Domingo, 11 de enero de 2015

La Iglesia a la escucha de los pobres

7. La descripci�n que acabamos de hacer de la situaci�n de la pobreza en el mundo no puede reducirse para nadie a una fr�a constataci�n de datos estad�sticos. Todo aqu�l que tenga una actitud humanitaria y solidaria puede descubrir detr�s de cada cifra la existencia de seres humanos, de su especie y de su sociedad, que carecen d�a a d�a a�n de lo m�s elemental para poder vivir con un m�nimo de dignidad o, simplemente, para poder subsistir. Datos con rostro humano
8. Los cristianos, adem�s, sabemos que en cada uno de esos ni�os y ancianos, j�venes y adultos, varones y mujeres que viven en la miseria, podemos descubrir el rostro de Cristo, el Hijo de Dios y hermano de los hombres, que sufre en todos ellos y pide nuestra ayuda en cada uno de ellos. Por ello, la perspectiva de la fe hace que un an�lisis de la situaci�n se convierta para la Iglesia en una exigencia que la impulsa, sin excusa posible, a comprometerse a trabajar en el mundo en favor de los pobres. Un nuevo rostro de Cristo

La Iglesia, al encuentro de los pobres

9. La Sagrada Escritura nos recuerda que Dios escucha con gran miseridordia "el grito de los pobres"10. La Iglesia de Dios, habitada y movida por su Esp�ritu, debe avivar en ella su amor misericordioso hacia los pobres, escuchando su llamada y prestando su voz a los que no tienen voz. La Iglesia sabe que ese encuentro con los pobres tiene para ella un valor de justificaci�n o de condena
Hay que destacar que las palabras de condena de Cristo en el Evangelio no van directamente dirigidas a los causantes del mal que padecen los pobres. Lo que condena es el pecado de omisi�n, el desinter�s ante los necesitados de ayuda, como en la alegor�a prof�tica del Juicio Final, o en la par�bola del rico Epul�n y el pobre L�zaro11. Ignorando al pobre que sufre hambre, que est� desnudo, oprimido, explotado o despreciado, es al mismo Cristo al que desatendemos y abandonamos.
De aqu� que el encuentro con el pobre no pueda ser para la Iglesia y el cristiano meramente una an�cdota intranscendente, ya que en su reacci�n y en su actitud se define su ser y tambi�n su futuro, como advierten tajantemente las palabras de Jes�s. Por lo mismo, en esa coyuntura quedamos todos, individuos e instituciones, implicados y comprometidos de un modo decisivo. La Iglesia sabe que ese encuentro con los pobres tiene para ella un valor de justificaci�n o de condena, seg�n nos hayamos comprometido o inhibido ante los pobres. Los pobres son sacramento de Cristo.
10. M�s a�n: Ese juicio y esa justificaci�n no solamente debemos pasarlos alg�n d�a ante Dios, sino tambi�n ahora mismo ante los hombres. Solo una Iglesia que se acerca a los pobres y a los oprimidos, se pone a su lado y de su lado, lucha y trabaja por su liberaci�n, por su dignidad y por su bienestar, puede dar un testimonio coherente y convincente del mensaje evang�lico. Bien puede afirmarse que el ser y el actuar de la Iglesia se juegan en el mundo de la pobreza y del dolor, de la marginaci�n y de la opresi�n, de la debilidad y del sufrimiento. S�lo una Iglesia que se acerca a los pobres y a los oprimidos, se pone a su lado y de su lado, lucha y trabaja por su liberaci�n
Dec�a San Ambrosio: "Aquel que envi� sin oro a los Ap�stoles12 fund� tambi�n la Iglesia sin oro. La Iglesia posee oro no para tenerlo guardado, sino para distribuirlo y socorrer a los necesitados. Pues �qu� necesidad hay de reservar lo que, si se guarda, no es �til para nada? �No es mejor que, si no hay otros recursos, los sacerdotes fundan el oro para sustento de los pobres, que no que se apoderen de �l sacr�legamente los enemigos?. Acaso nos dir� el Se�or: `�Por qu� hab�is tolerado que tantos pobres murieran de hambre, cuando pose�ais oro con el que procurar su alimento? �Por qu� tantos esclavos han sido vendidos y maltratados por sus enemigos, sin que nadie los haya rescatado?' �Mejor hubiera sido conservar los tesoros vivientes que no los tesoros de metal!"13.
La Iglesia est� para solidarizarse con las esperanzas y gozos, con las angustias y tristezas de los hombres. La Iglesia es, como Jes�s, para "evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos, para buscar y salvar lo que estaba perdido"14. Y para decirlo de una vez y en una palabra que resume y concreta todo: el mundo al que debe servir la Iglesia es para nosotros preferentemente el mundo de los pobres.
11. En la Enc�clica Dives in misericordia escribe Juan Pablo II: "La Iglesia vive una vida aut�ntica cuando profesa y proclama la misericordia, el atributo m�s estupendo del Creador y Redentor"15. La autenticidad del hombre se manifiesta en su vida cuando el parecer y el obrar responden a la realidad de su propio ser. Pues bien: el Papa afirma que la vida de la Iglesia ser� aut�ntica "cuando profesa y proclama la misericordia"; es decir, cuando su actuaci�n, que la identifica socialmente mediante su actuaci�n visible (profesa), y el mensaje que trasmite al mundo (proclama) corresponden a su propio ser (misericordia), como participaci�n y prolongaci�n del Dios-misericordia. "La Iglesia vive una vida aut�ntica cuando profesa y proclama la misericordia"
Por tanto, la actuaci�n, el mensaje y el ser de una Iglesia aut�ntica consiste en ser, aparecer y actuar como una Iglesia-misericordia; una Iglesia que siempre y en todo es, dice y ejercita el amor compasivo y misericordioso hacia el miserable y el perdido, para liberarle de su miseria y de su perdici�n. Solamente en esa Iglesia-misericordia puede revelarse el amor gratuito de Dios, que se ofrece y se entrega a quienes no tienen nada m�s que su pobreza.
Notemos, finalmente, que el Papa califica esa misericordia como el atributo m�s estupendo -que tambi�n podr�a traducirse como m�s grande- del Creador y Redentor. Creaci�n y Redenci�n son, en �ltima instancia, igualmente obra del amor misericordioso de Dios. Por ello, la Iglesia-misericordia, que escucha y atiende el clamor de los pobres, revela en su vida lo m�s grande, lo m�s estupendo de Dios y de Cristo, tanto en la obra creadora como en la redentora.

La Iglesia servidora

12. Esta misericordia de Dios se manifest� en Jes�s de Nazaret en forma de servicio, de humildad y de humillaci�n, de entrega y donaci�n a Dios y a los hermanos. "El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por los muchos"16, que en el estilo semita quiere decir por todos. La diacon�a (el servicio) aparece indisolublemente unida a la misi�n de Jes�s, que se manifiesta como el Siervo de Yav� misteriosamente anunciado en Isa�as. La diacon�a unida a la misi�n de Jes�s
13. Los mejores cristianos de la historia, los santos, han entendido el seguimiento de Jes�s bajo esta forma de servicio y entrega por amor a los hombres, en especial a los m�s d�biles y necesitados, como Pedro Nolasco o Pedro Claver, Juan Bosco o Juan de Dios, etc. Desde hace muchos siglos, los Papas ostentan como un distintivo el t�tulo de "siervo de los siervos de Dios". La Iglesia y los cristianos de todos los tiempos, como seguidores de Cristo, hemos recibido el encargo primordial de servir por amor a Dios y a los hombres, con entra�as de misericordia especialmente hacia los m�s d�biles y necesitados. Seguimiento de Cristo y amor a los pobres. El testimonio de los santos
Sin embargo, esta actitud, que ha de ser general en los cristianos, no puede quedarse en algo gen�rico y vago, reduci�ndose a ideolog�a o mera ret�rica. �No tenemos la impresi�n en nuestro tiempo de que estamos muy bien abastecidos de documentos y de declaraciones, de manifestaciones, de buenas obras y buenos testimonios, de buena voluntad?
14. Ahora bien: para no quedarnos en vaguedades, es necesario encarnarnos en el aqu� y en el ahora. El sentimiento de misericordia y la actitud servicial se han vivido siempre a lo largo de la historia de la Iglesia, pero en cada �poca de manera cambiante, seg�n las circustancias. En este sentido, Juan Pablo II nos ofrece, en la citada Enc�clica "Dives in misericordia", unos criterios muy claros y sumamente pr�cticos que pueden servirnos de orientaci�n para la Iglesia y los cristianos de hoy: " Es menester que la Iglesia de nuestro tiempo adquiera una conciencia m�s honda y concreta de la necesidad de dar testimonio de la misericordia de Dios en toda su misi�n, siguiendo las huellas (...) en primer lugar, del mismo Cristo"17. La Iglesia ha de adquirir una conciencia m�s honda y concreta
Es decir, que la Iglesia de hoy debemos profundizar, adquirir "una conciencia m�s honda" de esta misi�n recibida del Esp�ritu Santo para dar testimonio de la misericordia de Dios. Se trata de un deber de toda la comunidad, y no solamente de unos pocos digamos especializados en este ministerio. Hay diversidad de carismas, otorgados por Dios para el bien com�n, y no todos podemos ejercerlos todos, como tantas veces comenta San Pablo en sus cartas, sino que cada uno debe actuar el suyo para el bien de todos. Pero debe ser com�n a todos los cristianos vivir y manifestar el amor entra�able, las entra�as de misericordia -seg�n dice Mar�a en el magnificat- que Dios tiene hacia los pobres, tal como Jes�s de Nazaret tan especialmente nos encomend� a sus disc�pulos.
El Papa dice, adem�s, que esta conciencia m�s honda que debemos adquirir en nuestro tiempo sobre la misi�n espec�fica de la Iglesia, debe ser tambi�n "m�s concreta", ha de brotar de un mejor conocimiento y una mayor sensibilidad de la situaci�n de los pobres en el mundo. De aqu� la necesidad de acercarse a la realidad, recurriendo a los datos de la sociolog�a y de la econom�a de una manera objetiva, racional y sistem�tica, con estad�sticas y estudios cient�ficos, haciendo an�lisis de cada situaci�n, tanto en el �rea local y nacional como internacional.
15. De todos modos, aunque todo �sto sea siempre necesario como punto de partida para tener una visi�n realista y de conjunto de los problemas, lo principal en este campo siempre ser� el acercamiento directo de la Iglesia y de los cristianos al mundo de los pobres. Dios mismo se acerc� tanto que en Jes�s de Nazaret se hizo uno de ellos, naciendo, viviendo y muriendo como los pobres, con una opci�n bien meditada e intencionada. Como dice San Pablo, Jesucristo, siendo infinitamente rico, se hizo pobre por nosotros, pero no para que fu�ramos pobres, sino para enriquecernos con su pobreza18. Es la ley de la Encarnaci�n, que sigue siendo ley para la Iglesia en la historia. Acercamiento directo de la Iglesia y de los cristianos al mundo de los pobres
De aqu� que Juan Pablo II19, insista en que ese testimonio de la misericordia de Dios debe manifestarse en toda su misi�n, y no en un peque�o grupo de personas, ni a ciertas horas en un despacho asistencial, ni predicando una vez al a�o el Dia de la caridad o el de Manos Unidas, etc., como si fuese una modesta parcela entre las muchas actividades de la vida eclesial y pastoral. No. En modo alguno. Mientras no tengamos una "conciencia m�s honda y m�s concreta" de que la misericordia hacia los pobres es la gran misi�n de todos y siempre, bien podriamos decir que la Iglesia y los cristianos no tenemos conciencia, y somos infieles a la misi�n que el Se�or con tanto empe�o nos encomend�.
Porque el Papa termina dando el argumento definitivo de nuestro compromiso de amor y de misericordia hacia los pobres al decir que esta misi�n tiene su fundamento en el seguimiento de Cristo: "siguiendo las huellas (...) del mismo Cristo". El Hijo de Dios, que vino al mundo para servir y dar vida, dice a sus disc�pulos el d�a de la Resurrecci�n : "Como el Padre me envi�, tambi�n yo os env�o"20, y para cumplir su misi�n les promete y env�a el Esp�ritu Santo.
16. En la par�bola del buen samaritano, Jes�s nos da la pauta permanente para la Iglesia y los cristianos de todos los tiempos: aproximarse, acercarse al necesitado para practicar con �l la misericordia, mand�ndonos a cada uno y d�a a d�a, con toda gravedad y empe�o: "Vete, y haz t� lo mismo"21. Tan seria y tan grave es esta misi�n de Jes�s que, como record�bamos m�s arriba, entre las muchas actividades posibles de la vida cristiana, el Se�or considera a �sta decisiva en el ex�men, en el juicio final que hemos de pasar al t�rmino de nuestra vida temporal para pasar a la vida eterna: "Venid, benditos de mi Padre", o bien "apart�os de m�, malditos"22.
Podemos encontrar un s�mbolo en los relatos evang�licos sobre el nacimiento del Hijo de Dios, que San Juan nos presenta como el Logos, la Palabra, la Sabidur�a de Dios entre los hombres. San Lucas no solamente destaca el contraste de c�mo el Hijo del Alt�simo nace en la mayor pobreza, debido a las circunstancias, sino que los primeros invitados fueron los pobres pastores. Es cierto que Mateo nos refiere que m�s adelante fueron tambi�n invitados unos magos que ven�an del Oriente, seguramente sabios, lo que hoy dir�amos intelectuales o cient�ficos, que presumiblemente vivir�an con cierto bienestar. Pues bien, la Palabra de Dios, el Hijo de Dios y Rey de los hombres viene a llamar a todos, pero en lugar de invitar a los pobres desde los ricos -como ser�a la l�gica del mundo-, llama a los ricos desde los pobres. Cuando aquellos sabios dejan su bienestar, peregrinando hacia donde est�n los pobres y sencillos, la Sagrada Familia y los pastores, es cuando reciben una luz y una sabidur�a superior que ni los libros ni los sabios podr�an aportar.
Los padres de la Iglesia, los santos, los grandes predicadores, te�logos y autores de espiritualidad de todos los tiempos han insistido siempre en esta realidad. La antolog�a que se podr�a hacer ser�a interminable, y podr�a resumirse en el slogan que empleaba San Juan de Dios cuando gritaba por las calles de Granada pidiendo para sus pobres: "Hermanos: haced bien a vosotros mismos". Fray Lu�s de Granada dice que "los pobres son m�dicos de nuestras llagas, y las manos que ante nos extienden, son remedios que nos dan". Y San Pedro Dami�n, en el "Op�sculo sobre la limosna" escribe este hermoso p�rrafo: "�Oh maravilla de la solidaridad, que brotas como una fuente para lavar manchas de los pecados y apagar las llamas de los vicios! �Oh felicidad de la limosna, que sacas del abismo a los hijos de las tinieblas y los introduces como hijos adoptivos del reino de la luz!. T� de las manos de los pobres vuelas al cielo, y preparas all� residencia a los que te aman. Si eres vino, no te agrias; si eres pan, no te floreces; si carne o pescado, no te pudres; si vestido, no te apolillas"23.
Pero el acercamiento y la cercan�a, la convivencia con los pobres, es decisiva para la Iglesia y los cristianos no solamente como responsabilidad final, como carga pesada o como obligaci�n moral; ni siquiera como entrega y generosidad, por la cual damos nuestros bienes y hasta nuestras personas a los que m�s nos necesitan. Siendo todo �sto muy grande y muy hermoso, no es suficiente para explicar el misterio escondido, la gracia secreta, el "quasi sacramento" que representan los pobres en el mensaje evang�lico.

Publicado por tabor @ 20:52  | Reflexiones doctrinales.
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