario, a la administración de la justicia conforme a la ley, a la libre organización de sus comunidades y autoridades políticas. No podía imponérseles la fe cristiana por la fuerza, ni cabía el derecho de hacerles la guerra o convertirlos en esclavos por rebelión, rescate, idolatría, ni por cualquier otro motivo4. La Bula del papa Pablo III, Sublimis Deus, del 15375 y las “leyes nuevas de Indias” del 15426son dos cartas magnas de derechos humanos.

Si bien la dura realidad de la conquista y la explotación de los indígenas prevaleció sobre las disposiciones de la ley – que, como afirmaban los colonizadores, “se acata pero no se cumple” – y sobre las persistentes denuncias y reivindicaciones de los misioneros, esa conciencia de dignidad de la persona y de sus derechos naturales quedará sembrada en el ethos de los pueblos iberoamericanos y re-emergerá periódicamente como tremenda crítica de toda reducción de la persona a cosa, instrumento, fuerza bruta de trabajo, mercancía, partícula de la naturaleza o elemento anónimo de la sociedad.

 


Publicado por tabor @ 8:40  | D. Social Iglesia
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